MENZEL Jirí (1938-_)

Ostre sledované vlaky (Trenes rigurosamente vigilados) (1966: 9.5)

Maravilloso film checo, Closely Observed Trains o Trenes rigurosamente vigilados: Ostre sledované vlaky, si se prefiere el título original (y qué bonito suena). Realizada en un momento en que el impacto dela Nueva Ola francesa era evidente en muchos puntos del globo, esta película es un manifiesto de pureza, sinceridad, optimismo y alegría… Y ello pese al escenario que interpone a los personajes (una pequeña estación de tren checa en zona alemana al final de la Segunda Guerra Mundial), el blanco y negro muy marcados (la nieve, interiores en penumbra) y una trama aparentemente anecdótica que conduce a un final trágico. Jirí Menzel realiza un cóctel que emborracha por su agilidad, su humor, su amor por unos personajes que tratan de boicotear (esto lo sabemos después) las ansias nazis de “civilizar” y extender “la paz” por toda Europa.

Las peripecias del joven aprendiz Milos (Václav Neckár), que trabaja en la estación y que sufre las peripecias propias de quien desea aprender a amar suponen la historia principal que Menzel nos pone ante nuestros ojos, mientras que la situación internacional de guerra y (aparente) sumisión checa queda como mero contexto. La historia está contada con gracia y rapidez, con una falta de pudor para su momento (y para el nuestro) que deja estupefacto y emociona. Closely Observed Trains es una delicia que participa de la inventiva de La Nueva Ola (pienso en Truffaut, en Godard siempre) y de las bondades crueles y lúcidas de clásicos corrosivos como Billy Wilder o Lubitsch. La cámara (y labor de pegado posterior) captura la frescura de situaciones y diálogos y las imágenes dejan un sabor de boca entre amargo y dulce, alegre y triste, como en toda obra maestra.

Ésta es una de esas escasas películas en las que nada me es ajeno, nada me sobra ni me falta, el director y sus ayudantes captan (verbo esencial) el movimiento de las acciones, el absurdo de las convenciones, lo ridículas pero veraces que pueden ser nuestras emociones (las del joven Milos). Un cine estimulante y ligero que suscita los sentimientos de la audiencia que ama el séptimo arte. Un cine sustancial que invita a debatir sobre el sentido de la vida, sobre el papel que juega el sexo en nuestra estabilidad, sobre la grandeza de tantas personas que han arriesgado lo que tenían (¡sus cuerpos!), consciente o inconscientemente (nunca se es del todo consciente cuando se juega con la muerte), por causas más importantes. Una película que, desde su libertad conquistada (y por conquistar), su feliz ironía y su elocuencia irrepetible nos hace plantearnos, por qué no, si de verdad existen causas tan elevadas que justifiquen el sacrificio del propio cuerpo, lo único que de verdad todos poseemos.