LEWIS Joseph H. (1907-2000)

The Undercover Man (Relato criminal) (1949: 9.0)

“La izquierda cuerda” (28-12-2001).

A Joseph H. Lewis lo están reivindicando últimamente, y uno se pregunta cómo es que (pues si se reivindica es por una falta previa o una desatención) en su momento se pudo pasar de largo ante películas como The Undercover Man, de 1949. Busco alguna referencia en un par de libros de recopilación de críticas y en una historia del cine y no encuentro ninguna llamada de atención sobre este director. Qué raro. ¿O no lo es?

Relato criminal es una película negra, pero no “muy negra”; no están exacerbadas las claves del género, sino dosificadas y tratadas con un toque especial de, quién va a ser si no, Joseph H. Lewis. La película no cae sin más en las convenciones de policías, malhechores y detectives, sino que crea su propio engranaje, nada exótico ni particular, sino bien cuidado, rotundo y valiente.

Llama la atención la insólita, vista hoy, funcionalidad de toda la puesta  en escena, la economía de medios para contar los hechos (vemos sólo el paquete  de galletas en el suelo: deducimos un asesinato concreto). Destaca la brillante inspiración de un genial Glenn Ford (genial porque no lo recuerdo más generoso, “motivado” en su papel de policía investigador). No creo que resulte ajeno al conjunto que esté detrás Robert Rossen, como productor, autor de extraordinarias películas sobre la corrupción y los fracasados como Cuerpo y alma y El buscavidas. Hay, también en Lewis, algo así como una “moralina”, aspecto más achacable, pienso, a Rossen: más explícita, ilustrada con menor talento, más pendiente de que el mensaje cale. Lewis retrata una historia (y no “con todo lujo de detalles”, como suena el dicho) sobre una trama de corrupción, en la que el “big fellow” o gran jefe, al que no llegamos a ver la cara (podría tener la de James Cagney o Edward G. Robinson, o la de De Niro-Capone de Los intocables de De Palma), maneja el cotarro de las finanzas poco claras y tiene atemorizados a cuantos trabajan para él (vía chantaje económico y chantaje emocional), y comprados los silencios de los testigos, que no quieren ver amenazadas sus familias (cotarro similar al funcionamiento de un departamento universitario, vaya).

Es una de estas películas que disfrutan de momentos fantásticos, si uno se fija, que no resultan obvios si uno no está ya entusiasmado desde el inicio (hay que ver cómo empiezan estas películas, sin prólogos ni dubitaciones, se va al grano desde el comienzo, la tensión se palpa, la violencia se adivina, los rostros nos dicen más de lo que querrían: preferirían no expresar ese miedo al maltrato, a perder la vida, a tirarla a la basura y quedarse sin nada). La persecución de uno de estos “soñadores” atraídos por el dinero poco limpio pero fácil es estremecedora. El hombre acaba de hablar con su niñita, le ha firmado las notas del colegio, y entonces lo descubren, lo persiguen, y su hijita corre detrás gritando “papá”. Para esta persecución no se recurre a la locura de montaje ahora tan típica, y que pretende que nadie se entere de nada (quién persigue a quién, cómo, dónde). Es admirable, rápida, dura, y la cara de la hija cuando su padre cae tras el disparo es no de actriz sino de hija.

Otro celuloide favorito es cuando Glenn Ford y su mujer montan en el coche, y es ella la que va a conducir; vemos que, obviamente, no está muy acostumbrada a ello y el momento de risas que ambos pasan en ese auto, porque el coche no arranca y se cala, es maravilloso. Pero la felicidad, en un subgénero como el de policías, y la película no es excepción, no dura. El héroe (el anónimo policía) está en peligro, así como su mujer. En peligro porque es mejor no investigar, no meter las narices donde no te llaman si se ambiciona apresar a los poderosos (los demás sí son fáciles de coger) que controlan el meollo de la corrupción, los chantajes y los sueños de tanta gente, que consisten en ganar dinero, huir y ser felices, siempre lejos. El propio Glenn Ford se ve tentado a abandonar su labor, no desea vivir con el miedo en el cuerpo y, sobre todo, no quiere perder a su mujer en ningún ajuste de cuentas. Pero, en otro momento glorioso, finalmente decide continuar en su puesto, seguir a la caza y captura del mal (así es: viendo hoy, y en España, qué tipo de gente, con numerosas condenas a cuestas y toda la pinta de ser jefes de la mafia, sigue en la calle y no entre rejas, tengo la sensación de que eso del Mal aún existe, no es el Mal absoluto pero es el Mal que hay: ansias de poder, de controlar, perfidia, populismo, brutalidad), convencido por las palabras y los rostros de la abuela y la niña italianas, aquellas que habían perdido al hombre que las sostenía con dinero manchado de vergüenza. Es una escena extraordinaria, con la niña traduciendo al inglés lo que su abuela pronuncia en italiano. Esta abuela habla de “deserción” para referirse a la actitud de Glenn Ford, dispuesto a abandonar por miedo al miedo. El rostro de Ford es fantástico: no se irá, finalmente, no dejará de luchar por estas gentes desfavorecidas, no saltará del tren cuando está cerca de llegar a su destino.

Y claro, en este sentido, es una película moral, como comprobamos en un plano panorámico en los tribunales, ya al final de la historia, cuando los malos, en efecto, y sobre todo el Gran malo sin rostro, da con los huesos en la cárcel: en este plano vamos viendo las caras esperanzadas y decididas de familiares y amantes de algunos de los asesinados. Y esos rostros revelan: que paguen los culpables, pero sobre todo: queremos un mundo más justo, donde estos ricachones villanos no tengan cabida, donde los gangsters no campen a sus anchas siendo la ciudad su territorio.

Y por eso, me apetece opinar que Joseph H. Lewis quiere ese mundo más justo, ese al que aspira al final esta película rotunda, que me recuerda un tanto al Force of Evil de Polonski y estos otros izquierdistas norteamericanos desfavorecidos en la horrible época del McCarthismo, con los que comulgo (más que con otros izquierdistas europeos, por cierto, más atentos a figurar que a crear, a cohibir con lemas que a buscar su propio mundo: apostemos por lo que nos gusta y, sólo así, irremediablemente, mostraremos con lo que se está en desacuerdo).

Un mundo más justo al que se aspira, he dicho: ese mundo que obviamente no es el de la realidad, pues los cotarros tienden a ser dirigidos por bestias sin escrúpulos pero hábilmente sutiles que se encargan de mantener callado a todo el mundo, que la gente humilde les tenga miedo (y desprecio, en silencio). Esta película permite atisbar esa miseria de gentes cuya única ambición, hasta que pierden el miedo, es poder llegar al día siguiente, tener un poco de dinero para ir tirando, mantenerse unidos dentro de lo posible.

Me ha encantado esta obra maestra (si no, anda cerca) contundente y nada fría. No tan atmosférica como otras películas de este género (con Bogart, por ejemplo): sin diálogos demasiado fantasiosos o enérgicos entre los protagonistas (Glenn Ford no se ve tentado por una belleza rubia peligrosa), sin demasiados disparos ni golpes, sin abundancia de secuencias en salas de fiesta controladas por las mafias. Una película que, como he dicho, siendo negra, es algo más que eso: es más ligera, más vibrante, más cercana a “lo social” y lo humano, a la gente que vive y llora porque sus hijos o maridos se meten en líos, porque los reclutan de manera infame y, al verse desesperados, dicen que sí a lo que sea.

Un film que desafía las ideologías para poner en duda el “system” que sustenta muchas de las percepciones habituales. Bien sabemos al final que pese a que la justicia triunfe, o eso parece, saldrá pronto otro “big fellow” de las alcantarillas del poder y volverá de nuevo el temor, el aislamiento, e imperará la corrupción. Esta película propone la validez de la acción individual contra los conglomerados que amparan la injusticia y el delito. Pues este héroe, Glenn Ford, sólo es uno más, y sigue siendo anónimo al final de la historia, cuando un policía de seguridad le pide que se aparte del tumulto ocasionado por el procesamiento del gran jefe, y le dice que se aparte, pues “nada tiene que ver contigo”. Esa sería la postura siempre fácil: que las cosas no tienen que ver con nosotros, “no me meto en política y me irá bien”, “mejor callar y así nos dejarán en paz” y tantas y tantas coletillas que todos conocemos muy bien (y no hay que irse lejos). Lo difícil es ser valiente y honrado, como Glenn Ford. Como Joseph H. Lewis que, con primor, sin redundancias y como un disparo, realiza esta película bordada con la esperanza del “realista” y el creyente en la acción ética individual (individual: consciente de la individualidad de todos). Esta obra magnífica llamada The Undercover Man: ¿el “hombre secreto”? ¿Se refería Lewis a Lewis?