CHAN-WOOK Park (1966-_)

Old Boy (Old Boy) (2003: 2.0)

La fotografía expresionista, cólerica y sucia de Jung Jung-hoon, el montaje de atroces atracciones de Kim Sang-bum y la gestualidad y los desmanes del actor Choi Min-sik forman el trío calavera designado por el director Park Chan-wook para diseñar Old Boy, ganadora del Premio del Jurado en Cannes, hace poquitos años. Que no se diga luego que triunfa el cine lento, por favor. Películas como Old Boy hacen que propuestas enteramente televisivas y convencionales parezcan ya “lentas” en comparación con las exhalaciones churriguerescas y discotequeras de Chan-wook y demás iluminados sin luces.

Desquiciamiento, distorsión, tortura, raptos de violencia; el sádico y el vengador, el psicópata y el justiciero, sus egos los confunden. La venganza reclama venganza, que reclama venganza, que reclama venganza. Chan-wook toma tales constantes eternas y las adorna con tripas nihilistas, crueldades individualistas y deleznable psicologismo. Un cine ciego que hace mucho ruido. Un cine muy visual que opta por fabricar sketches de pesadilla esquizofrénica.

Cine que busca y normalmente consigue hipnotizar al espectador, volverle insensible, inmune a la dictadura de la trituradora de visiones brutales, viscosas, desahuciadas del mundo del saber y del conocimiento, dictadura del shock por sistema, o la doctrina del shock de N. Klein en clave fílmica, coreana y me-importa-un-bledo-todo.

Detalles alucinatorios, de decadencia y ruindad, física, mental y moral. Los territorios orientales de un Ki-Duk, un Kar-Wai, un Kitano (incluso un Murakami), estirados hasta que duelen y no hay salida, una oscuridad de puta madre, señor Park.

Efectismo de la imagen: las figuras y su escorzo, el asco de la modernidad imparable, el éxtasis de la incomunicación, el apogeo del vídeo-clip, hay treinta de ellos, seguramente, en Old Boy. El predominio de las pantallas, la fragmentación voluntaria, la continuidad no es querida porque aburriría al espectador cañero: ese desligado de prácticamente todo lo anterior a Reservoir Dogs, cuando la sangre, las armas, el sufrimiento y la saña se convierten, “por sí mismos”, en componentes prestigiosos y sustanciales de las ficciones audiovisuales, en elementos apetitosos, pasaportes seguros al estrellato y los premios. ¿Y el grano de la paja?

Old Boy me horroriza. No es un cine de horror, es un horror de cine. Basura en celofán. Basura de Burger King coreano. Basura para mentes calenturientas, astutas y rendidas. Basura de cultura nefasta. El hobby de romper piernas, clavar cuchillos y dar martillazos no es mi hobby, pero a muchos les agrada, les da placer, cuando entra por los ojos y los oídos a través de una textura icónica y acústica sugerente, exacerbada: gorras deportivas, vísceras cibernéticas, una deplorable “coolness” consistente en sobredosis de torturas insoportables y paranoias conspiratorias, para que el espectador que quiera estar a la altura, a la última, exclame: “De puta madre”, “Qué pasada”, “Impresionante”, “Qué talento, Park, la ostia”.

En esta especie de Naranja mecánica coreana al servicio de sí misma se oye, en una grabación de audio que alguien nos hace escuchar: “El cabrón que odias pero no te atreves a matar”; “La zorra a la que detestas y deseas”. Tales hondas maquinaciones me recuerdan la película francesa Irreversible, también saludada por la crítica de tebeo como un hito en el cine del nuevo siglo, un cine que intenta por todos los medios impresionar a públicos sedientos de mierda anfetamínica y existencialismo de bate de béisbol.

Aguanto Old Boy, este pedazo de Guantánamo cinematográfico, este insulto a la civilización (pero hay que darse cuenta), este cómic urbano, inhumano, ensimismado y cosmopolita aupado a su elevada posición por los criminales agentes culturales del Manga y demás mangantes (oh, a estos artistas les encanta que les llaman criminales o terroristas, les hace sentir que son peligrosos; y lo son), hasta el minuto 59, momento en el que decido apretar el botón de STOP. Bah, el progreso.

EPÍLOGO MORALISTA (carta al director publicada en septiembre de 2008 en el periódico gratuito ADN y carta del director, Albert Montagut, como respuesta a la primera; mis “negritas”):

 

Violencia gratuita y jóvenes

Fui al cine a ver una película recomendada por la crítica, Wanted. Violencia, sangre, tiros, tortura. El cine, lleno de adolescentes. La semana pasada un joven de Finlandia mató a disparos a 10 compañeros. El lenguaje, modos y maneras de ciertos jóvenes da miedo, cuando no pánico. Tanta protección, tanta condescendencia, tanto capricho satisfecho nos abocan a una sociedad de desecho. ¿Quién es el culpable?

  

La carta del director

El tráiler de la película y su cartel no pueden ser más explícitos: violencia y violencia. En Gran Bretaña han prohibido la difusión de ambos. La película, en los primeros días en taquilla, ha sido un éxito. No es la belleza de Angelina Jolie, es la atracción por la violencia. Esta atracción no es nueva. Si el cine la ha explotado hasta la saciedad, los videojuegos la han exprimido. La violencia, las balas, la sangre, la muerte se convirtieron hace tiempo en un producto de consumo. Las masas lo devoran en todo el mundo. El lector se horroriza y pregunta quién es el culpable. El culpable es posiblemente el consumidor; aunque si lo analizamos bien, el consumidor suele estar alienado, intoxicado. Es el conjunto de la sociedad el que se equivoca. Es una crisis profunda de valores. Los jóvenes con pistolas se suceden. Y, de hecho, hacen lo mismo que en sus videojuegos.