COPPOLA Francis Ford (1939-_)

The Conversation (La conversación) (1974: 9.5)

Esto escribí entre 2005 y 2006 (si no me cito yo, nadie lo va a hacer) en El cine que pudo reinar a propósito de la tercera parte de El Padrino:

 

Cine  bruto: no se anda con zarandajas puristas. Ópera total, espectáculo para los ojos y los corazones, festín de frases brillantes que vienen a decirnos que el poder heredado no se destruye, sólo se transforma.

 

Es curioso. Nada de esto puedo mantener a la hora de rememorar La conversación, que vi hace dos días. Tampoco la imagino cercana a los dos primeros Godfather, el segundo de los cuales es... ¡del mismo año!

Cabría escribir que Coppola es un grandioso director adaptable a sus historias y sus ambiciones. No un Bresson o un Ford o un Visconti o un Hitchcock, ni siquiera un Scorsese, que se llevaron y llevarían siempre el agua a su molino espiritual y estético.

La conversación es, creo, el film más meláncolico que he visto jamás. Aunque en este aspecto, la verdad, sí que se encadena a una tendencia de algún cine norteamericano de entonces (tan añorado), brillante, lúcido y un tanto abatido por los avatares retóricos de las imágenes sin contenido y la liberación precipitada de los tiempos (en España, menos, claro).

Porque de 1973 es la furibunda pero decaída La noche se mueve, donde el propio Gene Hackman (asombroso actor en todos y cada uno de sus papeles), ofuscado ante el grandioso concepto de Verdad, arriesgaba la vida y los conatos de felicidad que pudieran restarle, todo por una ingenuidad que consiste en pensar que uno entiende lo que ve, cuando más bien ve lo que ya entiende (se adaptan los hechos experimentados a las propias disposiciones subjetivas, que le llevan a uno a abonarse a ciertas creencias, rutinas y comportamientos. Se ve lo que se espera ver).

Y de 1973 es El largo adiós, de Robert Altman, protagonizada por un sobrecogedor E. Gould. The Long Goodbye era un nuevo presagio: otro hombre (¡eran hombres, perdidos y resignados, de repente extraños e inseguros y en peligro!) en busca de la verdad, cuando ésta se resiste a ser mentada y apresada, tan sólo acariciada, y ese puede ser el momento de la decepción total, o siempre llegará la muerte.

(El cine de Lumet, como Serpico, o del francés Sautet, como Max y los chatarreros, trababa por esos años temas y estados del alma similares)

Blow-Up. Ahí está, claro, el origen de esta tendencia; que acaso muriera en De Palma, a finales de los setenta e inicios de los ochenta (Blow Out, etc.), que ya hasta comenzó a reírse de la verdad de las mentiras.

Pero desde Blow-Up la reconstrucción de la realidad se convirtió en el mito imposible. Antonioni escenificó la ruptura (mientras Godard la vivía o sobrevivía o disfrutaba en sus carnes en los puros márgenes), el adiós a las armas de la autenticidad, las buenas intenciones, la ingenua representación de las cosas, la posibilidad del conocimiento, la existencia del sentido común.

Blow-Up optó, astutamente, por, en su aparente caracterización del  vacío emocional, echarse al monte, eso sí, tapizado y sin saltamontes: qué decir de la llamada de la moda, la fotografía icónica y la liberación de los pesados fardos de la autoridad; y qué añadir a los restos del naufragio del entendimiento, de la descripción objetiva de lo que hay, o había.

Y resultó que el periodista, investigador, agente secreto, detective o “grabador” (como Hackman en La conversación) es parte integrante, y nunca “externa a”, del proceso mismo de la realidad del que uno se pensaba independiente, inmune, ajeno, mero observador. Pues no: no había meros observadores y todos éramos responsables de todo, porque lo que observábamos nos observaba y nuestra presencia y actuación ejecutaban una modificación de la situación de la que habíamos partido.

De todo esto Coppola, con una serenidad excelsa, un pulso primoroso y una perspectiva amplia, tanto en el espacio cinematográfico como en el “tempo” narrativo, nos ofrece con La conversación un capítulo glorioso de la citada tendencia. Sólo que la apuesta de Francis era firme, rigurosa y sólida, rechazando la psicodelia y la facilidad de lo guapo.

La conversación es, hoy, una película inmaculada, lóbrega, de un patetismo acusado y un fortísimo aroma de soledad, incomunicación y languidez. No hablamos de nostalgia, que se refiere a un pasado; la melancolía de The Conversation apunta a un presente inmediato y a un  futuro incierto pero ya desacreditado, tanto en el plano personal de Harry Caul (Hackman) como en el plano sociológico e histórico del momento.

Obra paranoica, metálica, meticulosa en su acontecer, en la obsesión de entender lo que sucede para evitar que ocurran desgracias futuras.

(Perdón por el desorden de mi nombre: Abre los ojos de Amenábar, 1984 de Orwell, En la línea de fuego con Eastwood, hasta la divertida y maliciosa tragi-comedia teatral El método Gronholm, algún Hitchcock, Magritte, Lang, Cronenberg: son referencias variopintas y a vuelapluma que se me ocurren y que guardarán, por así ocurrírseme, alguna relación con La conversación de Coppola)

Nada es inofensivo, cuidado con nuestros actos. Pero casi todo el cine post-De Palma, comandado hasta por el propio De Palma, se reiteró en la otra tendencia, llamémosla impulsiva o emocional, o llamémosla la línea blanda, comercial y debil del: “take it easy”, el “fast food”, “lo único relevante de una película es decir si te gusta o no”, el “just do it”, o esas populistas majaderías de “el público es soberano” o “el espectador no es tonto”. El espectador subido al púlpito de la crítica y dejado de la mano de Dios.

La conversación, dicho sea de paso, pero aquí termino, no es peor que la mejor de las películas de Coppola. “Missing in action”.