GUÉDIGUIAN Robert (1953-_)

La ville est tranquille (La ciudad está tranquila) (2000: 9.0)

“La ciudad NO está tranquila” (11-2-2002)

 Según el cineasta francés Robert Guédiguian, una de cuyas últimas películas recupero en la particular filmoteca de El Albéitar, aquí en León, no es lo mismo observar una ciudad desde las altas terrazas o los pisos burgueses que hacerlo a ras de suelo, donde ya no se observa sino que se vive. Las panorámicas que nos regala Guédiguian, en especial la de 360 grados con la que da inicio a esta más que estupenda película, sirven, en mi opinión, para no menos de tres misiones audaces: 1) nos presenta el director la ciudad, Marsella, habitada por algunas personas (no personajes) a las que llegaremos a conocer, poco más o menos, durante la historia; 2) nos presenta la ciudad de Marsella, sí, en plano general y en su totalidad, y de inmediato sentimos curiosidad sobre quién vivirá ahí que haya merecido la atención del director: sirve para ir de lo más abstracto (aunque ya específico) a lo más concreto, las peripecias de cada cual: la ciudad es el cosmos que alberga y que guarda y por tanto oculta a las personas que Guédiguian nos querrá desvelar, entrando en sus casas, en sus mundos y lamentos; 3) la larga y lenta panorámica es de inmediato reconocible como ideología del film, pues será una obra en la que podremos mirar causas y efectos, sin trucos ni despechos brutos, sin cómic, sin gran burla y sin impactos súbitos (aunque si habrá impactos).

Y vamos a lo concreto: Guédiguian sigue a unas personas, más bien en su madurez, que son desgraciadas, o están perdidas, y se ven amenazadas, sin saberlo ellas en ocasiones, por los quistes de la opulencia occidental que tantas miserias oculta (sí, pero Guédiguian nos las muestra: es todo menos hipócrita). La serpiente del fascismo se huele entre los jóvenes y entre los menos jóvenes, como consecuencia de la desconfianza hacia los políticos, hacia la sociedad de la abundancia y hacia la sociedad de la desesperanza. Una joven chica tiene que prostituirse para ganar dinero con que financiar la heroína que le conduce a la muerte; su madre llega también a prostituirse, fiera luchadora que trabaja por las noches entre pescados malolientes y que tiene que cuidar a la hija de su hija. Así son las personas, todas ellas con problemas serios (no todos los problemas son serios: falacia relativista y aristocrática), algunos derivados de la infelicidad del matrimonio, que no ha colmado de satisfacción a las mujeres (es una película de mujeres), éstas mucho más valientes, serenas e inteligentes que sus bien abotargados o desesperados o evasivos maridos. El matón o terrorista, que al final sabemos que fue el primer (y gran) amor de la protagonista Michèle, es epítome del triunfo de las sombras sobre la luz, de la más pura crueldad humana sobre los ideales de juventud (surgidos en los sesenta y en aquel mayo de París), es más que un síntoma de dónde han quedado o se han perdido por el camino los programas de izquierda, destruidos por la ambición, el poder, el aburguesamiento de sus protagonistas, la picaresca, el empecinamiento, el cinismo.

La película no da tregua, ofrece pocas salidas (pero las hay, las hay), es de un “realismo” inusual convertido en bello testamento (casi parece un testamento, creo) que los herederos debemos recoger si queremos continuar esta línea cinematográfica, que es netamente artística y social y vital. No estoy “matando” a Guédiguian, en absoluto, pero sí encuentro que esta película es una llamada al ánimo y un gran interrogante sobre el “qué nos ha pasado” para haber llegado a donde estamos. Por otro lado, habrá que ver qué hace o ha hecho Guédiguian tras y antes de La ciudad está tranquila, hacia qué territorios contestatarios o más líricos o humorísticos le han llevado sus anhelos o su intuición o estudio.

En todo caso, el chico georgiano que aspiraba a obtener su piano magnífico finalmente lo consigue, y el film concluye con un pequeño concierto del niño para una concurrencia formada por sus vecinos: la belleza se eleva, tras (y en medio de) tantas desgracias difícilmente batibles, y es momento de escuchar la hermosura de melodías clásicas, que parecen un oasis y un punto y aparte en la sordidez, en ocasiones, en la hipocresía, en el “todo vale” para luchar contra las circunstancias. Pues de eso se trata, de convivir, es el “tema” de Guédiguian, cómo las personas se ven obligadas, y no queda más remedio, a vivir cerca de otras personas, a colaborar. Pero la vía de escape en esta película, y si descontamos el piano del chico, es más bien complicada. Sería el momento de recurrir a la ciencia ficción, a la evasión pura y dura, al milagro, al ángel que desciende del cielo, pero Guédiguian sólo recurre al piano, que se convierte en fuente de placer exótico en nuestros vecindarios incendiarios que ni siquiera conocemos bien: quién sabe qué le ocurre a nuestra extraña y ojerosa vecina del tercero, o por qué ese anciano anda despistado y solo por el mundo, a dónde va el hombre de la gomina a las cuatro de la mañana.

Pues bien, Guédiguian quiere saber y quiere que sepamos, y por eso de las panorámicas pasa a los nunca bruscos movimientos de cámara para que veamos la casa de nuestra protagonista y las vicisitudes que la asolan, para que veamos la cara oscura de Marsella (y por ende, de Europa) con sus muchas putas en la calle intentando ganarse su cruel sustento, con el brote fascista alentado desde altas esferas y “entendible” en las bajas, con la decepción, casi el nihilismo en que pueden caer individuos otrora respetables; pero Guédiguian sí piensa, o así lo estimo, que hay luz al final del túnel, y la lucha inquebrantable, decentísima y admirable de la extraordinaria actriz Arian Ascaride, seguida con respeto, casi con devoción pero sin velos ni caramelitos, por el director es un manifiesto de decencia y precisamente de anti-nihilismo en los tiempos que corren o vuelan.

Es La ville est tranquille una película útil hoy, no necesaria (qué tontería) pero sí abierta para que debatamos sobre los problemas de ahora (y por qué no), una película que se hace un tanto larga y que adolece de cierta dispersión en tres cuartos de cancha (por ponerlo en jerga del fútbol), una película realista en el sentido británico de la palabra, pero recubierta de un halo menos ingrato y más de confrontación de ideas eminentemente francesas. Una película de un director con más recursos de los que aparenta si sólo nos fijamos en los “temas” o las intenciones, pero que se mueve como pez en el agua entre las calles de Marsella, en los taxis y en las motos, en las casas y terrazas, y que tiene un pundonor colosal para alcanzar el momento poético en la salvaje compañía del dolor, de la lucha, del desencanto y de la manipulación.

No quiero pensar, pero se me ocurre hacerlo, en La ciudad está tranquila como una película impensable en España, pero lo cierto es que es impensable. Demasiado valiente, demasiado frontal y demasiado “bien hecha” para que aquí no cayera en humores gástricos, en almodovariana de última hora (pobre Almodóvar, qué seguidores tan traumáticos y pelmas le han salido), en comedia madrileña o barcelonesa más ridícula que sincera o divertida, en terrores y suspenses vistos mil veces en obritas seudo-norteamericanas demagógicas e insultantes. Viendo a ganadores y vencidos en los últimos Premios Goya, con Los otros (film estimable) como triunfador absoluto y excesivo (su, por mucho que se niegue, factura americana aquí nos deja embobados hasta límites insospechados; no le niego talento a Amenábar, que conste, pero si Los otros es mejor película que En construcción, según los académicos, será preferible cambiar de académicos o convertirnos definitivamente en sucursal de los Oscars), uno piensa que por qué no hay películas como La ciudad está tranquila en este país acuciado por "operaciones triunfos", fútbol inhóspito y americanización más que escandalosa. Quizá porque Guédiguian, autor, no es español (y cada autor es único); aquí hemos tenido la excepción de Solas, en un estilo sosegado y excelente de Benito Zambrano, la sobrevalorada pero válida Barrio, la sutil aunque algo torpe El Bola, las no del todo vistas obras de Iciar Bollaín... Poco más. Y otros intentos sociales de los últimos años se quedan en imitaciones más cutres y tontorronas, rehuyendo la complejidad como si fuera la lepra, de los inefables “maestros” británicos del realismo sucio y sarcástico. Mejor la suave ironía de Guédiguian, mejor su realismo no excluyente con leves y graciosos toques de psicodelia de los 60-70 (en toda la secuencia del coche en el que huye el asesino a sueldo, con la música de Janis Joplin, con el final no del todo inesperado pero impactante del asesino, alentado por un enternecedor flash-back cargado de idealismo y de mirada en el suelo y de ideología, que me encanta), mejor, pienso yo.

Guédiguian y sus excelentes actores y amigos se debaten (pero qué bien que exista debate) entre el optimismo y el pesimismo, entre el voluntarismo y la castración, entre la lucha y la sumisión, entre la picaresca y la infinita decencia del hombre, si es humano. ¿Y por qué no lo es, por qué? Aquí está el meollo, gracias.