WILDER Billy (1906-2002)

Kiss Me, Stupid (Bésame, tonto) (1964: 8.0)

“Talento tensando cuerdas” (23-2-2002)

 No entusiasmándome todo lo de Billy Wilder, ésta es una comedia repleta de aciertos, de momentos divertidísimos, de mala uva, de diálogos brillantes: y esto es Wilder casi “at his best”. No tanto como en El apartamento y en su Sherlcock Holmes, mis favoritas de este director tan valorado (lo cual no es irrelevante: tiene que ver con los tiempos). Se le valora, pienso, por su cinismo, por su realismo un tanto drástico, porque no es hipócrita, porque muestra realidades existentes, a su manera, basadas en guiones sólidos, con castings normalmente bien elegidos, con “puñales” en respuestas dialogadas muy meditadas por los guionistas y por el propio Wilder. Que no me entusiasme  “tanto” tiene que ver, pienso, con que sus películas, excepto tres o cuatro o en momentos puntuales, no tienen “fondo”: son lo que son, nos reímos, nos desesperamos, aprendemos cosas sobre el egoísmo humano, o la vanidad, o la ambición, o la pereza (en fin, los pecados capitales).

Wilder no es Hawks: Wilder tensa la cuerda, mientras que Hawks tiene más respeto por sus criaturas (pero no dice “menos”); Wilder se ríe de sus personajes, mientras que Hawks se ríe con ellos (diferencia ya tópica de tan usada, pero absolutamente apropiada para el caso que nos ocupa); Wilder bordea la parodia, tiene más que ver con Peter Sellers; Hawks esquiva la sátira, tiene más conexiones con la comedia clásica de los treinta. Wilder quiere pasar por crítico de la sociedad que le tocó vivir, pero se recrea en los momentos crueles con indudable (aunque es discutible) delectación. Hawks no es un crítico, pero las situaciones más o menos divertidas o humanas que enseña nos muestra una sociedad repleta de imperfecciones (es crítico por defecto; y quizá esto sea clave, basta con acercarse a la realidad para, en el “fondo”, estar siendo crítico con esa misma sociedad; no es necesario pretender ser crítico “adrede”).

Kiss Me Stupid es una comedia agridulce bien sazonada de situaciones conocidas por el gran público. Wilder es de los directores que más en mente han tenido a su audiencia potencial. Wilder raramente se deja llevar por una intuición o una rareza o un desvelo. Wilder es un creador de sádicos mecanismos, que cuentan con momentos de inusual belleza (cuando el ambicioso protagonista va cerrando todas las puertas de la casa para intentar olvidarse de su mujer, “echada” de casa por él, tratando de esquivar cualquier objeto que le recuerde a ella, nos damos cuenta de lo que puede ser “también” Wilder si se olvida un tanto de lo que se espera de él). Wilder entiende las debilidades y crueldades de los hombre y chapotea en ellas con amargura y corrosión, con la elegancia heredada de Lubitsch (sin su genialidad, no obstante), y con ese punto “moderno” de mostrar familias en apuros, o infidelidades, o los disgustos producidos por las relaciones. En Wilder la amistad está en segundo plano, el amor también, la poesía tiende a ser inexistente (excepto en sus más grandes obras). A Wilder le interesa el sexo y cómo el sexo convierte a las personas (entre otras, al propio Wilder, supongo) en esclavos de sí mismos, a veces en caricaturas exageradas, en adolescentes de cuarenta y cinco años.

A Wilder le interesa la ambición y el poder: retrata en esta película la casi patética intentona de dos que sueñan con su particular “Operación Triunfo”, ser famosos por encima de todo, tocando canciones más bien ñoñas y haciendo cualquier cosa (cualquier cosa es lícita si lleva al fin ansiado) para conseguir la fama, el dinero, el sexo. A Wilder le gustan los intercambios de pareja, las personas que se rebajan hasta ser ruines, despiadadas o, perdonen que me repita, crueles: y ésta es una de las claves para que Wilder resulta hoy tan “moderno”, en época tan exacerbadamente cínica, inconsistente, que se pertrecha en el humor grotesco. Una época a la que no le va ni la fina ironía ni el férreo humor negro, de tanto abolengo hispano. Es más bien un humor intermedio, a medio camino entre la tarta en el rostro y la serie Friends; un humor sin atisbos de crítica, curiosamente, pero que a veces pasa por crítico. Se es crítico con algo; examinemos qué “algo” es ese algo; porque si es irrelevante, o intrascendente o directamente pueril: ¿para que ser crítico con lo que da igual serlo? Así son hoy tantas series y tantas películas, eminentemente norteamericanas, aunque también británicas y las inevitables imitaciones españolas.  Pero me voy de Wilder.

Wilder hace, no obstante lo dicho (que puede hacer pensar que no me gusta Kiss Me Stupid), una película de gran impacto, donde vemos cómo los lazos que nos unen pueden parecer mucho más delgados de lo que suponíamos si tensamos, justo, la cuerda que los mantiene unidos. Wilder, con su indudable misoginia, realiza una obra en la que las mujeres son mucho más inteligentes, positivas y repletas de sentido común que los tontos, aprovechados, simples u obsesivos hombres. El hombre wilderiano es ridículo por naturaleza y la mujer, o no tiene escrúpulos o es una buena chica: en todo caso, más inteligente, si no más astuta.

Realizada en 1964, cuando el cine se está convulsionando, la película tiene mucho más de clásica que de moderna en el sentido que al término moderno dieron muchos en esos años sesenta (seguramente más importantes para la música que para el cine). En 1964 hay obras extraordinarias de los grandes directores en Norteamérica (los que más conozco): Walsh hace su fabulosa Distant Trumpet y Hawks una comedia enorme llamada Man’s Favorite Sport (para mí superior a la de Wilder, aunque vista hoy, y para un 80% de la población, resultaría más anticuada, más “ñoña”, menos ácida que la de Wilder), Donald Siegel realiza la fantástica The Killers o Código del Hampa, Hitchcock hace una de sus obras maestras con Marnie, Ford realiza uno de sus peores trabajos (El gran combate), aún y todo mejor que la mayoría de películas hechas ese año (si quitamos Marnie) y que los años siguientes, Stevenson realiza su para mí joya Mary Poppins. Por otro lado, Lester, Kubrick, Corman y otros muchos, cada uno a su manera, estaban abriendo caminos que se apartaban de ese espíritu clásico, con mayor influencia europea, que tuvo sus grandes vías y sus penosos atentados.

En “La aventura de los Batanes”, Sancho le conmina a Don Quijote: “No hay que llorar..., que yo entretendré a vuestra merced contando cuentos desde aquí al día...” Y eso digo yo, no hay que llorar, que tengamos siempre alguien que nos cuente un cuento, y así, oyendo (leyendo), llorarán otros y nosotros comprenderemos por qué lloran y veremos si merece o no la pena. Hasta qué punto tienen motivos para llorar. En Bésame tonto (cuyo momento mejor, además del de las puertas apuntado, es el rotundo final, cuando la esposa le dice a su tonto esposo justamente “kiss me, stupid”, realzando el sentido común y la superior inteligencia femenina, creo) Wilder nos entretiene para que no lloremos, pero lo cierto es que viendo la manera en que Wilder observa a sus semejantes casi dan ganas de llorar (y hablamos de un director con genio). No sé si por Wilder o por nuestros semejantes. Pero me decanto por lo segundo, por supuesto, viendo cómo esta el patio y, coñe, porque sí me encanta Billy Wilder.