MANN Delbert (1920-2007)

Marty (Marty) (1955: 8.0)

“La cercanía no sonrojante” (12-1-2002)

 Como ando algo pachucho, entre una incipiente gripe y una época de desánimo post-navideño (en la que también anduve enfermito; y me desmayé incluso), prefiero ver otra película en este sábado antes que hacer ninguna otra actividad. ¿Qué por qué? Pues principalmente porque me voy dando cuenta de que prefiero el cine a cualquier otra actividad: el fútbol, la lectura, la charla, el “cachondeo”, ¿el cultivo de la amistad? ¿El amor a los fantasmas? Cosas.

Marty me ha sorprendido gratamente, no esperaba maravillas de una película “realista” de un tal Delbert Mann, del que nada sabía. Y Marty es una película especial en el contexto cinematográfico de su época, con una televisión en cuarto creciente y aún los grandes cineastas de Hollywood a pleno rendimiento (Hitchcock, Welles, Ford, Ray, Lang, Vidor, etc.).

Es especial porque se aproxima al muy material ideal de asomarse a la ventana de los hogares y ver sin anteojos ni prismáticos las relaciones entre la gente “normal”. No los tipos duros del hampa, ni las rubias de cabaret; no los cuatreros ni cowboys ni mujeres peligrosas o dóciles de los westerns; no los personajes de época revestidos de grandes almidones y parlamentos subidos de tono. Marty es la historia de gente de la calle, gente que tiene problemas no fáciles de resolver, gente que no cree que hablar de dinero sea de mala educación: simplemente, porque eso sólo lo dice la gente que tiene de sobra y que nunca padeció necesidades.

Marty es un pedazo de historia de Marty (Ernest Borgnine). Marty nos habla de nosotros, los que podemos caer en esa cesta de personas normales (con nuestras anormalidades) que se levantan, trabajan y luego deben ordenar su vida y atender a las satisfacciones propias del ser humano. Personas que tienen o tenemos complejos o prejuicios, que dependen aún demasiado de sus amigos, o de sus madres, padres o suegros, o que son muy tímidos y feos o inseguros y no tienen facilidad de palabra, y el amor o meramente el placer les cae lejos (en este film neoyorquino, en la calle 72).

Delbert Mann nos invita, con paso firme, sencillez y claridad, a asistir a las vicisitudes del ligue del ya talludito de 34 añitos Ernest Borgnine (excelente actor) y de la chica pudorosa y acobardada Betsy Blair (maravillosa actriz, aquí trabajó en Calle Mayor). Y entre medias, las dificultades propias a causa de las limitaciones arraigadas a la inexperiencia y, sobre todo, a los conflictos que les originan “los de fuera”: la madre de Marty, el padre de Blair, los amigotes chuletes de Marty. Y encima, con el componente añadido del primo de Marty, cuya madre (hermana de la madre de Marty) ya no es soportada en casa del hijo y esposa e hijito pequeño. Una problemática muy de hoy, el qué hacer con los padres cuando estos parecen que estorban y que más que ayudar son impedimentos para la vida individual y de pareja. Una cuestión de humanidad, de pragmatismo, de chantaje emocional.

Como ha esbozado Antonio Martínez Sarrión en el debate post-film del programa de Garci, esta película entona un himno a la libertad, a la responsabilidad, a la elección de la persona. Es una película que derrota al determinismo, ese que tantos seres avinagrados, o que quieren avinagrar a cuantos les rodean, dotan de un aura de “realismo inevitable” y que es justo lo contrario a la libertad, al riesgo o no riesgo, a la decisión del individuo. Pues hay varios momentos en la vida de cada cual en que hay que decidir por encima de las circunstancias (de los otros, pero no olvidando las propias), pensando en uno mismo más que en los demás, sin atenerse a los comentarios que otros seres que quizá también nos quieren nos susurran en nuestras orejas, tratando de maniatarnos: eso es chantaje emocional (muy de moda hoy) y siempre, pese a que pueda comprenderse o incluso compartirse llegado el caso, es más bien repugnante, firmemente reprobable; repugnante, como decía.

En la película Marty termina llamando de nuevo a la chica y ahí acaba el film, en un final memorable y abierto para que nos imaginemos, si queremos, qué será y será de estos dos, si formarán una pareja, si les irá bien o no. Pero lo bueno es que Marty vence las restricciones de los suyos, los que le rodean, aquellos que se supone que desean lo mejor para él pero que, llegado el momento, prefieren desanimarlo, prefieren que siga como ha sido siempre, prefieren “ponerle los pies en la tierra”. En fin, un trabajo de cínicos redomados, que continúan abundando en España y en el mundo, gentes que pasan por listas o que todo lo han visto o, peor aún, que aunque no lo han visto tampoco lo quieren ver y desprecian a aquel que sí quiere ver e ilusionarse. Gentes que llamarán amargadas precisamente a otras gentes que ellos mismos amargan con sus lamentos, con su picardía nauseabunda, con su pretensión de ser más que nadie, con su presumir de ser realistas.

Una magnífica película, hecha a ras de calle de Nueva York (el momento en que Marty deja a la chica y se queda sólo en medio de la calle, con la alegría reflejada en su rostro, es precioso), una película de guión muy sólido y diálogos ajustados, una película que hace uso de espléndidos y largos planos fijos que recogen a los personajes hablándose, explicando sus vidas, pasado y futuro. Una película de personajes italianos y neoyorquinos, con su propio mundo de madres ya ancianas que viven con sus treintañeros hijos aún no casados, un mundo de misa a las diez los domingos, de conversaciones en la cocina mientras los personajes comen. Un mundo que, pese a la distancia no sé si ideológica o cinematográfica pero en todo caso temporal, me ha recordado a la espléndida Moonstruck o Hechizo de luna del irregular Norman Jewison, ese film en el que Cher y Nicholas Cage se terminan enamorando, una película en verdad divertida y poética, lo mejor de Cher, Cage y Jewison que he tenido ocasión de ver. Un mundo en verdad cercano a situaciones españolas, pues sea por compartir rasgos mediterráneos o latinos, lo cierto es que los vínculos emocionales son indudables, modos de vida, tipo de diálogos, preocupaciones por cuestiones similares, conflictos.

Una película más que interesante, nada lujosa ni espeluznante, pero sí verdadera en cuerpo y alma: la manera simple nada ostentosa de rodar de D. Mann se conjuga fenomenalmente con los personajes, historia y paisaje urbano y costumbrista (no se entienda negativamente) que se nos presenta. Y yo me alegro, personalmente, de que triunfe (aunque no sepamos que ocurrirá en el futuro, claro) ese esfuerzo individual del personaje de Borgnine, de que actúe como cree que debe hacerlo, siguiendo su propio instinto o necesidad o ilusión, y que se deje de aprietos de las personas que lo circundan, a quienes, por qué no, me gustaría llamarles El Sistema o La Sociedad.

Una Sociedad o Sistema que, hoy siglo XXI y más que nunca, nos inunda a través de publicidad y series americanas y de la casa ruinosas, estúpidamente frívolas, canallescas, infumables, y nos vende la moto de la decisión personal, del “lánzate”, de “haz lo que te apetezca”, y al mismo tiempo, en maniobra paralela, nos bombardea con cuerpos delgaditos, con pijos triunfadores, con perdedores de diseño, con “grunges” pasados por agua. Es decir, la moraleja es que “te lances”, sí, pero “haz lo que hay que hacer”, lo guay, lo que está más de moda, más del Paraguay. Porque si no, tú lo has querido, no debes pretender que encima nadie se burle, nadie hable a tu espalda, nadie te vea como inferior o como un “buenazo sin remedio” (como le sucede a Marty). La eterna doble moralidad que, ahora, pasa por simple moralidad inevitable.

Marty, en este sentido, como película de hace cuarenta y siete años, me parece un ejemplo de producto cercano, inmediato, que habla de la sociedad de su momento, de los problemas de cada día, con gentes que vemos en el estanco o la pescadería, no lejano del Secretos y mentiras de Mike Leigh, por ejemplo. Pero no por estos barros se incide en típicos lodos, pues al mismo tiempo no es nada chapucera ni reincidente ni mameluca ni oportunista ni arribista ni carcelaria ni “joven” (el culto a lo supuestamente joven, incluyendo en esta calificación a los individuos solteros y sin compromiso y “perdidos” de 40 años, influencia de series americanas como Friends, está llegando a límites insospechados de idiocia y petulancia: lo peor es que ahora los pocos grandes realizadores suelen trabajar en el cine y evitan los telefilmes y seriales y, por lo que se ve los relatos de la pequeña pantalla, los realizan tipos que lo mismo podrían ser mánagers del Pan’s and Company que socios españoles de Microsoft o profesores de Márketing y Mangancia en alguna universidad).

(Por otro lado, y acercándose los Globos de Oro y los Oscars, parece ser que una de las películas que se presumen favoritas para varios de estos galardones es la intragable, babosa y beoda Moulin Rouge, que, no lo dudo, ganará varios premios y tendrá una influencia penosa sobre el arte cinematográfico. El consuelo es que, llegados a ese punto, más bajo no se podrá caer en sucesivas convocatorias, así que quizá el adagio de que para construir algo primero hay que destruir se cumpla. Que se destruya primero el gran y valiente cine y que luego nazca una nueva luz que nos ilumine (jo, qué cosas me salen). Eso a medio o largo plazo, pienso. Pero a corto plazo, lo digo ya, me temo lo peor: la mierda en bote, pero de marca)