ALBALADEJO Miguel (1966-_)

Ataque verbal (Ataque verbal) (2000: 6.0)

...Esta actitud positiva ante la vida pero también en cierta forma resignada (pues el conformismo aterriza cuando la pista del idealismo ha quedado antes despejada) es clave en los escritores españoles treintañeros (en el año 2000) Elvira Lindo y Miguel Albaladejo, capaces de materializar sobre un papel el poder curativo, redentor y maligno de las palabras: los humanos somos lenguaje, claro que lo somos.

Uno se acuerda vagamente de Eric Rohmer, algún Truffaut: aunque a Albaladejo esta conexión le resultaría excesiva… no sea que le llamen elitista. Los franceses son los grandes masajistas de las palabras, los que mejor conocen la autoridad de la comunicación verbal en las relaciones (los humanos nos relacionamos unos con otros, nos guste o no). Albaladejo intenta que las cargas morales, trágicas, sarcásticas y extremadamente lúcidas (por intelectuales) de un Rohmer no quebranten la fluidez y la espontaneidad del relato cinematográfico, para lo cual trata por todos los medios (eso se nota) de ensayar con sus actores, de hacerles saber que tienen que “sonar” naturales en sus interpretaciones. En este sentido, los ataques verbales que conforman Ataque verbal tienen el mérito de demostrar el empuje obligatorio de las palabras, que siempre buscan algo, que jamás se dicen por decir, el lenguaje no es un acompañamiento de la realidad (visual o relacional, digamos) sino que es parte activa, ayuda a crear, a construir esa realidad: las palabras dulcifican, aceleran, mienten, deliran.

Albaladejo y Lindo se esmeran por extraer de la realidad española contemporánea escenas típicas pero un tanto extremas (locas, exageradas), tocadas de un halo simpático y de compromiso con los conflictos emocionales y sociales que imperan en nuestro país desarrollado. Son historias (torpemente) entrelazadas que tratan de constituirse en un pequeño espectro de lo que somos y lo que nos pasa: clase media española (madrileña, sobre todo), donde los principios y los finales de estas anécdotas “importantes” (en las vidas de los protagonistas) dan pie a otros inicios y otros finales, idea clave en la narración posmoderna, pues sabemos que cuando cae el telón no se acaba el mundo pues el telón “real” jamás cae. Sólo la muerte es el telón brutal, pero siempre es alguna muerte particular, jamás la humanidad entera.

Lo que no me gusta de Ataque verbal es precisamente su pretensión de ser simpática y accesible, eso de sonar natural y ser a la vez significativa y correcta. Se nota también, y mucho, que la escritura tiene un peso primordial que desequilibra la balanza, pues lo que vemos, frente a la maestría compositiva y total de un Rohmer y la gracia no forzada de un Truffaut, es plasmación del papel escrito previamente. Los actores recitan sus partes con entusiasmo pero sólo el capítulo de Antonio Resines y Fedra Lorente lleva a cabo la difícil tarea de entablar un diálogo profundo y sutil (¡significativamente, a través de una conversación telefónica!) con lo que es la sociedad moderna española, de clase media y ligeramente progresista (del PSOE), en el siglo XXI.

Ataque verbal es cine inteligente porque inteligentes son sus palabras, pero el gran cine ha de pensarse (surgir, amenazar) en imágenes, no en palabras, por lo que el ataque se queda en amago, bonachón pero intrascendente. Y quizá éste era su objetivo: la simpática intrascendencia. Pues vale.