CHAPLIN Charles (1889-1977)

A King in New York (Un rey en Nueva York) (1957: 9.0)

(Lubitsch, pero no...)

Un señorío impropio mostraba el Chaplin anciano ante los primeros estertores de la algarabía de ruidos (a los intelectuales de hoy, excepto a J. Marías y un puñadito más, el estruendo de los ruidos no les desaira en demasía, lo cual le hace a uno pensar sino será que les beneficia un ambiente tan infecto de decibelios y tontería), la nueva sociedad ensimismada (eran los albores de los años sesenta) con la publicidad y el dinero a cualquier precio, y ante la rebaja de los sentimientos a escala cartón-piedra: o era que la sociedad devenía en espectáculo. En esas condiciones, Chaplin se habría bajado en la próxima. ¿Lo hizo? No, al contrario.

Se quedó entre reyes y condesas, cierto, aún atento a los pobres pero aburrido y asustado ante magnates, mangantes y burgueses.

A mí Un rey en Nueva York me recuerda en un par de momentos (el niño en el colegio) a La chinoise de Godard (más que a Lubitsch), otro que parecía bajarse en la próxima... ¿Lo hizo? Esa es la gran pregunta. Casi la única, en el cine: está en la raíz de todo debate de altura.

Así, el Chaplin más godardiano, casi un bufón aristócrata, se sentía a contrapié de modas, costumbres y mercados: ahí la clave. El mundo de la publicidad, la falta de autenticidad, el engaño como norma y los medios de comunicación que ya alentaban la frivolidad y el amarillismo son todos componentes despreciados por un Chaplin herido en su amor propio, incomprendido, un rey destronado que ha de ver cómo su corona la portan otros principitos con méritos más que discutibles.

Un cine único, desde luego, y diremos que humanista, de nobleza, hilaridad y elegancia supinas. Un cine subversivo que, por ejemplo, defiende J. Jarmusch (el porqué les molesta hoy tanto a los críticos, que aún la etiquetan como “anacrónica”, da fe, justamente, del potencial subversivo de la cinta), y que enseñaba verdades como puños que los auto-censurados realizadores convencionales (o no politizados) no narraban en imágenes, aunque presumieran de puños.

Cine de amplitud sin celeridad ni cloroformo, rebosante de vitalidad, orgullo y decepción.

Un Chaplin, por otro lado, que se me ha asemejado (más físicamente, en todo caso) al actual M. Vargas Llosa, otro autor extraordinario y respondón, orgulloso e inquieto, si bien no creo que éste diera cancha en su obra a un niño prodigio que predicase sobre el marxismo en el desierto, en aquella Nueva York, que sería como hoy incluir, en un libro o película, a un muchacho que citara activamente a Sontag, Eagleton o Chomsky, en fin, un alien en tiempos de “borriquitos en chandal” (Sánchez Ferlosio, La hija de la guerra...).