CAPRA Frank (1897-1991)

American Madness (La locura del dinero) (1932: 8.0)

Viendo películas de los años treinta dirigidas por directores norteamericanos u europeos asentados en Hollywood (Lubitsch, Capra, Cromwell, Lang, La Cava, etc.), se diría que estos, frente a los que trabajaban en otras latitudes, europeas o asiáticas, incorporaron pronto una mayor naturalidad y fluidez en la representación narrativa cinematográfica. Cierto es que podría argumentarse que, precisamente, lo que hicieron fue asimilar un modelo más homogéneo y menos enriquecedor, una fórmula reiterativa que acostumbraba a los espectadores a un serie de guiños, personajes, tramas y desenlaces. Pero opino que no se trataba sólo de eso; sí veo en esas películas, más bien, en comparación con el interés indudable que nos ofrecían, de aquella época, un Eisenstein o un Ruttmann, un Dreyer o un Vigo, incluso (y esto es mucho atrevimiento) un Hitchcock en Inglaterra o un Renoir en Francia, una seductora compenetración entre los medios de que se disponían y las ganas locas de rodar historias con amor y humor, enredos y contexto de clase social, de una manera vívida, no simbólica sino física, y más basada en ciertas estrategias teatrales y giros literarios que en manifiestos partidistas, vanguardias estéticas o una idea romántica y pura del autor cinematográfico.

También es verdad que estas puntualizaciones últimas probablemente se puedan enmarcar en “otra” ideología: la forma de emprender y pensar películas que se convirtió en norma cabal, respetable y beneficiosa en la Industria de cine de los EEUU. Pero, por otro lado, cabe insistir en que los directores que se abrazaron (porque no les quedaba más remedio o porque se sentían cómodos o era lo que conocían) a estas actitudes y aptitudes propias de aquel momento no dejaron de sellar sus películas con sus particulares idiosincrasias, manejando un timón que, aun con matices, conducía el barco hacia territorios personales y reconocibles. Capra, en todo caso, se me ocurre señalar que fue uno de los autores que le dio solidez, cordura, ligereza y equilibrio al cine hablado, restándole artificiosidad e ínfulas, salidas extemporáneas y exageración sin cuento. Aunque también le restó fascinación...

La locura americana de American Madness consistió en la alarma que cundió entre los que guardaban el dinero en un banco cuando supieron o imaginaron, a partir de un atraco luego catapultado por una cadena de rumores, que ese banco iba a quebrar. Era la locura del individuo que cree perder el producto de su trabajo (a esa figura se le llamaba “alienación”, no sé por qué ya no) y que, como resultado de los nervios y el terror, llega a perder la cabeza y está dispuesto a pasar por encima de lo que sea con tal de recuperarlo. A mí que me devuelvan “mi” dinero: luego hablamos. Con dinero de por medio, no hay amigos. Por eso se ha inventado la “cohesión social”: la cohesión son los “entonces”, “sin embargo”, “esto”, “por lo tanto”, etc.

Esto sigue ocurriendo hoy: los más “liberales”, que nos atronan por las supuestas invasiones del Estado en asuntos del Mercado, son los primeros en ponerse a la cola a la hora de pedir cuentas porque, mira tú por dónde, nos ha salido el tiro por la culata. Así ha ocurrido en España en los últimos años con algunas estafas, a partir de las cuales los señores timados, que habían estado dispuestos a “arriesgar” su dinero en inversiones sorprendentes, cuando no turbias, venían a reclamar la intervención (¡oh!) del Gobierno para subsanar los desequilibrios ocasionados por un fraude empresarial.

En American Madness, Capra lo arregla todo a última hora, pero no es el Estado quien ayuda a Walter Huston sino sus “amigos”: que, mientras las masas piden a gritos antes las cajas del banco que les devuelvan todo su dinero, ellos, agradecidos por cuantiosos (y criticados) préstamos del director del banco, acuden prestos a su ayuda, ahora que necesita que (paradojas del capitalismo) le presten el dinero aquellos a quienes se lo había él prestado.

Tom Dickson, el director del banco (Huston), hacía préstamos a casi todo el que se lo pedía, fiándose de los que parecían buenas personas. Quería el dinero en circulación, para evitar la bancarrota y los despidos de trabajadores (empobrecidos). Entendía el banco como una familia, con el objetivo de socorrer a los amigos y a la gente bondadosa y trabajadora. Una idea de lo más capriana. Dickson seguía los designios de su intuición, además de la amistad y la fe, que movía montañas... de dinero. Dickson deseaba que los demás fueran, como él, felices, y él les allanaba el camino. Sus clientes no eran los accionistas del banco sino los personas reales de carne y hueso que depositaban allí sus ahorros (hoy día, gentes como el ahora político Pizarro continúan la senda de los malvados capitalistas caprianos, aun sin puro).

Capra, en La locura del dinero, nos enseña con graciosa ingenuidad, no poco teñida de tiniebla, las tripas del banco, el mecanismo capitalista que permitía que aquella sociedad funcionase; supo combinar estrategias del folletín con la fotografía de grandes masas de gente, especialidad de la casa (pero recordemos, en aquella época, a Eisenstein o a Lang), y con técnicas del reportaje periodístico, que le dan una dinámica muy certera al conjunto. Las aglomeraciones de gente eran un atractivo nuevo que el cine estaba habilitado para capturar y mostrar. “No se puede razonar con la masa”, razonaba Dickson. Pero Capra sí la manejaba (una masa que era la “sociedad americana” de la Depresión) en el espacio y en el tiempo con gran naturalidad, frescura y sin exhibir vacuos virtuosismos.

American Madness es pre-cuela de ¡Qué bello es vivir! (y hasta de Mary Poppins, en cierta forma): antes que Stewart, también W. Huston estaba desesperado. Se iban a pique su banco y su matrimonio. Y guardaba, como todo norteamericano que se precie, una pistola en el cajón. La posibilidad del suicidio, tan presente en aquel cine post-depresivo. Pero el cristianismo que sustentaba a Capra (por no hablar de otras censuras) no habría admitido tal desventura fílmica. Como escribimos ya, llegarán los amigos de Dickson en la última curva para ingresar dinero a borbotones: se salva el banco y se salva el matrimonio, ya que todo había sido un malentendido (suele ser algo más...), como se oye decir tantas veces.

Éste, el de Capra, sí era un capitalismo de rostro humano. No creo que haya habido otro: realmente humano porque se sostenía en la cercanía, en el conocimiento de las personas, en la buena fe y la confianza. En American Madness vemos, también, el singular poder del “rumor”, previo a casi toda teoría conspirativa, para promover transformaciones. Y está el abrumador poder del dinero, ante el cual cualquier otra cuestión (incluso el amor de la pareja protagonista, Huston y Kay Johnson, chica que mira como en el cine mudo) es secundaria.

Capra proponía con gran lucidez, valentía y eficacia un cine de gran voluntarismo democrático: todos somos importantes (aunque los amigos, aún más) y podemos ejercer nuestra influencia en el entorno inmediato. Se oponía, así, a cualquier tipo de determinismo; por ejemplo, eso de que las leyes del mercado marcan libremente las pautas y equilibran ellas solas sus cifras (“a sí mismas”) es un desteñido estropajo: nada hay inamovible o estático, todo se puede ir por la borda (aunque aquellos eran tiempos en los que no existía el dominio avasallador que ejercen ahora los medios de formación de masas). Y se enfrentaba Capra, también, a cualquier asomo de totalitarismo, tanto el comunista (que no confiaba en el individuo), como el fascista (que ponía a unas personas sobre otras), pasando por el neoliberalismo actual (que considera que “nada” se ha de meter por medio cuando el Mercado, ese perfecto mecano con pilas eternas y no recargables, dicta sentencia).

Termino con tres ejemplos (que tengo recientes) de actitudes que, pienso, combatiría hoy día Capra si estuviese entre nosotros. Los tres considero que constituyen variopintas y, en todo caso, indudables (aun acaso inconscientes) muestras de cobertura intelectual de los totalitarismos.

1-En el texto que encabeza una entrevista con el director multimillonario alemán Roland Emmerich, obviamente afincado en Hollywood, y con motivo del estreno de su última y apocalíptica (que no apolítica) pieza colosalista, el entrevistador (J. Sardá, en El Cultural de El Mundo, febrero de 2008) escribe (mis “negritas”): “Se trata de un filme monumental destinado a convertirse en uno de los más taquilleros del 2008”. ¡Oh, profecías!

2-El escritor Fernando Sánchez Dragó, en una entrevista con D. Arjona (El Cultural de El Mundo, febrero de 2008), señala (no hacen falta “negritas”): “El sufragio no debe ser universal. Mi voto no vale lo mismo que el de quienes ven los programas de telebasura”. Como su noticiero en la cadena bolchevique Telemadrid, sin ir más lejos.

3-La gloria filosófica y literaria más celeste y supina de cuantas han nacido en esta España mía, esta España nuestra, escribió, hace muchos decenios: “Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones”. Y, unas líneas más abajo: “El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso ‘resentimiento’”. Ortega y Gasset, “Democracia morbosa” (El espectador). Cualquier tiempo pasado...