ALLEN Woody (1935-_)

Anything Else (Todo lo demás) (2003: 9.0)

Una suerte que aún los norteamericanos le den bola a Woody Allen: aún lo producen, lo distribuyen, lo exhiben. Pero leo a R. Ebert, en su crítica más bien plana de Anything Else, que los de DreamWorks hicieron lo posible por camuflar el nombre de Allen en la publicidad del film. Resaltaron, por el contrario, el protagonismo de Jason Biggs y Christina Ricci, como si quisieran venderle el gato por liebre a los miles de adolescentes atontados con American Pie. No me extraña: mientras el cine esté en manos de mercaderes cualquier cosa es posible. El dinero es el medio y el fin: todo por la pasta, lo demás importa poco.

Woody Allen es uno de genios vivos de la historia del cine, pero se le ofrece muy poquita cancha. Woody Allen hace comedias muy habladas y que parecen “simples”. Algunos críticos, como Michael Wilmington (extracto en el programa del Irish Film Institute), son extremadamente precavidos con el cine de Woody Allen. Para definir, según él, una de las mujeres películas de Allen en los últimos años, no se le ocurre otra cosa que escribir que Todo lo demás es una de las pocas comedias románticas del año que son “smart”: inteligentes, pongamos. Vaya piropo más mezquino.

Woody Allen es en sí mismo un cine. En Anything Else casi parece que se despide haciéndose un suave y sentido homenaje, dejando a Jason Biggs como heredero. Ya veremos qué ocurre. Tras ver, en las últimas semanas, películas de Godard, S. Ray o Rossellini, leer el libro sobre Pasolini y otro sobre Godard, enamorarme de intentos por entrelazar documental y ficción con un sentido progresista y libre, a lo Guerín, a lo Recha en España (y Smoking Room), impresionado por Capturing the Friedmans (que investiga seriamente la verdad y encuentra medias verdades), exaltado con el pilar descriptivo que Elephant podría suponer para los estudios sociológicos (buscando mejorar el mundo social en que vivimos), ahora llega Allen y me desmantela el tinglado.

El propio título es una aceptación del mundo. No es conservadurismo, menos aún una postura reaccionaria. No es más que saber “acatar” nuestro presente, por caótico, violento y absurdo que nos parezca, conversando en el Central Park, sentados en un banco, mirándonos a nosotros mismos: ¡somos la cosa más concreta de que podemos echar mano! Oh, qué Woody Allen: en un momento, con esa ligera profundidad tan difícil de conseguir o de detectar, Allen destroza las grandes utopías pero también los grandes Apocalipsis. La verdad descansa en el asiento de cualquier taxista de Nueva York. “It’s like anything else”, te suelta uno y te deja extraviado, deconstruido, tranquilizado, alborozado, triste y alegre. Es decir, “es como todo”, que he oído yo en España. O “es como cualquier otra cosa”.

Divina desmitificación, aunque sin pasar por alto otros asuntos. La dificultad del amor perfecto, más si es juvenil. Una vez más, la desconfianza pero el atractivo del psicoanálisis. Qué risa: el psicólogo al que acude Jason Biggs no dice ni palabra, nada aporta. Nos hemos quedado sin soluciones: hablamos y hablamos, nos quejamos, hacemos montañas de granos de arena, a veces al contrario. Y lo cierto es que “es como todo”. Depende del día, del humor, de si estamos contentos o nos pica un pie.

Pero sí hay una rebelión: sí que podemos hacer algo, arriesgando un poquito. El anciano Allen actor se rebela contra dos matones que le quitan su hueco para aparcar, se arma con un rifle y con un kit de supervivencia y finalmente (o quizá no fue cierto, pero ahí está…) hasta se carga a un tipo… Acatar el mundo no significa dejar que los brutos hagan ese mundo a su medida. A veces hay que mojarse el culo y hasta unirse al club de Charlton Heston. Qué risa, qué miedo.

Allen se queda en Nueva York, mientras que Biggs se marcha en busca de fortuna a California: quiere escribir novelas. Allen permanece en Nueva York, donde es santo y seña de la ciudad, la cual queda fotografiada (jamás como paisaje de postal, siempre como acompañamiento emocional y moral a los paseos de los personajes) con gran hermosura en Anything Else: esto sí es un homenaje sincero a la ciudad que sufrió el 11-S y no otros tan llorones, descomunales o abstractos.

Lo cierto es que uno, que ha disfrutado tanto con el film y que admira a Woody Allen, nota que se le desmoronan los grandes rastreos, las grandes ambiciones que tiene depositadas en el cine como vehículo de pequeñas o grandes revoluciones. Woody Allen te machaca con una sonrisa, un chiste, un fino y amargo sarcasmo. Poco más hay que decir. Que hable el taxista. Apago el ordenador. Salvo el documento Word. A ver si consigo que alguien me lea. Necesito, ya, que alguien me critique, me sitúe en un mapa. Estoy perdido. Finales de julio de 2004. Quiero sol.