ADLON Percy (1935-_)

Bagdad Café (Bagdad Café) (1987: 8.5)

Bagdad Café me termina venciendo y, cierto es, a mi purista pesar, ya que sus primeros minutos dubitativos y pretenciosos (cámara inclinada, hiperrealismo, encuadres angulosos, tendencia a la caricatura, paranoia “funky”) no presagiaban nada bueno. Sin embargo, admitiré con rodeos que me derrotó por el lado más frágil del espectador, el de la cómplice emoción; pues la verdad es que comencé a sentir una viva simpatía por los personajes: la grandullona alemana Jasmin (Marianne Sägebrecht), la visceral negra Brenda (CCH Pounder) y el divertido pintor Rudi Cox (Jack Palance). Ellos me ganaron para su frontera, su no-lugar (como el de la estupenda serie Doctor en Alaska, algo posterior): su bar de carretera llamado Bagdad Café, punto de paso para camioneros, mujeres lanzadas, vagabundos hippies y demás reductos periféricos.

Seguramente, la cosa más terrible para el director Adlon, su guionista y los personajes que pueblan la película, sea la soledad y la falta de cariño y compañía. Lo peor que nos puede pasar es, en palabras de la escritora croata Dubravka Ugrešić, si No hay nadie en casa (traducción de L. F. Garrido Ramos y T. Pištelek). Los personajes de Bagdad Café (o de Out of Rosenheim, título inglés), tras rupturas sentimentales y vidas (que se adivinan) más grises que de color de rosa, lo único que quieren, en esa porción de desierto norteamericano en la que se encuentran, es una modesta ración de felicidad. Acaso porque, como nos avisa la perspicaz Ugrešić: “La articulación de la idea de la felicidad humana corresponde a los que tienen los medios y el mercado más fuerte. En este sentido, la felicidad es estadounidense”.

En efecto, la película finalizará de manera feliz porque las patas principales del banco de Adlon, los mencionados, y tan distintos, Jasmin, Brenda y Cox, terminan la película juntos, en armonía y amor, y relativamente revueltos. Han encontrado sus medias o tercios de naranja, en ese lugar inmundo “in the middle of nowhere”, y no parece que tengan intención de irse a cualquier otro lugar. Pero es que, además, y es preciso apuntarlo, su felicidad está catapultada por el éxito: su mercado, el de la venta de bebidas y comidas en el bar de carretera, se incrementa notablemente y conoce un apogeo gracias a la labor (interesada, no nos engañemos) de Jasmin, que limpia y organiza lo que antes era caótico y, por si fuera poco, se esfuerza en aprender trucos de magia que se convierten en una atracción en toda la zona. Se juntan, pues, en un éxtasis de júbilo, el hambre con las ganas de comer, y por eso la parte final del film es la más floja, forzada, edulcorada (bonita) e, incluso, hollywoodiense.

El éxito, por su parte, de Percy Adlon con esta película, ha de enmarcarse en unos años en los que directores como Frears, Rudolph, Kaurismäki, los hermanos Coen, Jeunet o Lauzon andaban conociendo (algunos iniciando su carrera) también gran popularidad: todos ellos se caracterizaban, hasta cierto punto, por un uso bastante barroco y consciente de los medios de expresión cinematográficos (en Bagdad Café, exacerbados en sus primeros minutos), una tendencia que se fundamenta en giros psicodélicos y seudo-anarquistas, una clave de mofa o sátira (apaciguada por surrealista sentimentalismo) y un marcado escapismo acrítico pero, en muchas ocasiones, irresistible. Como irresistible me ha parecido Bagdad Café, dejémonos de dogmatismos, dejémonos llevar.

Este fenomenal producto es una especie de “remake” feminista de París, Texas inspirado en el inicio libertario de Walkabout (Roeg), con toques gruesos, simpáticamente horteras y emancipadores de un J. Waters o tomados de alguna película semi-“cult” de los sesenta, por ejemplo The Honeymoon Killers (Kastle).