RAY Satyajit (1921-1992)

Aparajito (Aparajito, el invencible) (1957: 10.0)

Aparajito, segunda parte de la trilogía inmortal del mejor Ray, señala el crecimiento de Apu de niño a adolescente en la ciudad de Calcuta, donde estudia y aprende a ser un hombre. El director, enamorado quizá de sus personajes, trabajando con la misma tripulación film tras film (a la que uno se acostumbra, lo que hace las cosas más fáciles: nace la confianza y la educada intimidad), se siente cercano al chico, que pierde a su padre (la muerte del padre, con las palomas partiendo en desbandada como símbolo brutal y vital de la propia muerte tiene difícil parangón en la historia del cine), que deja a su madre sola (a su vez, viuda) en la aldea.

La espera de la madre, ansiosa por otear la llegada del tren, que significa la visita de su hijo en período de vacaciones, es tan realista y cruda como sutil y maravillosa. La intensidad emocional que alcanzan en paralelo la estancia del chico en Calcuta (su amigo, sus clases, sus lecturas, sus paseos) y la soledad de la madre en la aldea (progresivamente se marchita, se oscurece, muere) no es digna de que yo la ponga en palabras: porque no sé hacerlo, porque quizá sea imposible, porque una imagen aquí vale más que mil guiones.

La mirada de Ray (ay, la mirada) es humana y resistente, lúcida y firme, el fluir del film es extraordinario (Truffaut debió de disfrutar con el inicio del film, los niños corriendo calles abajo…), la cámara está en los momentos clave, se acerca con la naturalidad y la seguridad del amante experto a los brazos y rostro de la amada (Apu, su madre, su padre…). De nuevo, una condición clave: lo esencial de las imágenes. Nada sobra. Lo cual no significa que todo sea relevante para la trama: “trama” no es un término capital en este cine que es arte. Ray desea incluir todo aspecto de la realidad, de los lugares donde rueda, que puedan ser nuevos, añadir complejidad o amplitud, demorar un poco la narración con instantes de esparcimiento, la madre sentada que espera o aguanta las lágrimas, Apu en el tren, los barcos en el puerto de Calcuta. Capturar la vida requiere conocer que la vida no es una línea recta sino curva y que líneas secundarias hay que la cortan, la cruzan, la desangran. Qué puedo musitar, no sé, que quizá sea Aparajito la más alta cumbre artística de mi dulce cine.

En la primera parte de la trilogía (más imperfecta, más espontánea, menos cerebral, tan tristísima y tan alegre pese a todo) el Apu niño mira los trenes: una de las grandes fascinaciones. En Aparajito Apu se monta en los trenes: inicio del aprendizaje adulto, derrota de la fascinación, inicio de la irresistible decepción. En Aparajito Apu mira los barcos, novedosa fascinación, anuncian mundos lejanos, aventuras más allá de los estudios académicos: “We watch as birds watch snakes, fascinated by what is about to devour us” (Coetzee, Age of Iron). Lo que nos devora, lo que nos incita, lo que nos derrota quizá porque “tiene que” derrotarnos, porque eso es el crecimiento, eso es existir: caminar de derrota en derrota, con pequeños triunfos (sonrisas, comidas, besos, echar de menos como ilusión…), un ciclo que se repite. Sigue Coetzee (saco estas citas de su contexto, pero sirven: gracias, Age of Iron): “Fascination: the homage we pay to our death”. La fascinación nos aleja de nuestra casa y nuestra familia, nos arrastra y luego sufrimos. Pero vivir es sufrir: la totalidad del gran arte recupera el vivir, el sufrir y los placeres en menos de dos horas. Casi todo aquello que merece la pena contarse está en Aparajito o The Unvanquished. Los imbatibles o invencibles o los que resisten.