RAY Satyajit (1921-1992)

Apur Sansar (Apur Sansar, el mundo de Apu) (1959: 9.0)

Apur Sansar o The World of Apu: termina la trilogía. Algo menos brillante, la felicidad de la pareja, un optimismo relativo (o quizá, como en el caso de la esposa, sumisión o aceptación del mundo como es). Oscuridad después, nueva muerte, reclusión lejos del hijo, la muerte y su difícil aceptación marcan la vida.

La maestría de Ray no conoce límites. Veamos: a) en la sutileza de su acercamiento a los personajes y sus tareas, b) en lo que dice sin necesidad de decir, c) en los detalles accesorios que ofrecen información relevante sobre la vida de un personaje (por ejemplo, la primera secuencia en la casa del joven Apu), d) en los datos indirectos sobre el mundo exterior que se nos dejan caer sin que nos demos casi cuenta (cuando comienza el film, Apu consigue su certificado escolar y sale por una puerta a un mundo en estado de revuelta: o eso oímos), e) en las graciosas y hermosas escenas del matrimonio (es razonable pensar que Ray no podía mostrar más contacto físico), f) en la despedida última entre Apu y su esposa en la estación, g) en los detalles sobre la cultura bengalí que continuamente se desprenden de los ritos y costumbres: la sumisión femenina, la importancia de la institución familiar, la relevancia de los ritos religiosos, la aceptación resignada pero realista de los indios de sus propios destinos y azares.

Otro de estos detalles sutiles es la idea, puesta hoy día bastante en la picota quizá porque se ve como una estrechez conservadora, de lo que un hijo supone en sociedades con familias de fuertes vínculos sentimentales, donde los padres (sobre todo la madre) se han desvivido por esos hijos: han dado su vida por ellos, a ellos (más aún al primogénito). Son padres que, cuando han visto al hijo crecer y convertirse en joven adulto, consideran que buena parte de su misión en el mundo se ha llevado a cabo. Por eso esperan, aunque no reclaman ni obligan, que el hijo ya adulto a su vez devuelva ese cariño inmenso de la vida “dada” (vida que, en este sentido, los padres han “perdido”) en facetas como la compañía, la complicidad, la unión… Como este pensamiento en voz alta de Elizabeth Curren, el personaje creado por J.M. Coetzee en la conmovedora novela (y con un espíritu no lejano al de Ray) Age of Iron:

 

I don’t know whether you have children. I don’t even know whether it is the same for a man. But when you bear a child from your own body you give your life to that child. Above all to the first child, the firstborn. Your life is no longer with you, it is no longer yours, it is with the child. That is why we do not really die: we simply pass on our life, the life that was for a while in us, and are left behind. I am just a shell, as you can see, the shell my child has left behind…