CARAX Leos (1960-_)

Les amants du Pont-Neuf (Los amantes de Pont-Neuf) (1991: 9.5)

Los amantes de Pont-Neuf, de Leos Carax, constituye para mí un descubrimiento a la altura de Armonías de Werckmeister de Béla Tarr, Fargo de los hermanos Coen, Alphaville de Godard, La Strada de Fellini o Rashomon de Kurosawa. Una de esas raras películas que, sin necesidad de razonarlas o de calibrar sus méritos, “siento” como superiores… a todas las demás.

Historia de amor loco, disparatado, obsesivo, cómico y trágico pero, al final, no tanto.

Y, sin más, no tengo inconveniente, y tampoco dudas, en etiquetar al francés Leos Carax, un director poco prolífico del que sólo he visto esta película, como un genio del séptimo arte. Porque “lo” he sentido: he sentido ese genio sobrevolando y, más en la tierra, formando parte activa, dinámica y sustancial de la película, de principio a fin y, aún más, en el medio.

Párrafo convencional: el cine es un trabajo colectivo y, por ello, destaquemos en especial las labores técnicas (significativas para las hechuras y moral del film) del director de fotografía Jean-Yves Escoffier y de la montadora Nellie Quettier. Y, obviamente, la película habría sido imposible sin Denis Lavant, el saltimbanqui y extraordinario actor principal, y habría sido otra (pero habría sido) sin el rostro, el cuerpo y la sonrisa traicionera de Juliette Binoche.

Carax y el Vigo de L’Atalante, el Chaplin de Luces de la ciudad, Carné y El muelle de las brumas, Becker y Los amantes de Montparnasse (y París, bajos fondos), La Strada de Fellini, el Godard de los sesenta (Más allá de la escapada, Vivir su vida, Bande à part, El desprecio, Alphaville y Masculino/ Femenino), el Truffaut de Jules et Jim.

Contemporáneo de Kassovitz, Carax es un cineasta de raza, intuiciones brutales y elocuencia a prueba de bombas, mientras que Kassovitz (emigrado, como Binoche, a Hollywood, por supuesto) fía sus esperanzas de dar el pego a las imágenes amigas del electroshock y la retórica publicitaria, para andar el camino que debería andar el público.

Los amantes de Pont-Neuf me enseñan, me crean, el París más bello y luminoso, más onírico, patético e irrepetible que he visto nunca.

Leos Carax construye secuencias que son como gritos desesperados y puntos de fuga hacia el infinito, un arte desinteresado e inmortal de un autor que logra capturar truenos, relámpagos y el movimiento de la persona en su entorno, sus hermosas y duras caídas y sus incontenibles vuelos, capturando el instante único; Carax compone planos como caricias y otros como puñetazos, desvelos de pesadillas.

Un tipo, Carax, con toneladas de talento, talento a discreción, capaz de captar sonrisas alucinantes, carreras desorbitadas, borracheras salvajes, suicidios involuntarios, besos incontrolables, cegueras amorosas y raptos de sublimes éxtasis artísticos, tristísimos y románticos en esta desatada pero diáfana obra de arte realizada a golpes de inventiva visual sin parangón pero con un firme anclaje en la realidad de lo rodado, la sustancia auténtica.

¿Qué ha sido de Leos Carax?

Leo en el maravilloso Drácula de Bram Stoker las siguientes palabras, apuntadas en el diario personal del sensato y modélico doctor Seward, investigador y cuidador del lunático Renfield y, en sus momentos más bajos, atormentado a causa del rechazo de su amada Lucy:

 

If I only could have as strong a cause as my poor mad friend there, a good, unselfish cause to make me work, that would be indeed happiness.