COCTEAU Jean (1889-1963)

Orphée (Orfeo) (1949: 5.5)

No es que Orfeo me parezca un film feo, no, pero reconozco que Cocteau se me queda corto de mangas en los aspectos más puramente cinematográficos y, por otro, se me antoja largo y solemne atendiendo a criterios artísticos. Para un artista total, como Cocteau, el cine era una excusa para incluir sus variados talentos, los pictóricos y poéticos, entre otros.

Lo que quiero decir es que acaso existan puntos medios.

Lo que quiero decir es que no creo que, en el campo del cine, Cocteau supiese transitar con destreza el trayecto que va de la idea o guión al de la disposición de elementos detrás y delante de la cámara.

A ver si me explico:

Entre afirmar, como ha hecho recientemente César Strawberry, cantante del grupo Def Con Dos: “Aznar es una aberración, ZP es abiertamente tonto” (en 20 minutos, febrero de 2009)…

Y, señalar, como el intelectual Foucault hace más de treinta años (en diálogo con M. Fontana, en el libro Michel Foucault. Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones; traducción de M. Morey):

 

Cuando hice mis estudios en los años 50-55, uno de los grandes problemas que se planteaba era el del estatuto político de la ciencia y las funciones ideológicas que podía vehicular. No era exactamente el problema Lyssenko lo que dominaba, pero creo que alrededor de aquel feo asunto que permaneció tanto tiempo enterrado y cuidadosamente escondido, se agitaban todo un montón de cuestiones interesantes. Dos palabras pueden resumirlas todas: poder y saber. Creo que escribí La historia de la locura un poco sobre el horizonte de estas cuestiones. Para mí, se trataba de decir lo siguiente: si se plantea a una ciencia como la física teórica o la química orgánica el problema de sus relaciones con las estructuras políticas y económicas de la sociedad, ¿no se plantea un problema demasiado complicado? ¿No se coloca demasiado alto el tope de la explicación posible?

 

…¿No habra un camino intermedio? ¿Algo que combinase componentes de ambas aproximaciones a la descripción del mundo?

Ante Orfeo me quedo perplejo, despistado, sin apoyos, frío y distante, rascándome la coronilla. No porque no entienda su historia, sino porque no entiendo su “arte”.

Por un lado, me aburren las historias de mitos y, por otro, me suele extenuar el cine decorativo y falto de pegada. O me agarra por el lado de la emoción, el humor o el suspense, o me tienta por su calibre rompedor, sugestivo, imprevisible. Si no supiera que Orfeo es una película del tan prestigioso creador francés, seguramente sería menos diplomático. Me da igual todo lo que ocurre en la historia de la Muerte y el poeta, en ningún caso cercano en altura, fascinación, poder metafórico y ritmo al Bergman de El séptimo sello. Aclaro. En ningún caso próximo al enigma, la ambigüedad y hasta el humor sardónico de un Tourneur. Que quede claro.

Cocteau, ya en La bella y la bestia pero ahora mucho más con Orfeo, me resulta un autor cinematográfico de segundo o tercer orden: literario, arcaico, preso de estrategias dramáticas sin ningún realismo ni calidez ni naturalidad, su arte por el arte se me antoja insípido, bastante gratuito (picados porque sí, contrapicados porque sí, efusiva teatralidad interpretativa…) y escasamente asombroso. Ceremonioso, satisfecho de sí mismo.

Rechazando, como rechazo, sin duda, afirmaciones tan poco matizadas como las del músico español citado más arriba, me gustaría situar el cine de Jean Cocteau a día de hoy (marzo de 2009), en mi escala de gustos, valores y culturas, al mismo nivel que la prosa del señor Foucault, un tipo de discurso pasado de vueltas, robótico, hermético, sin chispa: un problema demasiado complicado.

¿El problema Lyssenko? Pues eso digo yo.