BUÑUEL Luis (1900-1983)

Los olvidados (Los olvidados) (1950: 9.5)

El cine, ¡o el gran cine!, se escurre a los martillazos y las fórmulas, es la tortuga de Aquiles o el jabón que se nos escapa de las manos, aunque siempre nos queden trocitos pegados entre las uñas. El gran cine, como Los olvidados, de Luis Buñuel, se resiste a los “ismos”: nos son productos orgánicos ni puros, son mezclas indestructibles.

Buñuel, tras sufrir los avatares de la incomprensión, como le ocurrió a Orson Welles, vuelve al cine en México y rueda una película que, en principio neorrealista a la italiana, incide en constantes típicas del director, tales como la subversión de los sobreentendidos y la violencia ciega e irracional que nos inspira. El director y su guionista Alcoriza buscan reflejar la realidad de los marginados, jóvenes y tullidos, que pierden los escrúpulos cuando se trata de comer, recaudar dineros. Lejos de un tratamiento bondadoso o didáctico, la película nos retrotrae a un esquema pesimista pero profundamente veraz de lo que son las cosas en la calle, en los barrios míseros que adornan las vías de los trenes, las afueras de las grandes ciudades. En las antípodas de la sublimación pija y discotequera tan de nuestro siglo (p.e. Ciudad de Dios), Los olvidados es cine ágil, respetuoso con lo real y sencillo, con toques expresionistas y un problema de fondo que se representa con el fin de que lo discutamos (durante y tras Ciudad de Dios la respuesta del espectador es “Joder, qué pasada”). Después del neorrealismo y los años cincuenta no muchos aparte de Pasolini en Accatone han sido capaces de mirar la pobreza con ojos sinceros, rabiosos y despiertos.

La violencia es, obviamente, parte de este mundo de olvidados, violencia que es tratada sin telarañas ni recargas anti-económicas, incidiendo así en una mayor violencia en la imaginación del espectador que ha visto cine: nos aterramos por el apaleamiento al ciego, por la crueldad con el que no tiene piernas, los dos asesinatos que comete el Jaibo, el chico matando gallinas. Violencia seca y locuaz, ni exagerada (por Buñuel) ni escondida. Violencia que se ve complementada por los toques muy de Buñuel, imaginaciones o pesadillas, deseos que surgen (violentamente), de gozar del cuerpo (las piernas desnudas), de atizar. Los indigentes, como se dice ahora, no son tontos ni retrasados ni criminales sin más, sino gente sin medios que no tienen confianza ni oportunidades, personas para las que es complicado salir de las fosas comunes en que se han convertido algunos barrios periféricos (no hay más que ver, aquí en Dublín y 2004, barullos de los barrios de Crumlin o Tallaght, o en Madrid mirar por la ventanilla del tren cuando éste se acerca a Chamartín desde el norte).

Ahora, no obstante, a los olvidados se les hace el feo de obsequiarles con pintorescos monumentos, pedagogía digna de trabajadores sociales y películas de neón y pista de baile. Una manera muy comercial de recordar a unos olvidados que, tras estas ceremonias de maquillaje, seguirán aún más olvidados; Beckham se bebe su Coca-Cola abrazado a un niño disfrazado de carbonero y decimos “Joder, qué pasada” o nos metemos con Beckham y hasta mañana.