COSTA Pedro (1959-_)

Juventude em marcha (Juventud en marcha) (2006: 9.5)

“Lo nunca visto”, escribo en un post-it amarillo tras una hora, cuarenta y nueve minutos y veinte segundos, justo tras pulsar el botón de “pausa” en el mando a distancia. Descanso.

“Este arte ya es historia, perpetuo e indestructible como las pirámides de Egipto”, escribo casi al final de la película en otro post-it amarillo, esta vez he dejado correr el film.

Podría considerarse un monumento funerario a las gentes que aparecen.

Se refiere a él Félix de Azúa como “un hombre quieto, frontero a la puerta, inmóvil y con sombrero negro, no era del todo coherente en aquel ambiente” o como el “insólito individuo plantado e inmóvil ante la puerta del recinto”. Estaba en la Documenta de Kassel en 1972 (“Mucho beatnik, mucho flower people, mucho hippy, aunque también refinadas comisarias neoyorquinas, ambiguos entendidos franceses, feroces críticos alemanes, atildados profesores italianos y algunos sobrios españoles”). Y continúa Azúa: “era James Lee Byars y… su performance, en efecto, tenía sentido: era un rechazo del Museo, una llamada a mantenerse alerta contra el arte comercial y la cultura industrial, en fin, esos tópicos que entonces no lo eran”.

En el libro que es parte del “pack” (editado por Intermedio) sobre Pedro Costa, leo en la entrevista (y “collage” de Andy Rector): “También se pueden hacer películas así. Como si uno fuera a rodar como quien va a mendigar, sin saber lo que nos van a dar –monedas, un mirlo dorado, un ramo de flores, una cuchara de plata”.

Costa rueda en Fontainhas, un barrio de Lisboa. Un barrio marginal de inmigrantes o hijos de inmigrantes de Cabo Verde y Guinea, sobre todo. Costa elabora, rueda y monta una ficción a partir de un escrupuloso y sentido aprecio por lo real. Las luces y sombras, las calles y rincones y, más aún, las habitaciones destartaladas, las mesas y las paredes, fotografiadas como si fueran pinturas valiosas, de oscuras texturas, pulsión natural, arte pobre que delimita las vidas de los ciudadanos, ay ciudadanos, de ese barrio dejado de la mano de los poderes. Espacio mínimo, dominado con paciencia, trabajo y tesón por Costa, que lo integra en su film junto con los personajes, con el fin de que estos cuenten sus vidas, cómodos en su entorno (ay) natural, rememoren momentos pasados o se hagan breves ilusiones sobre el futuro imperfecto.

El protagonista, Ventura, mantiene una conversación con una de sus hijas en la película, que le pregunta: “¿Cómo conquistaste a mi madre?”. Él responde con unas líneas que a mí me parecen poesía necesaria (subtítulos en español):

 

Fue en el río de Águas Podres, en Assomada.

Ella cogía agua con una lata…

y yo iba en mi burro, Fogo-Serra.

Me costó tres años conquistarla.

Al principio, ni me miraba.

Un cinco de julio…

ella estaba entre los violines, banderas, acordeones y tambores…

y empezó a cantar…

“Cinco de julio, alzad los brazos.

¡Libertad! ¡Gritad! ¡Gritad: Cabral!

Pueblos libres de Guinea y Cabo Verde…

¡Gritad! ¡Gritad: Cabral!

Alzad los brazos y gritad: ¡Libertad!

¡Gritad! ¡Gritad: Cabral!”.

Pero ella no sabía cantar.

Me acerqué y empecé a burlarme…

“¡Desafinas, tienes voz de caña rajada!”.

Me golpeó con el palo de la bandera y empezó a cogerme cariño.

 

Dreyer de los suburbios, Walker Evans lisboeta y en movimiento (en marcha), Zurbarán con desarrapados santos, Caravaggio rodando a lo Morrissey (“The Factory”) pero no a Joe Dallessandro sino al negro Ventura y a Vanda, él de aquí para allá, como zombi de Tourneur mirando al infinito, un sonámbulo perpetuo por las callejuelas y cuartos de Fontainhas. Ella en la cama, fumando, tosiendo, viendo la tele con su bebé al lado: en el cuarto de Vanda. Un James Lee Byars portugués entre el arte urbano y el “punk”, nada místico, nada hippie, sino un coherente realizador de barrio, solidario y toca-pelotas, ahí lo veo: quieto, aislado, casi exiliado, en el vestíbulo que conduce a la sala de los artistas del “zoom”, las solemnidades, el romanticismo, el florero, los coches deportivos y la humeante pipa.

La dignidad de los marginales sin moraleja, planos fijos y largos que recogen el deambular, el hablar por hablar, el pasar el tiempo de esta gente que parece que no trabaja y que ha sufrido una dura vida sin suerte, sin regalos, sin demasiados lamentos. Tenebrismo, todo es muy real, esos rostros inexpugnables, orgullosos, esas enfermedades que se adivinan en gestos y andares, un no querer nada ni pretender nada, un resistir porque sí.

Lo nunca visto, para mí, es este cine. El de Costa, trabajador, artesano, primitivo, aprendió un oficio y encontró su forma de encararlo, sus formas visuales de capturarlo, quererlo, mostrarlo. Un arte que desafía al arte en tanto que careta, vestimenta, petulante lámpara, reflexión filosófica, asidero de tolerancia. Hay un elemento en el cine de Costa de crudeza inexcusable, que se compenetra con atisbos de arrogancia revolucionaria, de humildad colectiva y de pasión por lo pequeño, lo grandiosamente mísero en torno al discurrir rutinario de estos seres con techo pero en las fronteras de la civilización y sus componendas, castigos y prisas. Cine sólido y físico, endurecido como el barro al sol, como la cara del campesino entre los trigales, como la piel y los huesos de aquellos que han recibido muchos golpes y escasas caricias. Este cine es ambos: caricia y golpe y, sobre todo, testimonio real (a partir de ensayos y ficciones modestas) de una tribu portuguesa (africana, europea) que vive, se destruye a sí misma y deja vivir a los que no sabían de su existencia. Ahora sí sabemos y no seremos mendigos nunca.

Por este cine de Costa (así como restos de miles de palos de banderas desilachadas), por encima de cualquier otro sentimiento o emoción, lo que yo siento es un profundo cariño.

El único peligro que podría acechar a este director en el futuro (asombroso descubrimiento de enero de 2009), y sobre el que alertaba recientemente (este mes) en El País R. Sánchez Ferlosio (en “Pecios. El Mal es un comodín ideológico”), a lo mejor es el de la “confianza”: “Algunos aprecian la coherencia o congruencia como una prueba de honradez en la conducta o como una garantía de verdad en el razonamiento, pero, al cabo, tiene un punto de vanidad estética: vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa”.