LAUGHTON Charles (1899-1962)

The Night of the Hunter (La noche del cazador) (1955: 9.0)

“PRODIGIO con pegas” (13-2-2002)

 Justificaré como pueda, y no olvido las dificultades de tal afrenta, pues no es tarea elemental, mi entusiasmo no incondicional por The Night of the Hunter, de Charles Laughton. Un prodigio extraordinario, digo, mas bañado en ciertas pegas que intento poner en palabras (de eso se trata):

A) Los fantásticos hallazgos visuales, en el uso de la cámara en helicóptero, el pasaje por el río en barca con animales en primer plano, las manos y puños del predicador Mitchum con su “love” y “hate”, la navaja fálica, Shelley Winters en el fondo del río, Mitchum recortado a caballo contra el cielo, u observado de espaldas o en escorzo circundan el para mí peligroso cetro de la gratuitad estética, y me explico: nada tengo, en principio, contra lo gratuito en el arte, lo arbitrario hasta cierto punto, etc., pero siempre que, pienso, esa gratuitad obtenga plena aunque imprecisa legitimación en el transcurso (ritmo) de la acción, por pequeña o ínfima que ésta sea. Es decir, se trata de lo más o menos gratuito suavemente encadenado al estribillo (ritmo) de la trama, por esquemática o incluso irrelevante que se pueda considerar. En este sentido y, pese a admirar devotamente tales prodigios visuales, en especial la huida fantasmal en barca, no me siento plenamente identificado con la ensambladura (ritmo) de la dicotomía entre narración (por libre que ésta sea) y descripción (por alucinada o divagatoria que se presente), no produciéndose, en mi minúscula opinión, la fenomenal síntesis que conduciría a La noche del cazador al mayor altar entre los altares del arte cinematográfico. Así, se queda (y no es poco, obviamente), en uno de “tantos” altares sobresalientes.

 

B) La técnica interpretativa y puesta en escena y montaje, con los consabidos elementos expresionistas, de Griffith y, claro, la planificación del cine mudo más avanzado provoca un insólito efecto de extrañamiento y desapego (con lo que ocurre, la tremebunda historia, los ecos del cerril puritanismo) pero, también, de ensañamiento con el espectador. Esto es, lo irónico y onírico del paisaje laughtiano en este su único film se lleva un tanto demasiado al pie de la letra (en obra tan heterodoxa y pulcra en su preparación) en ciertas miradas del niño, planos de Mitchum amenazante o perseguidor, balbuceos de la niña, defensa gestual y de palabra de Lillian Gish, enfoques deliberadamente intertextuales de tradiciones cinematográficas varias y valiosas, poses de cámara que intentan recrear cuadros estrambóticos de morbo y decoro. De manera que, siendo los resultados de los actores, discurrir fílmico y esencia pictórica de la película absolutamente favorables y estéticamente extraordinarios, uno (yo, aquí y ahora) se queda con la impresión entre fría y sardónica de que Laughton ha jugado con fuego con mucha intención y ha tratado de, por encima de todo, no quemarse. Es por ello un film más admirable que entregado, más ideado que sentido, rasgos no negativos (quede claro) pero más tendentes a un original narcisismo (tiene que ver con Kubrick, Hitchcock, Welles, veo menos a Murnau) que a un muy recomendable egoísmo de “artista implicado” de “apunto y disparo”. Laughton apunta y dispara, pero se recrea para mi gusto (o prejuicios, no sé) más de lo apetecible en los posibles objetivos y su disparo no es frontal sino de perfil, buscando más el asombro del espectador que el del propio autor. Algo para mí que, en justicia, puede ser criticado.

 

C) Pareciéndome el reverso de un Meet John Doe de Capra o una lectura destructiva del Going My Way de McCarey, con resultados indudables y méritos más que sobrados como crítica a un disparatado capitalismo, una enérgica apuesta por la libertad y originalidad expresivas, una confrontación entre el bien y el mal pero, sobre todo, una confrontación entre un puritanismo fanático y un puritanismo de cristianismo entendido con decencia e imaginación (lo cual entronca con Capra y McCarey, para mí directores capitales, pese a ser, o quizá gracias por ser, fácilmente atacables), esto sería un reverso (o lectura destructiva) superficial que obvia el meollo de la cuestión. Por decirlo suave, y a aún a riesgo de caer en el bando blando, prefiero Qué bello es vivir a La noche del cazador, y lo comunico a sabiendas de que no tendría por qué comparar obras tan grandiosas (ambas) e indiscutibles. Pero mientras la de Capra se articula en un movimiento de dentro hacia fuera (las personas, la ciudad, la identidad, los miedos), la de Laughton fluye de fuera hacia dentro (hacia Laughton y sus obsesiones muy bien articuladas pero no del todo, siento admitirlo, gozosas). Para mí, son humildes y muy debatibles pegas; para otros, serán lo contrario. O sea, para mí ese meollo mencionado radica en la implicación de autor y obra hasta alcanzar un universo reconocible, bello e inaudito, a lo que habría que añadir, como he hecho, ese punto de recogimiento hacia fuera (que crea las obras maestras) en detrimentos de excelentes muestras de cine, como La noche del cazador, que son creaciones finalmente satisfechas consigo mismas y más ambiguas “a propósito” de lo recomendable.

Son estos los tres inconvenientes que se me ha ocurrido apuntar, sin que sirvan de menosprecio, achaque o aspaviento que sacudan este monumento cinematográfico único y bienhallado que se llama La noche del cazador, de aquel actor de porte esnob, cínico y radical que, ojalá, hubiese dirigido más películas, para placer nuestro, el inimitable Laughton. Que, ante todo, era un ser extremadamente inteligente, escéptico y de vuelta de ángeles salvadores o curitas cantores.