McCAREY Leo (1898-1969)

Going My Way (Siguiendo mi camino) (1944: 10.0)

“La digresión por principio” (1-2-2002)

 Mary Poppins: no creo que una película tenga que ser un todo orgánico, o sujeto semejante, en el que todas y cada una de sus piezas tengan que encajar “necesariamente”, un puzzle sólido e indiscutible del que sólo se admirarán sus elementos, cómo estos se ensamblan, para... formar un todo orgánico, o sujeto semejante, en el que todas y...

En Mary Poppins, simpatiquísima película de uno de los grandes Stevenson, una bruja buena, guapa, generosa y extrañamente altruista llegaba a un hogar puritano en apuros para imponer una cierta lógica basada en los buenos sentimientos, en un orden básico y en una divertida rebeldía inspirada en la imaginación como punto de desequilibrio indispensable. En Going My Way, Bing Crosby (no confundir con Bill Cosby, amiguitos) es Julie Andrews, pero no es un brujo bueno sino un cura ocurrente que detesta el énfasis, la pedantería y los malos humos. Al contrario que su homóloga británica, el padre O’Malley no posee poderes extraordinarios (in-humanos) ni saca largos percheros de un bolso de infinita profundidad. El Padre O’Malley sólo pasa por allí, habla con la gente, “negocia”, intenta ponerse en el lugar de cada cual en un ejercicio de respeto impropio de aquellos o de estos tiempos, hace reír, odia la pomposidad, y cree que la religión no tiene por qué ser una actividad aburrida, insípida, solemne. Y se aplica el cuento portando un gorra de béisbol, jugando al golf, gastando bromas, escuchando las razones de cada persona, cantando y haciendo cantar, infundiendo ánimos “de manera indirecta”: sin que los animados se den demasiada cuenta, para que no se rompan las buenas vibraciones.

La caja de música: McCarey se implica en sus estampas cinematográficas sin tibiezas ni ínfulas, pero su compromiso es indudable y se nota desde el principio. El guión no es pieza básica, o no lo parece, y Going My Way es una sucesión de momentos, nunca explotados hasta al final, una sucesión de escenitas de mayor o menor relevancia argumental: a McCarey el argumento le importa poco (aunque no lo desprecia). McCarey es el árbitro de las disputas entre circunstancias adversas, convenciones demasiado ortodoxas, motivos encontrados. Aquí se reencarna en Bing Crosby, que es O’Malley, juez de paz al que le gusta jugar y cantar, tocar el piano y hablar. McCarey no es el tipo del jazz, ni del rock ni del pop: es el tipo que abre la cajita de música, de leve, suave y emotiva música, que crea su propia atmósfera, que transforma el ambiente heredado convirtiéndolo en un suceso menos tenso, más “en el aire”, menos circunstancialmente molesto, aguerrido o desesperado.

“Me parece que es mejor dejarlo aquí”: es lo que viene a decir el padre O’Malley tras cantar su hermosa canción Going My Way, y parece clave en esta película sin mensajes, ni monsergas ni distracciones (todo es distracción). El padre O’Malley prefiere no continuar cantando, o no seguir al piano tras la emoción de su canto, en el que se ha implicado, pues Crosby no canta de cualquier manera como quien fríe un filete o jura en arameo, sino como aquel que vive lo que canta, sin tomárselo tampoco “tan” a pecho. Éste es el equilibrio mcCareyano: esperar un segundo, darse un respiro, pararse “a tiempo”, no robar todos los instantes de un momento que, estirado o concienzudamente sopesado y medido y alargado, perdería su tersura, su alegría, su leve tristeza, su cruel verdad no explicitada. En McCarey, las cosas no se elevan a su máxima potencia, pero “se elevan” en todo caso: algo hay en el encuadre fino siempre apuntando a la serenidad y expresión de las personas, algo hay en el ligero, cuidado y nada acomplejado discurrir de imágenes (qué montaje tan poco montaje), en los cortes imperceptibles tras un breve instante, tras una canción, tras una mirada, tras un chiste. McCarey pensaba que era mejor dejarlo ahí, justo en ese momento, cuando todo o nada podría aún suceder pero cuando ya se adivina que entre el todo y la nada está el mundo, y ahí es donde buceamos las personas, intentando no hundirnos, no hundir (en general). McCarey ofrece un asidero temporal para que cada uno aprenda a seguir su camino, a la caza del individualismo más radical: aquel que teme por la integridad (la felicidad, el mimo) de los demás individuos, y que los ve como tales y los respeta profundamente y los invita a hacerse respetar. Y es que esta película de McCarey es un discurrir de sutiles maravillas no encapsuladas ni enlatadas (como las risas de los programas seudo-USA que aquí se trasplantan) sino ambiguas (tristes, alegres), que revelan un grado inconfundible de optimismo trenzado sobre certezas pesimistas.

Going My Way puede ser un western sin pistolas ni “Oeste” pero con el extranjero que llega al poblado y que al final lo abandona, el tipo que hace que las pequeñas historias de unos personajes merezcan ser contadas porque él ha estado allí para aportar su granito de arena, el tipo por el que merece la pena realizar esta película (no es realismo, por tanto). Un film con rostros que “hablan”, con ojos que miran, con las emociones vivas de las personas (con sus limitaciones, impaciencias, pequeñeces), emociones “no” a flor de piel sino simplemente en flor: ahí está la cámara de McCarey para captar esos momentos felices, repletos de matices y de un abrazo eterno que, en cine, sólo dura dos segundos.

Y Mary Poppins se va, sin efectos especiales ni escoba ni abrillantador en colores chillones (y esbeltos). Se va entre brumas y tonos grises, caminando, huyendo del encuadre, por timidez y por desacato a la autoridad del Autor: McCarey. Leo McCarey, el menos autoritario de los autores, deja que sus personajes sean personas y se expresen, permite que se vayan, sin forzar ni un segundo sus decisiones, sus humildes y privados gozos... Y mejor dejarlo aquí. Oigo la caja de música. Escuchemos.