ZINNEMANN Fred (1907-1997)

A Man for All Seasons (Un hombre para la eternidad) (1966: 9.0)

¿Y si yo ahora voy y escribo “¡Viva España!”? No creo que fuera un grito cegado o excesivamente fascista, no más que, es un suponer, si Tomás Moro hubiese chillado “¡Viva Inglaterra!” justo antes de morir en la guillotina. Hay patriotismos tranquilos, discretos, tímidos, que contrastan con los bullangueros e irresponsables. Mejor, en todo caso, evitar los gritos y los susurros.

En A Man For All Seasons se conjugan los más hermosos, desinteresados y acertados componentes del gran cine clásico de Hollywood y de la Gran Bretaña. El espectáculo resultante es fruto de la inteligencia del director polivalente y talentoso Fred Zinnemann, la escritura de Robert Bolt, el cuidado por todos los aspectos técnicos (fotografía, ambientación, decorados, etc.) y el trabajo asombroso de Paul Scofield como Sir Thomas More (y de un grupo de secundarios exuberante: Wendy Hiller, Leo McKern, Robert Shaw, Orson Welles, Susannah York, Vanessa Redgrave). He disfrutado con una película excelente, de las mejores grandes producciones hechas jamás, que además no da tregua al espectador que busca (quizá no conscientemente, perdonen) que lo atonten. Por el contrario, se toma el asunto del rechazo moral de Thomas More al matrimonio del rey Henry VIII con Anne Boleyn con absoluta seriedad aun sin cargar las tintas con sermones o ceremoniales.

En los momentos en que los actores podrían lucirse, ni los diálogos de Bolt ni la puesta en escena de Zinnemann (precisa, brillante) dejan mucho lugar para el adorno o el “olé” del público, lo cual es de agradecer. Produce gran emoción el ilustre personaje interpretado por Scofield, el insobornable autor de Utopía, que sólo rinde cuentas ante su conciencia (antes que Dios y el Rey). Mientras, los demás (humanos somos, ¿y así nos excusamos?) se venden por dinero y poder, no tienen principios, no les importan los pilares básicos de justicia y libertad. Sólo desean satisfacer a su jefe (el Rey, en este caso) para mejorar su posición en la escala social y así no correr peligros. Y en aquella época rodaban las cabezas de los rebeldes: los que se oponían con valentía y sin negociación a las crueldades de los poderes político y eclesiástico. Nada que ver, vaya, con varios de nuestros “revolucionarios” obligatorios del presente, que no se juegan el pescuezo con sus manifestaciones o gestos llamativos a favor de causas obvias y que aún así quieren convencernos de que su integridad física corre un enorme peligro, cuando nadie está interesado en dañarles (o viceversa: en general se les tiene miedo o respeto).

Sir Thomas More fue un rebelde verdadero, aunque supongo que su actitud les parecerá a muchos, vista hoy, innecesariamente inflexible, rígida hasta la extenuación. Bien. Pero luego habríamos de averiguar de qué forma estos pillos han alcanzado sus puestos en el mercado del trabajo o del amor, a quién rindieron pleitesía, cuántas veces callaron o cometieron perjurio (mintieron a sabiendas). El tema o “enseñanza” de A Man for All Seasons es tan radicalmente actual que asusta. Sus seis Oscars en época en que otros cines y películas rompían moldes (a veces con razones y viento en las velas, otras chapuceramente y mediante estéticas broncas) pueden interpretarse, examinadas El señor de los anillos o Gladiador (películas interesantes), como un triunfo de la justicia, un premio a los que no se rinden y hacen las cosas bien: con dedicación, esfuerzo e ideas, sin concesiones ni chiquilladas. Para eso está Walt Disney.