ALMODÓVAR Pedro (1949-_)

La mala educación (La mala educación) (2004: 6.0)

Qué piensa Almodóvar, qué siente. Es una doble pregunta sin respuesta. Ahora mismo se diría que está en un proceso de transición o de adaptación a nuevas tradiciones y convenciones o rupturas, no se sabe bien. La hondura sinfónica de Hable con ella (hondura que, en Almodóvar, está repleta de latiguillos y de miradas siniestras o hilarantes) se torna en una pasión extraña en La mala educación. Es difícil tomarse en serio a Almodóvar, pero el problema es cuando ni siquiera se le puede tomar a broma. Y es el caso: su mezcolanza de estética de algún cine clásico americano y cosas de la España de ahora y de hace poco es dubitativa (aunque sugerente, vive Dios).

El tema de la educación durante el franquismo, con la Iglesia en el punto de mira, la cuestión de la pedofilia, de la rotura de votos, de la represión y de los traumas y señales que estos pueden dejar en las personas parecería el “tema” de La mala educación. Pero no lo es. Al director español le vale este asunto como disculpa para emprender un viaje y una seudo-narración por el universo socio-histórico posterior a Franco. Finales de los setenta y principios de los ochenta, personajes homosexuales o bisexuales, y se han recuperado aparentemente de previos maltratos (a no ser que la tendencia sexual del ser homo o bisexual surgiera precisamente de las relaciones irregulares en el colegio: el niño con el niño, el niño con el cura).

Hay risas un poco enlatadas, de melodrama distante, aunque el vocabulario de Almodóvar sigue pareciendo espontáneo e irreverente. Los personajes, como suele suceder en el cine del manchego universal, hablan como si no les fuera la vida en ello, algo especialmente marcado en La mala educación. A los espectadores no nos importa qué les sucede a los protagonistas, ni por supuesto, pese al tono de folletín típico de Pedro, podríamos llorar o entristecernos demasiado. Al fin y al cabo, amigos, ¡esto es ficción! Ya está la vida para tales avatares.

Almodóvar rueda meta-melodramas (que alcanzaron su punto álgido en la excelente y ahora más reivindicada La flor de mi secreto): que se explican y subvierten a sí mismos, siempre tenemos la sensación de asistir a una parodia, a una trama que es excusa para… y esto es lo difícil de dilucidar. Con Todo sobre mi madre y, en especial, con Hable con ella parecía que el director tendía hacia la profundización, rechazando un tanto previos tonos-pastel o de opereta colorista. Pero ahora, con La mala educación, nos deja en un punto incongruente y casi insignificante, aunque no por ello sin interés: el cine de Almodóvar siempre puede interesar, porque comparte con el primer Tarantino, con el gran cine de los Coen, con ramificaciones de David Lynch y Fassbinder (y la factoría Warhol) y, más atrás, con el Godard visible, un sesgo de no-sé-a-dónde-voy, de improvisación quizá aparente pero no obstante irresistible. Cine de autores conscientes de que lo son, conscientes de que no pueden tomarse del todo en serio sus obras (pues saben que son ficciones siempre), pese a que sí se tomen en serio su oficio como directores de esas mismas obras.c

La mala educación no es de ninguna manera una de las grandes películas del manchego de oro, de hecho no me apetece volver a verla (y vería de nuevo, excepto Kika y Entre tinieblas, todas las obras de Almodóvar). Es una película que me deja en punto muerto, que no sé bien interpretar, que no sé siquiera si HAY que interpretar. Ah, no me olvido de mi momento favorito, aquel en el que creo entender que Almodóvar hace un sentido y estupendo homenaje a aquellos seres débiles y fascinantes, sexualmente desorbitados, que en los primeros setenta e inicio de los ochenta, Movida, no supieron o quisieron acostumbrarse al terreno de las nuevas libertades y murieron, como el Ignacio de la película, travesti enganchado a la heroína, en una habitación mugrienta, viviendo del dinero del chantaje al ex cura que le hizo la vida difícil en el colegio, años sesenta. Y quizá por aquí deja caer Almodóvar que aquellos lodos excesivos de la Transición fueron producto de aquellos otros barros de la Dictadura y su mala educación. O que quizá en las personas termina siempre triunfando o venciendo (para bien o para mal) la Pasión, palabra final del film.