CHAPLIN Charles (1889-1977)

Monsieur Verdoux (Monsieur Verdoux) (1947: 8.5)

Chaplin, asesino en serie. De mujeres, además. Larga tradición: cómo les gusta a tantos hombres. ¿Chaplin truculento? Pongamos que sí: pero la truculencia desaparece en la elipsis.

Cine clásico, como el de Ford, Hawks o Walsh, hasta cierto punto. No se acentúan las debilidades ni las maldades. No se atosiga al espectador. El significado es profundo sólo si trabaja la audiencia. Y si el público está adormilado, no pasa nada: sigue siendo un cine de gran atractivo.

El tema es el del doble: otra tradición sin final, tan anglosajona, por otro lado. Hipocresía como mecanismo de defensa frente a la sociedad y uno mismo. Para desahogarse, pero no sólo. El dinero es el objeto de deseo imperante. ¿Y el sexo? En elipsis. O no sabemos a ciencia cierta: eso es el cine clásico. Nada tórrido ni subrayado. De ahí que a los amantes de Murieron con las botas puestas, El sueño eterno o Tres padrinos les irrite sobremanera (ya) Cowboy de medianoche o las técnicas “novedosas” de un Valerio Lazarov, a su llegada a la televisión española (descanse en paz, por cierto).

Chaplin post-Chaplin, ya a finales de los cuarenta más allá del público y de su respuesta. Pérfido en su sátira: sólo el amor puro, compasivo y desinteresado (o la compasión como único interés) le humaniza, agrieta y ablanda. Si Un rey en Nueva York era el Chaplin más godardiano, acaso Monsieur Verdoux constituya el más wilderiano o mankiewicziano: fuera máscaras sociales, gotas de matizada misantropía y crítica al mundo en que vivimos.

El genio venido a menos. A Charlot lo querían todos, tan mísero, cruel y cinemático. Al post-Charlot (elegante y cruel pero paternalista y estático) se le admira sin amor. Y sin alegría.

Monsieur Verdoux también incluye paralelismos con Candilejas, otra obra con elementos patéticos y críticos, aunque más emocionante y menos subversiva. El héroe, la estrella, se despide frustrado, rencoroso, amargado, aunque dando lecciones de vida y sociedad. Y de negocios: la vida no debería ser sólo un negocio, menos aún cuando éste descansa en el mercado de las armas. Armas y dinero, ecuación que desata las iras del Chaplin maduro, a quien hacen menos caso, sobre todo en los EEUU. Era poco menos que un “rojo”.

Contra el olvido (el suyo) y la brutalidad de los tiempos se rebela Chaplin en esta cinta única y combativa. Su muerte tiene un componente de narcisismo indudable que lo asemeja (quién lo diría) al Brando aficionado a ser apalizado en público.

Inconformista, individualista, solidario con los humildes, Chaplin se encamina a la guillotina porque ha cometido asesinatos terribles (en la película) y porque ya no le miman tanto (en la vida real). Tiene su corazoncito vanidoso y airado y está roto, roto y sin solución.

Chaplin, autor total: pero a partir de cierto año fue demasiado refinado para ser amado en su totalidad, demasiado elegante y discordante para ser considerado un clásico, sin más. Su clasicismo se antoja hoy a contrapié, y combina las formas exquisitas de un Ophüls, el aliento distinguido de un Cukor y el instinto homicida y juguetón del primer Godard. Un clásico raro.