ULMER Edgar G. (1904-1972)

Detour (Detour (El desvío)) (1945: 8.5)

“Apuntes del celuloide” (7-1-2002)

 En uno de mis días más insólitos como aficionado al cine, pasan por La 2 una película de un director, Edgar G. Ulmer, del que no he visto ninguna obra; ésta se llama Detour, y mi periódico apunta que es un film curioso de género negro. Y tan curioso. Divertido eufemismo del Diario de León.

He dicho lo de día insólito porque contemplar Detour pocas horas después de sumergirme en Trash ha sido como el cigarro tras el coito (tan del cine), actividades complementarias, pese a su medio siglo, ahí es nada, de distancia temporal (entre las películas, más aún entre coito y coito).

Ambas tienden a la concisión narrativa, las protagoniza algún personaje al borde de un precipicio; ninguna cuenta con grandes estrellas, en las dos la obsesión atenaza al personaje hasta tal punto que no conocemos su entorno más próximo, sólo lo primordial.

Ulmer tenía poco dinero y días para rodar esta película, y seguro que tal desafuero fue providencial para el “espíritu” de Detour: es una película atmosférica, envuelta en brumas, una especie de “road movie” policíaca y casi existencial, con un personaje interpretado por Tom Neal que tiene mala suerte, un destino muy desgraciado: su novia lo abandona, cuando la anda buscando se le muere un hombre, luego recoge a una chica de cuidado que amenaza con acusarle de asesinato, ella finalmente también muere, y él, lejos de ganarse la libertad, se ve obligado a vagar, a huir interminablemente, pues pesan sobre su conciencia y su expediente dos muertes poco claras. Es El extranjero que, sin comerlo ni beberlo, se ve envuelto en todos los desastres posibles. Él no era un asesino, desde luego, pero quién creería a un tipo desaliñado, con cara de perdedor, uno de tantos que pueblan las carreteras de todos los sitios. En este sentido, es una película que adelanta al mejor Hitchcock, el de los tipos mecidos o envilecidos por las circunstancias, rodeados de conspiraciones o juegos que no comprenden. Pero, en Ulmer, no hay gran peripecia ni intriga internacional, sino, más que eso, la tristeza del fracasado nato, del que parece haber nacido para la tristeza y no hay posibilismo intermedio.

La película es una pesadilla, lo cual me vuelve a demostrar que hay algo misterioso y hasta terrorífico en el fenómeno del auto-stop, pues o bien se topa uno, como conductor, con seres que parecen cándidos y luego se desatan como bestias, o bien a uno lo recogen conductores sin escrúpulos, o chantajistas como es el caso en Detour. Y me acuerdo de aquella intrigante serie de hace unos años, El autoestopista (de pequeño, no sabía qué significaba “autoestopista”: tenía un sonido terrorífico, como “autopsia” o “existencialista”) y el Twin Peaks del no menos inquietante David Lynch, que habrá disfrutado con esta obra.

Detour es una película de poco más de una hora de duración, que hace uso de trucos que disimulan su minúsculo presupuesto, su humildad, aunque no su pretensión de ser una obra con cierto arte. La voz en off es del todo poética, desesperada, una voz que intenta luchar contra el destino, pero éste parece cebarse en ciertos individuos, en este individuo. Es una de las obras más oscuras que recuerdo, con una más larga voz en off, protagonista casi total de la obra (es la voz del protagonista, también insólito narrador) y que no se sabe desde qué espacio o tiempo nos llega a nosotros, como espectadores. Y esto porque incluso el final es lo suficientemente ambiguo: bien como imaginación o representación de un futuro posible (la policía apresa al tipo), o bien se trata de la realidad de ese momento.

La película muestra retazos breves de una América miserable a la que la lluvia empapa cuando llueve, la Américadel que sueña con ser alguien en Hollywood o conservar el amor idealizado de jovencito. Una América inhóspita, poblada por seres estrafalarios que te la pueden jugar a la mínima, pues ellos también están jugando para salir de sus respectivos atolladeros.

Un film más de Nicholas Ray o Fritz Lang que de Hawks o Huston, que no es en absoluto convencional, que recurre al expresionismo en planos que se desenfocan, en sombras en la pared, en la niebla espesísima que se cierra, en ciertos movimientos de cámara que mantienen una misma toma cuando se exigía, en condiciones tradicionales, un cambio de plano.

Es la historia de un tipo amargado por su nula suerte, aspecto que no nos coge por sorpresa, pues la voz narradora que nos cuenta el tinglado, que es la suya, habla desde un futuro incierto y por tanto sabe lo que ha ocurrido, lo que le ha ocurrido a él, y en su tono resignado percibimos que la cosa no acaba bien, o lo que es peor, que quizá aún no ha acabado y en el momento de contarnos sus cuitas todavía sigue vagando por las carreteras secundarias americanas, en busca de un lugar solitario donde descansar. Pero no tiene pinta de ser un tipo que pueda llegar a descansar, y en su cara se observa la expresión del hombre marcado sin culpa que parece expiar los pecados de toda la población universal.

Una fascinante, de nuevo, experiencia, contemplar esta obra de Edgar G. Ulmer. Como nota curiosa, apuntaré que el doblaje ha sido alucinante, sin duda esta película no se estrenó en España hasta pasada la Transición (si es que se estrenó), porque es inviable creerse que expresiones como “echar un polvo” pudieran haber sido permitidas en su momento. Hoy, oyendo términos así y otros coloquiales semejantes, y acostumbrados como estamos a los magníficos doblajes “a la antigua” en los que se pronunciaban frases como “hijo de perra” o “perdida” y en que se recurría al eufemismo (a veces estaba ya en el texto original) como regla imperante, resulta sorprendente que personajes de este tipo en una película tan antigua se expresen de manera tan desenvuelta y procaz.

Una obra seca, consistente, enormemente atractiva y muy ahorrada, y uno se pregunta por qué hoy, pese a tipos como Cronenberg o David Mamet o Takeshi Kitano, no habrá más directores o directoras capaces de tener su propia voz esquivando las incomodidades o las restricciones de los presupuestos. Aquí, a la mínima, la gente se queja del poco dinero que tiene, de las subvenciones que no recibe. Y para qué se quieren subvenciones, si luego los productos suelen ser infames o auténticos despropósitos. Mejor hacer una obra desde la ruindad económica pero con una idea grande: hacer lo mejor posible con los actores, guión, técnicos, escenarios, etc. de que se disponga.

Como cuenta Jorge Valdano en su libro Apuntes del balón, mejor es intentar jugar bonito, pese a los limitantes inevitables en forma de jugadores poco diestros, escasos euros, estadio embarrado, etc., y seguir una idea importante de hacer las cosas bien, o incluso a la tremenda. Pues intentando ser, primero, profesionales, y luego, libres, se será más que eso cuando se finalice la obra. Y la realidad de un arte grandioso aunque imperfecto es un pozo que nos llama: tratando de realizar lo imprevisible, atisbar el abismo de la genialidad, ser alguien desde la generosidad y el talento cuidado. No nos refugiemos en los pocos euros que tenemos, en que la hierba estaba alta, en que el rival tenía un gran presupuesto, en el famoso codazo a Luis Enrique. Un poco de ambición sin ambiciones, hombre. Tengamos una idea ulmeriana de la cuestión, venga.