HUSTON John (1906-1987)

We Were Strangers (Éramos desconocidos) (1949: 7.5)

“Kazan-blanca” (1-1-2002)

 John Huston era el hombre imprevisible que, como Ernest Hemingway, aspiraba a una totalidad como hombre y como artista. Por eso, tocó temas diversos y buscó localizaciones en lugares lejanos y arriesgados, por eso lo mismo realizó género negro, filmes de aventuras y adaptaciones literarias. Y se podrá discutir si hay patrones recurrentes en Huston, tarea que no me atrevo a llevar a cabo, ya que no he visto a día de hoy, que recuerde con claridad, de las “antiguas” más que El halcón Maltés,Cayo Largo y La reina de África, y de los setenta adelante Fat City y El honor de los Prizzi; y sé que vi hace ya más de diez o doce años Moby Dick, La Biblia y Annie, obras de las que no opinaré (si bien esta última, en la rigidez de mi recuerdo, se presenta como impropia para alguien capaz de dirigir como podía hacerlo John Huston).

Esas tres obras primordiales de los 40-50 que he visto antes de We Were Strangers me parecen, las tres, extraordinarias: El halcón Maltés es el “film noir” en su más negra esencia y nos enseña el material del que están hechos los sueños; Cayo Largo aún me parece mejor, y su clima de intriga cortante, crueldad soterrada y atmósfera turbadora y acuciante (ah, y también está, como en la adaptación de Hammett, un gigantesco Bogart) es de lo mejor que uno recuerda en el cine; y por último, claro, La reina de África, una de mis diez o quince películas favoritas de siempre, con el mejor Bogart de la historia, con una Katherine Hepburn emocionante y un viaje en balsa por un río repleto de aventuras, amor y humor: The African Queen es una de mis joyas (otra es Fat City, desde luego, otra de mis quince o veinte favoritas).

Were Were Strangers es de 1949, un año después de Key Largo, pero más que con el género negro o con alguna de estas tres fantásticas películas, tiene que ver con el aroma de épica, revolución y pérdida de Michel Curtiz o incluso de Elia Kazan. Más con el Curtiz de Casablanca que con el Curtiz de Pasaje para Marsella, por suerte; más con el Kazan de Viva Zapata que con el de La ley del silencio, por desgracia. En este juego equilibrismos, la encuentro más próxima a ser una obra grandiosa que un error o sólo una obra aceptable.

We Were Strangers está protagonizada por la muy besable Jennifer Jones y por el impertérrito John Garfield. Garfield hace de Bogart, o de Paul Henreid: como Bogart, termina perdiendo, pero como Paul Henreid es un idealista que quiere cambiar el mundo; como Bogart, tiene el amor de una bella chica y al final la abandona (Bogart, porque la hace irse, Garfield, porque es asesinado por la causa). En fin, creo que más bien como Bogart en Casablanca, que comparando nos sale como el mayor perdedor: sin chica, sin causa, con la simple dignidad del que no arriesga por un gran ideal. El perdedor que gana admiradores fuera de la pantalla, el perdedor que no querríamos ser nadie, o sólo los muy “cool”.

Éramos desconocidos es una vibrante historia de revolución, amor y muerte en la Cuba entre 1925 y 1933, época en que el dictador Camacho (¿o era Machado?) amedrentaba a la población, prohibía el derecho a reunirse y otorgaba sus favores a poderosos potentados con carta blanca para amenazar, torturar y conmemorar disparates. En 1933 la revolución popular triunfa y el tirano es derrocado, pero por el camino quedan las vidas de muchos que han colaborado, dando todo lo que tenían porque su sueño, su causa justa tuviera buen fin. Es curioso que esta película, de 1949, parece adelantarse en varios años a la revolución de Fidel Castro. Viendo el estado de cosas en la historia que se relata en el film de Huston, uno no deja de pensar que la Cuba desde los sesenta para acá no debe diferir en mucho a la de Camacho. Lo que ya sería más difícil de concebir es que en el propio país se incube ahora, ¡ahora! una revolución anti-Castro, o contra-revolución, pues una dictadura que ya dura (los españoles, aún los que no lo vivimos, sabemos de esto) cuarenta años difícilmente permitirá entre los suyos equidistancias o peor aún “lucha contra el sistema” para derribarlo. Además, el contexto internacional, con los ricos en Miami (a pesar de los muchos pobres muriendo en el intento, en sus balsas) y el apoyo a la disidencia de los odiados EEUU (a veces con motivo, a veces sin él), no ayuda a que la actual y evidente dictadura cubana y castrista cale, aún entre muchos “progres” de Europa, como lo que es: una galopante dictadura que secuestra los derechos de sus ciudadanos para que, precisamente, no sean ciudadanos sino comparsas de los sermones del tirano y Masa ciega pero alegre, bailadora y vivaracha que cura sus penas en el son y el ron.

We Were Srangers evita, aunque no del todo, la inmensa tentación de convertirse en panfleto pro-revolucionario, aunque bien está que Huston se alinee en el equipo pro-libertades y contra-tiranías: de cualquier signo que éstas sean y con cualquier discurso acaparador, dogmático, masificador que las engarce. Lo peor de esta película, y que redunda en estas buenas intenciones (pero éstas no salvan ciertos rasgos para mí bobos y excesivos) es su tendencia a la teatralidad y hasta a la caricatura en las interpretaciones (el que mejor está, sin pretenderlo, es John Garfield, gracias a su estatismo, bien está Jennifer Jones aunque excesivamente “amaestrada” y enfática en ciertas miradas o más aún en su intento “por no mirar”: que, justo, la hace más sospechosa); los diálogos en ocasiones altamente improbables y explicativos de la trama y de la causa (demasiados, fruto del literario guión, en su buen y también mal sentido, de Peter Viertel); los varios fallos de continuidad que restan coherencia a la historia (cómo, tras el tiroteo terrible y final emprendido por Garfield contra los policías del gobierno y justo antes de que triunfe la revolución, aparecen allí, ¿dónde habían estado durante la lucha?, los otros miembros de la banda, uno incluso comienza a tocar la guitarra); cierto esquematismo y redundancia en las secuencias (la cara de Garfield se extraña en demasía para que todos nos demos cuenta de que cuando Jennifer Jones le habla de los funerales en el cementerio a él se le está ocurriendo una brillante idea; los rostros “dicen” demasiado, y es para que el espectador se percate de lo que ocurre, como cuando ella ve tras el asesinato de su hermano al asesino por segunda vez, etc.). Parte de “lo excesivo” en esta película, quizá achacable, por otro lado, al productor David O. Selznick (un productor suele querer “claridad” de miras y dinero), se encuentra en la interpretación de Pedro Armendáriz como el sicario Armando Ariete, muy tópico aunque convincente bestia humana, y tan habitual, por desgracia, en países desgraciados y pobres, y menos habitual pero no menos existente en otros países “civilizados”, no miro lejos.

En cualquier caso, tiene el aroma del cine de los cuarenta, oscuro, repleto de derrotismo individual y de triunfalismo de los buenos ideales; con gran pragmatismo en el montaje y puesta en escena, para que la audiencia no se pierda y se integre en una historia ciertamente interesante y triste, porque un héroe y un amor tienen que morir para que una revolución y una nueva vida surjan.

La película está salpicada de momentos felices: me gustan especialmente los “números” musicales, y la canción a guitarra que entona el éxito último de la Libertad es bonita; disfruto con la construcción del túnel que los dirigiría a la tumba de Contreras, en escenas en las que uno parece estar sumergido en un film carcelario digno de los más grandes: La fuga de Alcatraz de Siegel, La evasión de Becker, Cadena Perpetua de Darabont. Son esos los momentos más, cómo decirlo, relajados de la película, cuando la tensión se está fabricando, cuando sabemos que cualquier fallo llevará al grupo activista (más bien anti-dictatorial: hoy, la palabra activista está manchada de sangre no sólo inocente sino de verdaderos y perdedores activistas anti-dictatoriales) al desastre, a la fuga imprevista, a la derrota.

En resumen, un buen inicio de un año capicúa, un año en el que comienza el ruidoso Euro su andadura en los cajeros, las tiendas y las transacciones (pero los que antes tenían muchos duros, ahora seguirán teniendo casi tantos euros: sin novedad en el frente), un año en el que habrá que ver si las cosas se van tranquilizando a nivel internacional, si se frena un tanto el control absoluto del poder financiero de las multinacionales, si los hombres justos (y mujeres, conste) van tomando los lugares de responsabilidad de los incapaces, los intolerantes, las sabandijas y los brutos: y hablo de responsabilidad desde los más altos cargos hasta el dueño de la carnicería de la esquina.

En resumen, sí: una película hustoniana en su música, su romanticismo (quizá aquí no tan conseguido como en las mejores), en su querer estar donde está la noticia o la cuestión relevante. Un Huston aún no lo suficientemente Huston, más rígido y petulante, aunque con un talento enorme para dirigir. Así que hoy, pese a encontrarme enfermito, me iré a la cama cinematográficamente tranquilo y con la sensación de haber escrito una nueva carta en otra botella que, más que al mar, que aquí no hay, se lanzará a la soledad de mi diskette, y quién sabe, quizá algún día conozca la miel de los lectores, y entonces diremos no tanto We Were Strangers como Éramos desconocidos, matices de reconocimiento.