CHAPLIN Charles (1889-1977)

Limelight (Candilejas) (1952: 9.5)

Ya en los años cincuenta se advierte en Chaplin cierto resentamiento respecto del mundo en que le toca vivir y, en concreto, el mundo del cine en el que se ve, queriendo o sin querer, insertado, como un trozo de tortilla en un pincho. Chaplin, la máxima estrella cinematográfica de la historia (no creo que haya dudas en esta cuestión), veía que se le prestaba menos atención y pensaba, con un punto de vanidad indudable, aunque justa, que merecía más parabienes de los que recibía y que, en suma, había un Chaplin complejo, adulto y agridulce post-Charlot, actor y, sobre todo, director, que había que tomarse no sólo en broma sino muy en serio. No era un payaso, era un autor. O sí era un payaso: pero siempre un autor. Mas no era un autor de minorías, sino una estrella del firmamento en el séptimo arte, y como tal deseaba y pedía que se le considerara.

Y era justo.

Candilejas es una muy irregular y, hasta si se quiere, convencional historia, que resulta a la postre todo menos convencional por la manera como Chaplin la detiene o acelera, combinando “gags” y melodrama, mensajes sobre la alegría y necesidad de vivir y una actitud positiva ante los reveses: cómo los humanos vivimos para que nos den cariño y afecto, pues el dinero no es lo único importante. No traicionarse, esa es una lección del Chaplin casi anciano, y seguir haciendo lo que uno sabe hasta las últimas consecuencias.

En Chaplin, el beneplácito del público (más que de la crítica) era esencial: no conseguir esa expresa aprobación de la gente que acude al espectáculo era un fracaso personal. Chaplin hacía arte popular, cine para todos, y no sabía ni quería admitir los desaires (si es que se producían), pues él continuaba siendo el mismo, sólo que menos salvaje, anarquista y crítico y más, cómo ponerlo, burgués y gentilhombre (sentimental siempre lo fue). Como escribió el español José Francisco Aranda en 1953 (lo leo en el papel que la Filmoteca Española le dedica, fechado en febrero de 2009, con ocasión de la proyección en el cine Doré de Limelight):

 

Les gustó mucho más [la película] a mis tías gordas… Estas señoras han tenido ahora la ocasión de reconciliarse con Chaplin, con el que estaban francamente rabiosas después de Monsieur Verdoux… Creen que Chaplin ha entrado en el mundo de la burguesía como un hijo pródigo que, gracias a Dios, finalmente “ha comprendido”.

 

Algo de esto hay en la película, estoy de acuerdo. Pero la razón por la que para mí Candilejas es prácticamente (le doy un 9,5) una obra maestra es porque me emociona. No considero que una película redonda y perfecta lleve necesariamente el sello de lo magistral. Una película respira y, las más grandes, dejan al autor mostrarse “a través” del torbellino de imágenes y palabras que inundan gloriosamente la pantalla. Es el caso de Candilejas: es una experiencia cinematográfica donde el espectador (más o menos sofisticado) se integra, ríe y vive, más allá de erratas puntuales o concesiones (al propio espectador).

Como escribe en un artículo el profesor de Comunicación Audiovisual Jesús González Requena, en Cahiers du cinéma España (febrero de 2009), “la experiencia estética estriba… en su capacidad para suspender y atravesar las ideologías… para golpearnos en lo más íntimo de nuestro ser”.

A mí Chaplin, y en películas como Candilejas de manera sublime, me golpea (sin poder yo parar el golpe) en lo más íntimo de mi ser, hasta el punto de hacerme saltar las lágrimas en los últimos momentos, circunstancia que, pese a la oscuridad de la sala, me preocupé en disimular ante mis dos amigos (que, a su vez, estoy seguro de que también estaban conmovidos). Momentos como un Chaplin borracho dirigiéndose a sus “verdaderos” hijos al inicio del film o como el Chaplin “clown” realizando un glorioso número cómico con el también real y genial Buster Keaton al final son imperecederos.

El público del Doré, formado por gente gorda, menos gorda y delgada, aplaude al final de la película, entusiasmado, convencido de que el cine puede y debe ser un arte y espectáculo populares. Dicho de otro modo, me pregunto: ¿Por qué Erice no ha sido ni es nuestro Chaplin?