SIODMAK Robert (1900-1973)

Criss Cross (El abrazo de la muerte) (1949: 8.5)

Los últimos minutos de esta estupenda película de Siodmak se desarrollan en una casa que parece lejos de todo (como la de On Dangerous Ground, de N. Ray): el plano final es extraordinario, de tragedia griega. Hay numerosas imágenes en El abrazo de la muerte que seguramente estarán en el catálogo de lo más brillante en la historia del cine negro.

El argumento es clásico: el hombre decente pero enamorado e ingenuo, la mujer fatal peligrosa y deslumbrada por el poder del dinero. Para la mujer explosiva (Yvonne de Carlo), el amor es una cursilada: lo que “le pone” es la estabilidad de las joyas. Para el hombre honesto  (Burt Lancaster), ella siempre tendrá una última oportunidad, así que se verá forzosamente  engañado, herido, muerto. Para el malo de la película (Dan Duryea), tan relevante es contar con la mujer explosiva como cometer fechorías criminales que le permitan ser rico.

Lo curioso del arte de Siodmak (y Siodmak es un artista) es su empleo del espacio dramático, cinematográfico. Comparada con otras obras del similar género y época (obras geniales como Retorno al pasado, Sleep My Love, Caught, Whirlpool, Where the Sidewalk Ends…), Criss Cross tiende hacia una mayor profundidad de campo, por ejemplo: muchas veces hay diversos estratos espaciales dentro del plano, vemos lo que ocurre en primer plano y luego dos o tres acciones secundarias (pero significativas) que están pasando a la vez. Otra característica asombrosa es la creación de visiones casi alucinógenas: como el fallido atraco a la camioneta blindada, con esa lucha entre hombres que llevan máscaras de oxígeno y separados por un espeso humo. Como el protagonista, paranoico y atormentado, en la cama del hospital. O el plano final, de ella y él abrazados (juntos hasta la muerte, como en la sobresaliente obra de Walsh). Son momentos de un poderío cinematográfico poco común, y no se olvidan fácilmente: yo recordaré esta película, sin duda.

Un aspecto destacado tanto de esta obra de Siodmak como de otras de similar género y talento (de Lang, Preminger, Tourneur, etc.) es su general sobriedad al narrar, un saber ir al grano sin interrupciones ni consignas ni adornos. Justamente al contrario de abundantes películas contemporáneas (y desde hace ya lustros), que suelen sustentarse en artificios llamativos y estrategias fílmicas tendentes al colosalismo efectista. Así lo ha denunciado recientemente el escritor Tomás Eloy Martínez en un artículo en El País (agosto de 2009), a propósito de Enemigos públicos, dirigida por el virtuoso y cargante Michael Mann. Martínez sugiere, a este respecto, un “exhibicionismo… gratuito” del realizador, así como admite que el final de la película “es el mejor momento… y el único en el que se derrite el hielo de su lenguaje”. Pero, sobre todo, señala:

 

Tiene una epopeya trágica para contar y la cuenta con innecesaria complejidad, con demasiados relámpagos de ametralladora Thompson y un lenguaje espasmódico, acelerado por el frenético montaje.

 

Siodmak, con menos medios que los de Mann pero seguramente más ideas, huye de toda tentación espasmódica y confusa y se esfuerza en exponer la trágica historia de un amor no correspondido, unas compañías poco recomendables (como le recuerda todo el tiempo a Lancaster su amigo policía, el muy paternalista Stephen McNally) y un golpe criminal frustrado con un lenguaje conciso y preciso, atento al encuadre y al rostro de los personajes. Para que ni nos despistemos ni nos perdamos en florituras. Lo que ha de triunfar en este cine (en alguna escena, quizás, un polín demorado y sin tensión suficiente) es la autenticidad. La del cine, la de Siodmak. Y la del pobre Burt Lancaster: tan robusto y tan tierno.