WALSH Raoul (1887-1980)

Desperate Journey (Jornada desesperada) (1942: 9.0)

“Tras la tempestad walshiana... calmita” (12-1-2002)

 Se trata, en efecto, de un viaje desesperado (“desperate journey”) de un grupo de soldados norteamericanos por tierras alemanas en plena Segunda Guerra Mundial. Desesperado, sí, con múltiples encontronazos frente a las fuerzas nazis y terribles obstáculos en su camino, además de soportar numerosas bajas: al final volverán a Inglaterra sólo tres de los integrantes del convoy originario y uno de ellos está malherido. Pero tras decir esto, hay que añadir algo más, necesariamente: es una película no de Curtiz ni de Huston ni de Wyler. Es de Raoul Walsh; por lo tanto, es una obra desesperada, sí, pero “menos”.

El patriotismo fácil en que podría incurrir en un film de año bélico como 1942, cuando los EEUU iniciaban su particular contienda en la Segunda Guerra Mundial, no es que sea evitado (debía de ser inevitable, en aquel momento, y a mí no me molesta), pero en las manos de Walsh se convierte más en una cuestión de entretenimiento personal que de seguridad nacional.

Estos tipos, comandados por un Errol Flynn embebido de aventuras y heroísmo, y entre los que se encuentra un joven Ronald Reagan menos divertido que cuarenta años después, son eminentemente (excepto uno de ellos, más pragmático y razonable) aventureros. Esto es lo que tiene ser un gran director, como lo fue sin duda Walsh, que con unos materiales más o menos convencionales construyó una historia en la que el espectador no tiene apenas tiempo para regocijarse en los éxitos de estos aviadores británicos (¿o eran americanos?) o de alegrarse por los fracasos nazis. Porque Walsh no deja que la audiencia se relama de gusto ni se aferre a un bonito y llamativo lema. A Walsh no le interesan demasiado tales eslóganes o greguerías visuales. Lo que quiere es que sus héroes sigan viviendo a su manera, sorteando cientos de peligros, peleando, disfrazándose, ocultándose, enamorándose de improviso y sin tiempo para disfrutar de ese amor, escapando.

No hay poesía a lo Ford, ni breves pero intensos momentos hawksianos, ni la justicia moral de un Anthony Mann, ni suspense muy real a lo Hitchcock. Cuando, en algún momento de Desperate Journey, hay indicios de suspense (nuestros héroes van a armarles alguna buena a los alemanes), Walsh se arrepiente y no se recrea en ese misterio. Lo evita, lo rodea, seguro que le resulta anti-natural y nada espontáneo y, por esta razón, en los filmes de Walsh la explosión se produce casi antes que el encendido de la mecha, las peleas se provocan casi sin tiempo para saber quién golpeó primero; vemos el fuego antes que el humo. Y todo esto, que nos haría inducir que se trata de películas más bien indecisas, demasiado apresuradas, filmadas en arrebatos ilógicos, lo vemos con la mayor claridad, la más apurada funcionalidad y precisión de puesta en escena. Aunque sin manías formalistas persecutorias, no nos confundamos.

Walsh no deja que sepamos qué ocurre entre unas y otras acciones, no nos muestra los instantes intermedios (a lo Tarantino o incluso Scorsese), cuando los hombres son más humanos (y vulgares) y menos héroes. No nos deja vislumbrar al atrevido Errol Flynn sintiendo miedo ni al norteamericano Reagan sollozando despierto. Sólo hay leves retazos de sus deseos, cosas simples como imaginar un filete británico o un par de bellas piernas. En un momento de duda, cuando el más pragmático de los soldados cree que es mejor volver a Inglaterra cuanto antes para dar a los altos mandos unos valiosos planos de los nazis de los que se han apropiado, el resto de la comitiva decide que no, que ya que parece que han de morir en suelo alemán mejor hacerlo, claro, con las botas puestas, intentando volar una fábrica de bombas. Y pese a que se podría sospechar que es el patriotismo el motor que los mueve y ciega (a los héroes y a Walsh), el hacer lo que sea por la gran Causa a la que están encomendados, no es eso lo que se desprende de sus pocas palabras y de sus arriesgadas e imprevisibles acciones.

Es que estos tipos son así, disfrutan con la aventura, con la posibilidad de correrse inmensas juergas, pura adrenalina. Por eso, el pequeño discurso del pragmático del grupo, en el que viene a decir que para él esta audaz pero peligrosísima misión no es un entretenimiento (“it’s not fun”), nos decepciona y nos hace concluir, fácilmente, que ese no es un hombre walshiano, que sólo está en la película para actuar de contrapunto, para que comprendamos hasta qué punto estos profesionales no son del todo hawksianos (el deber no lo es todo) ni tampoco fordianos (no son obsesivos ni sienten apego por la tradiciones). Son plenamente walshianos porque buscan los nuevos horizontes bélicos, tenebrosos y feroces, porque luego actúan desde el lado más justo (aunque esto no es lo primordial), y a partir de ahí, sabiéndose del lado de los “buenos” (en este caso, no hay duda), lo darán todo, sus vidas si hace falta, por socorrer a tal persona, por volar tal puente, por vivir a tope los años o minutos que les quedan por vivir. Les gusta este deporte “desesperado” que es la supervivencia en situaciones límite para el ser humano.

Hoy, en la televisión, decenas de mofletudos o escuálidos chavalillos cursis y vulgares lloran porque otro de su panda les ha llamado “cabroncete” o porque la chica guapa de labios morados “les ha mirado mal”. Mi abuela de la montaña (pobres, ambas abuelas muertas...), ante espectáculos poco prometedores como éste, y sin buscarle cuatro vueltas de campana, siempre decía: “Ese necesitaba un cachete. Para que llore por algo”. Se entiende cuando viene de alguien que si lloraba era porque, pueden creerlo, “le pasaba algo”.

Los héroes walshianos no lloran ni se quejan ni tampoco esquivan sus compromisos con la realidad. Se evaden sin acudir a cosmos lejanos ni meter la cabeza de avestruz en la tierra. Ellos convierten su realidad terrena y cruel en cosmos y si hace falta ocultarse, se ocultan a descansar lo imprescindible. Todo por pasar un buen rato y, sólo al final, si hay tiempo (no habrá mucho, hay que darse prisa), disfrutarán de su humilde recompensa, los filetes británicos o las bellas piernas de una corista californiana, una camarera de París o, por qué no (y como en Jornada desesperada), de una atractiva y resistente luchadora alemana en pos de la Libertad.

 

(Una nota sobre una pulcra y destacada adaptación televisiva de la obra de Ibsen Casa de muñecas, con Amparo Larrañaga y Juan Diego en papeles estelares. Ignoraba que aún Televisión Española se arriesgaba a producir trabajos así, dignos de la BBC, más que meras traslaciones teatro-televisión, más que una simple muestra de estático teatro filmado. Muy bien los actores, y tremendo ver a un Juan Diego como Doctor Rank sabiéndose muerto en pocas semanas y vestido de mujer en la patética y deslumbrante escena de la fiesta de disfraces. Una obra que se verá en clave feminista o en clave incluso marxista, pero que yo prefiero ver como un apunte sobre la libertad de los individuos, cómo los sacrificios de las vidas pueden tener sentido sólo hasta cierto punto, hasta el umbral en que entra a jugar su parte la disposición del individuo a tener su propia vida, y por ende sus propias vivencias, ganarse su digna muerte)