HUSTON John (1906-1987)

The Misfits (Vidas rebeldes) (1961: 8.5)

25-2-2002

A la joven generación de ahora difícilmente le interesará John Huston (¿pertenezco yo a tal generación?). No porque sea difícil, o un pelmazo, o porque sea “un muermo” o no “tenga donde caerse muerto” (ya está muerto, por desgracia, desde hace pocos lustros). Daniel Innerarity ha escrito, en El País, que “ninguna generación ha estado tan obsesionado por lo visual como la nuestra”. ¿Es que Huston no es plenamente visual? Hombre, pues sí. Y Huston toma guionistas talentosos (¿Arthur Miller?) que crean diálogos con carga filosófica y desesperada. Quién, enamorado del actual Moulin Rouge, puede degustar Vidas rebeldes. Son opuestas por definición y moral y estética.

The Misfits cuenta con un soberbio Clark Gable (no lo he visto mejor jamás), con un sobreactuado pero excelente Montgomery Clift y con, tachán-tachán, Marilyn Monroe que, cómo decirlo, uno se pregunta cómo no salía desnuda en las películas, en un mundo ideal sin censuras ni ritos, pues lo cierto es que la ropa le estorba, sus muslos y busto no están hechos para la ocultación y se rebelan. Vidas rebeldes.

Huston, izquierdista intermitente, habla de fracasados, de las causas inhóspitas, los mundos que se acaban, las atmósferas irrespirables: ignoro si se han realizado estudios comparados de él y del gran (quizá superior a Huston) Sam Peckinpah. En The Misfists se acaba el mundo del oeste, los caballos y los paseos a la luz de la luna, vencidos por la venida del mundo cabal y ya tercamente tecnológico: y por otro cine, pues en lo sesenta se asoman por primera vez al celuloide no sólo los más grandes libertarios de la historia del cine (asunto positivo) sino por desgracia otros seres que han sentido repugnancia por el cine y por lo que éste significa. Ya ahí hizo su primer film Ken Loach (su primer cine, según he oído, es superior a La canción de Carla, etc.), por no hablar de tantos otros que se quedaron, por suerte, en el camino (y en el olvido; no es el caso de Loach), y que emborronaron con sus sucias manos un arte engrandecido en los cincuenta hasta extremos casi insoportables.

En The Misfits Huston acorrala a sus personajes en primer plano, captando los rictus acabados pero tremendamente reales y emotivos de los hombres cuyo mundo está a punto de irse a hacer puñetas. Y recoge (sólo que es Ella quien acorrala a la cámara) a Marilyn a punto de irse a hacer puñetas de este mundo. Ella es la Bondad, en este film, esa perfección sumamente imperfecta que hace enloquecer por su esencia inasible: no se puede, no se sabe definir, apuntalar, cohibir a Monroe, con mayor cara de alegre desesperación que nunca, con más y menos ganas de vivir (y es así la paradoja) que antes jamás.