PERELMAN Pablo (?)

Archipiélago (Archipiélago) (1992: 4.0)

La trascendencia, si no se es escandinavo, conlleva unos peligros indudables, que son los que corroen el film chileno Archipiélago: los precipicios por los que, mal que me pese (porque a los cines pequeños apetece, sin más, defenderlos), se desploma parte de esta película-pesadilla, que es pesadilla más por lo que engaña al espectador paciente que por lo que desea contar o reflejar gracias a su forma fragmentaria.

Archipiélago, protagonizada por Héctor Noguera y escrita y dirigida por Pablo Perelman (“un film de Pablo Perelman”, reza el estuche), es el film arquetipo que gusta en algunos festivales, como La Habana y Cannes, donde fue premiada y distinguida respectivamente. Es una película de esas en que, al contrario que (por ejemplo) una de Bresson, los autores encuentran remedio a su apetito creativo en la dispersión, la partición a toda costa, cortar y unir realidad y sueños, sueño y pesadilla, presente y pasado. El resultado de este tipo de anhelos estéticos suele ser excitante y una pesadez, según el momento o el espectador (y su ánimo). Es una doble consecuencia que también promueve este film corto pero intenso. Perelman, con la ayuda del montador Fernando Valenzuela, mezcla imágenes del viaje de un arquitecto (Noguera) a unas islas, en las que el susodicho tiene visiones o flash-backs de indígenas persiguiéndose, de indígenas acechados por colonizadores, de persecuciones nocturnas y escaleras por las que cae rodando un cuerpo, imágenes de complots y dictaduras (ay, Chile…), un presente inexistente (en teoría el arquitecto es asesinado por una bala entre los ojos), un pasado horripilante, un futuro imposible.

En la contraportada del estuche se lee el siguiente lema o resumen comercial: “Hizo un viaje, un viaje hacia la muerte… ¿Alguien sabe dónde está ese lugar?” A mí este lema o resumen me molesta porque, tras ver la película, no sé qué relación guarda con lo que acabo de ver. Es una línea que suena muy bonita y hasta profunda pero que es eso… una línea comercial que impresionará o causará desazón a seres simples, acomplejados o dogmáticos. Opino.

La línea comercial de la portada, por otro lado, es: “El archipiélago está al final del camino, ahí donde la tierra se disuelve”. Muy bien, me parece perfecto, ¿pero y qué? ¿Es así que el viajero, tras el sufrimiento de su vida, encuentra el reposo y la muerte en el mar, que el agua se va apoderando poco a poco de la tierra y la luz, a su vez, va devorando poco a poco el mar? Archipiélago es lamentablemente cine poco claro y sin vetas de verdadera profundidad porque, al contrario que un Bresson, Perelman veta la claridad y santifica el montaje y el ángulo difícil como los pilares de su cine. Un cine que es, de esta manera, un incordio.