LEAN David (1908-1991)

Lawrence of Arabia (Lawrence de Arabia) (1962: 8.0)

“Show anti-determinista” (9-2-2002)

 La épica y los grandes gestos tienen de bueno que te acercan a los magníficos hombres y mujeres que en el mundo han sido y te hacen palidecer, primero, asombrarte, después, y finalmente admirar a tales personajes y pensar que, por qué no, siendo ellos hombres, al igual que tú, todos podemos sacrificarnos, hacer viajes imposibles, pasar días sin probar bocado, luchar cuerpo a cuerpo con el enemigo en campañas salvajes e inaguantables para la mayoría silenciosa, todos podemos ser como ellos, o al menos intentarlo.

Y Lawrence de Arabia, producción de Sam Spiegel, dirección de David Lean, música de Maurice Jarre y rostros principales de Peter O’Toole, Omar Sharif, Alec Guinness y Anthony Quinn es una obra imprescindible dentro del género épico y dentro de la corriente respetable de espectáculos cinematográficos que no engañan ni falsean lo que de real vemos en pantalla.

Es una película, para mí, casi inmejorable dentro del subgénero que podría denominar “obras sin personalidad”. Esto suena a crítica negativa, es evidente, y algo de eso ahí en el envite, pues Lawrence Arabia, como Doctor Zhivago (también de Lean) y otras obras, me atrevo a añadir, como Lo que el viento se llevó (de Victor Fleming y otros) o, no sé, el Mozart de Milos Forman (y otros) son producciones cinematográficas más que películas, y el sello que las marca viene dado más por el guión inteligente, los abundantes guiños a los espectadores, la factura sólida de calidad indudable, las estrellas, los paisajes insuperables, el mucho dinero invertido, asuntos nada desdeñables pero que, creo, no las convierten en grandes obra del séptimo arte. Así lo siento. Ah, y es mi opinión.

Es la historia de Lawrence, un oficial británico heterodoxo del que no llegamos a saber del todo cuáles son sus intereses, ambiciones, su verdadera esencia como persona. Parece un hombre obsesivo, un señor que va por libre siguiendo su camino: su instinto de justicia, o sus ganas de auto-realizarse. Para ello está dispuesto a luchar, a perseguir y a ser perseguido, está dispuesto a convertirse en héroe a costa de sufrimientos propios y ajenos. Y Lean nos lo coloca en el brillante e interminable desierto, en planos bellísimos con camellos y sol agobiante, en planos tan amplios que los camellos y personas que habitan o pasan por ese desierto no son más que peces que dan saltos en un océano. Lean se recrea en las secuencias del desierto y quizá ahí esté lo mejor del film, además de conferirle un tono casi abstracto en ocasiones, mediante planos inmóviles o en suaves panorámicas, que tienen mucho de cuadros o fotografías de hermosura inigualable y también mucho, y es legítimo, de estampas de entretenimiento para el espectador, para mí.

La película, pese a Lean o gracias a Lean (y Spiegel), no tiene punto de vista, lo cual seguramente la hace más accesible y dinámica y ortodoxa (dentro de cierta rareza ya apuntada, en especial en la primera hora y media, hacia su parte central, en la que la abstracción de la arena, la sed, los rostros castigados, el silencio, los turbantes, los camellos parecen más símbolos de la debilidad y la grandeza humana que partes integrantes de la peripecia) para la mayoría, pero menos valiosa y más larga (dura demasiado, tres horas y media) para otras personas, entre las que oso alinearme, alienarme. Porque la película no me agarra del todo, quizá porque tiene mucho de exhibicionismo preciosista, del que, ojo, no quiero objetar demasiado, y ya me gustaría encontrarme en la cartelera de mi ciudad con películas de grandes aventuras y grandes palabras y gestos como es este Lawrence de Arabia, pero hoy la parodia chusca, el descreimiento literario (la impostora El paciente inglés) y el ansia de linchamiento tecnológico no hacen posible productos tan intachables y al mismo tiempo bellos y auténticos como el film de David Lean. A mí, en efecto, no me agarró del todo la película, ya que Lean bastante tiene con organizar el inmenso tinglado de extras en tan grandiosos exteriores, bastante tiene con dirigir tan excelsa producción hasta en sus mínimos detalles y, claro, es normal y comprensible que se olvide un tanto de que la película, al fin y al cabo, podría ser suya, aún más suya de lo que es, simplemente tomándosela como algo personal y, por qué no, intransferible.

Una película que contiene varias escenas para el asombro, una película sobre un personaje ambiguo, que no sabemos si está más loco o es que es un idealista nato, pero se sospecha que quizá es más un ser netamente obsesivo y ansioso, ansioso con lo que decide hacer en cada momento, de esas grandes personalidades que una vez que se encomiendan o les encomiendan una ingrata labor no cejan en su esfuerzo por conquistar lo inconquistable, alcanzando la heroicidad y la fama, pero sintiéndose siempre enigmáticamente tristes y ausentes, faltándoles un “algo” indescriptible (que podría tener que ver con la visión del horror y el conocimiento del placer sencillo, y entre ambos extremos existentes es difícil recolocarse; saber implica sufrir).

Me quedo con toda la parte, aún bastante inicial, de la búsqueda del aún no famoso Lawrence de uno de sus compañeros (criados, compinches), que había quedado atrás en la arena, y él, contra la cordura pero con un sentido genial e indiscutible de justicia y dignidad, arriesga su propia salud y vida por rescatarlo de entre la limpia e infinita arena del desierto. Al volver cargando con su amigo sobre el camello, con la rabia interior aflorando y un gesto de orgullo (¿decencia?) en su rostro, le espeta a Ali (Shariff) unas palabras que son santo y seña de lo que debe ser la libertad, incluso en tiempos oscuros: “Nada está escrito”. Es, por tanto, una película anti-determinista, de cómo un individuo puede conseguir lo que se proponga, o algo parecido, a riesgo de volverse loco o caer en un estado de histeria o de contagio incurable, qué sé yo: pero que al menos se equivoca siguiendo el curso de sus anhelos, sus virtudes o vicios. Y debo concluir: ya que nada está escrito y que cualquier hechizo podrá ocurrir dentro del próximo minuto, trataré de escribir lo que esté en mi mano, de manera que, contradicción de contradicciones, “algo” sí estará escrito, sólo que algo referido al tiempo pasado, pues nada, repito, nada sabemos del futuro, las cosas no ocurren porque estuviesen escritas, esto lleva a un conservadurismo atroz, un conformarse y resignarse de manera escandalosa. Nada está escrito, pero escribamos. El cine sí tiene quien le escriba.