WILDER Billy (1906-2002)

The Private Life of Sherlock Holmes (La vida privada de Sherlock Holmes) (1970: 9.5)

“Clásico tardío, el mejor Wilder” (2-1-2002)

 Me gusta más este Sherlock Holmes que Perdición, Días sin huella (una de mis favoritas; de las menos citadas) La tentación vive arriba, Con faldas y a lo loco, Irma la dulce y Primera plana. Sólo El apartamento, de lo que he visto, o recuerdo haber visto de Billy Wilder, resiste una comparación con esta fascinante obra de la última época de Billy Wilder (Wilder, año 2002, sigue vivo, aunque por desgracia no realiza películas desde hace veinte años; Fernando Trueba lo consagró como su Dios del cine o de la vida; hoy su reputación es muy alta y se le considera el cineasta “antiguo” más moderno: y muchas de sus películas se pasan, de vez en cuando, por televisión; bien, aunque se le sobrevalora si lo colocamos en ciertas balanzas).

He dicho fascinante: ¿cómo se analiza la fascinación? Pues es el efecto que La vida privada de Sherlock Holmes produce en este espectador: no miren a otro lado, soy yo. La fascinación del misterio, la intriga, la sensación de ser conducidos por un mar revuelto que puede desembocar en un maremoto o permanecer hasta el final dócil. La intriga no tanto de que se trate de un caso del famoso detective, sino por la elegancia imponente (pues impone, piensen que se hizo en 1970, año en el que el cine desbarraba y confundía la velocidad con el tocino: mucho tocino), el toque Wilder (entre Lubitsch, Hawks, Woody Allen y un poquito, sólo un poquito, de Mel Brooks), la eterna máscara de los personajes, de los que se desconocen más aspectos de los que se sospechan, las caras que miran y se van, la ambigüedad eterna de los detalles (el más terrible y genuino exponente wilderiano), las despedidas, las imposturas, las lágrimas, risas, burlas.

El cínico Billy Wilder (yo sí creo que es un cínico, y prefiero la irresuelta Irma la dulce a, por ejemplo, La tentación vive arriba) es un hombre verdaderamente implicado en esta película, a la que le dedica un mimo, una atención por el encuadre, por el paisaje, por el vestuario y, sobre todo, por la emoción que no recuerdo en otro film. Una emoción sustentada no en grandes gestos sino en detalles: la despedida con la sombrilla de Geneviève Page (la espía en realidad alemana Gabrielle Valladon), Holmes en la ventana tras llegar la carta en la que se comunica que ella ha muerto, Holmes recurriendo a la cocaína, al final, y saliendo por la puerta y de la película (y quizá para siempre) para sumergirse en sus frustraciones: la droga como edulcoración del dolor, como ataque que ansía olvidar o acallar esas frustraciones (mi momento preferido de toda la película y de Wilder).

Wilder no deja de ser el tipo que habla del poco futuro de las relaciones humanas, de la dificultad para entablar algo así como una gran amistad o un gran amor. El cinismo proviene de aquí, de su rasgo desesperanzado que en ocasiones le conduce a la brutalidad con sus propios personajes y en otras al entendimiento: o quizá siempre los comprende, sólo que no puede soportar la verdad desnuda y mejor es camuflarla (siempre mejor camuflarse) con ironía, puñetazos dialécticos, supuesta indiferencia. Pero la realidad es esa.

Al parecer, esta película debió haber sido más larga, compleja y completa, pero hablo de lo que he visto: una maravilla, que seguro que no tiene equilibrio y que, “estructuralmente”, es discutible con facilidad acudiendo al cronómetro, los alicates y la geometría. Pero es que si hemos de “medir” la genialidad, para mí indudable, de las novelas Lolita, El guardián entre el centeno o Corazón tan blanco, está claro que les encontraremos pegas por el lado de la simetría, la estructura, la “narratividad”, el pragmatismo dramático, etc. Bien.

Pero es que no mido así; de hecho, no mido en absoluto. Una obra de arte no se mide de ninguna manera; porque sólo por la presencia y el uso de esa regla rígida se explica que algunos rechacen “en parte” El Quijote “ya que no es una buena novela: está mal organizada, demasiadas salidas de tono y tema”, o El sueño eternoporque vuelve a aparece un tipo que quizá ya había muerto y eso atenta contra la coherencia narrativa. Venga ya.

(Parte de estas cuestiones que ahora se me ocurren vienen dadas por el coloquio grabado post-film del programa Qué grande es el cine: me vi del lado de Eduardo Torres Dulce, y no es la primera vez)

The Private Life of Sherlock Holmes cuelga de una armadura seguramente imperfecta, pero a mí la armadura de ésta y de todas las películas me importa casi un bledo: no es lo primordial. ¿Que la primera escena o episodio es mucho más corto y parece que no viene a cuento con el resto, no se “integra” como debería en el “todo” que es la obra de arte y por tanto arroja dudas y sombras sobre la “unicidad” de la misma? Pues bienvenida seas, imperfección, o desequilibrio, o sombras. Pues si el mérito consiste en encajar piezas y que todas queden al final como un reloj, tic-tac, tic-tac, pues fenomenal: no digo que no admire obras así construidas, de Kubrick, por ejemplo, o de Wyler, o del propio Wilder o Hitchcock o Spielberg. Pero yo prefiero que se note que se trata de un intento de crear y comprender, como toda obra que se precie, facetas de la vida humana, y por eso me deslumbro con este Sherlock Holmes y me resulta casi irrelevante (ni me chirría ni me languidece ni me invita a abandonar la contienda) que Watson sea demasiado patán, que los actores Robert Stephens y Colin Blakely no se “adapten” del todo a los personajes de Conan Doyle, que no aparezcan Moriarty ni Lestrade, que Holmes pose, que algunos puntos de la historia queden oscuros (esto es casi lo que más me entusiasma), o que por esa misma época se estuvieran haciendo películas “más modernas” en otra corriente más sucia y entrometida (jamás comprometida) tipo Cowboy de medianoche (pero también, ojo, Harry el sucio, que a mí me gusta, o El espíritu de la Colmena aquí en Spain: casi nada).

¿Y qué es lo que importa, lo que impera, lo que impone? Qué sé yo. La maestría se muestra en lo que vemos, en cómo unos elementos se unen a otros sin que exista una lógica crucial que los arrastre, en que las páginas o los planos y secuencias funcionen con dinamismo y sapiencia, dejándose llevar o “no dejándose llevar”, pero aún así que el fluir sea rico o majestuoso o desorbitado o desbocado o tranquilo. No sé. Una obra de encaje o ganchillo puede ser muy entretenida y hasta excelente, pero no me podrá gustar tanto, o difícilmente, como esta obra wilderiana magnífica y esbelta, cuyo guión, quizá, tenga numerosos fallos (culpa de Diamond o Wilder o por el montaje y cortes posteriores, qué más da), pero que le dan al conjunto la ambigüedad que tanto me gusta, con episodios no equidistantes ni matemáticos sino irregulares y absorbentes, porque Wilder quiso que fuesen así, y que sólo unas resonancias peculiares o el etéreo espíritu de la obra se mantuvieran como “elemento unificador” en las dos horas: que no sea la historia la que hilvana “la historia” sino el estilo, las apetencias, el talento adquirido en años y ahora más que nunca tejido con gran cuidado y sin complejos.

Siempre me ha interesado Sherlock Holmes y, pese a no ser un holmesiano desmelenado, he leído varias de sus historias. De todas formas, creo que mi primer contacto con este héroe de la deducción y de las brumas fue a través de la serie de dibujos animados que vi incluso en mi primer año de instituto (mi infantilismo, una vez más, al descubierto): la ponían a las ocho de la mañana. la veía mientras me vestía y desayunaba y siempre me perdía el final si quería llegar a la hora. Luego recuerdo con agrado El secreto de la pirámide, la película sobre el joven Holmes que dirigió Barry Levinson en 1985 (buena época para el cine adolescente americano: con Regreso al futuro, Gremlins, Goonies, Cuenta conmigo en su apogeo). Recuerdo al “young Sherlock Holmes”, encarnado por Nicholas Rowe (muy bien, me parece, y de cierto parecido físico con Robert Stephens) y una espeluznante intriga que incluía una conspiración terrible y divertida con tipos encapuchados disparando unos extraños dardos que provocaban alucinaciones y hasta la muerte en aquellos en que se clavaban (un Barry Levinson, por cierto, con nuevo film en cartel, Bandits, cuya trayectoria, por lo que he visto, desde que era guionista con Mel Brooks, es más que cuestionable, pese a la interesante Rain Man oscarizada; películas como el Acoso oportunista de Douglas y Moore o ese eterno y torpe Sleepers me aburrieron más que otra cosa).

Y ahora no escribiré más sobre este moderno y clásico Sherlock Holmes de Wilder: clásico porque nos seguirá divirtiendo y, sí, fascinando, dentro de veinticinco y cincuenta años. Y moderno, pues por lo mismo.

(Embrutecer las caracterizaciones, tomar la cámara al hombro porque sí y porque otros lo hacen, maquinar ambientes sórdidos o ambicionar obras que cambien el mundo no son cheques al portador que permitan pensar que estamos ante grandes obras de cine. No mi cine. Elemental)