REY Florián (1894-1962)

La aldea maldita (La aldea maldita) (1942: 8.5)

Escribamos, por ejemplo, que La aldea maldita es un “poema cinematográfico” (como se define en los títulos de crédito) de gran calado y emoción. Su propaganda y sumisión (presentes) no son obstáculo para un relato narrado con plenitud de técnicas diversas (planos expresionistas, el montaje al servicio de las acciones paralelas, anchos encuadres para recoger hileras de campesinos, etc.). Admitamos que a este hombre español que escribe estas líneas le emociona el film porque le recuerda de dónde viene, una parte de lo que es, le recuerda en suma su pasado, incluso el no vivido sino el “heredado” por padres, abuelos, a quienes echo en falta. Puede resultar molesto hoy, sobre todo a algunas mujeres y chicas, que Acacia (interpretada como Dios manda por Florencia Bécquer) deba pagar por su pecado vagando por las tierras en soledad, despreciada por su familia y gentes de la zona. Acacia no se resigna a quedarse en el pueblo cuando su marido Juan (Julio Rey, casi monstruo de Frankenstein) decide emigrar con sus criados a otras tierras, ya que el pueblo de Luján, donde viven, está maldito: las cosechas son míseras y la mies es poca.

La rebelión de Acacia, yéndose a la ciudad a escondidas para terminar trabajando en un cafetín (algo así como un prostíbulo de entonces), demanda un posterior castigo (disimular ante su hijo, mentir al suegro…) y, finalmente, un católico perdón. Los símbolos cristianos, con la fábula del hijo pródigo, los rezos, el buen samaritano o la escena final de Juan lavándole los pies a su esposa son abundantes. Pero no se trata de condenar un film como hijo de la reafirmación franquista en los cuarenta, sino de entender que así eran las cosas “en la realidad” (fuera del cine), no sólo en 1900 (cuando ocurre la historia) sino después y durante varios decenios. El trabajo de Florián Rey es honorable; consigue transmitir el sacrificio de los hombres del campo, su pureza y sacrificio frente a la frívola, vaga y olvidadiza (y pecadora) ciudad. Rey había visto, probablemente, Amanecer de Murnau; La aldea maldita es el Sunrise español, no “tan” inferior al original. Además observamos las convenciones entre patrones y criados, entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre hermanos.

He visto una película que puede verse como fábula cristiana, que se eleva, desde luego, por encima de la ideología y la propaganda y nos ayuda o me ayuda a comprenderme a mí mismo (es un decir) e intentar entender el maldito mundo que ahora mismo, aquí y allá, me rodea, tan lejano y tan cercano a La aldea maldita, la supuesta aldea global.