ALTMAN Robert (1925-2006)

Gosford Park (Gosford Park) (2001: 8.0)

“Mecanismo y lucha de clases” (11-3-2002)

Ver una obra cuidada y medida, crítica y despierta, de bordado guión y amplia gama de grises, como Gosford Park de Robert Altman, e intentar, por un solo minuto, encontrar parecidos con una torpe y francesa maniobra de distracción llamada, cualquiera sabe por qué, El pacto de los lobos, es tarea inútil. Sostener, a priori, que ambas pertenecen a un mismo arte o espectáculo suena a contrasentido. No porque una sea “buena” y la otra “mala” pero que, pese a sus divergencias, comparten una misma línea o campo: es porque una afirma el poder seductor de las imágenes y los diálogos (el guión) y la otra intenta refutar el carácter fabuloso del espectáculo de los Lumière (¿qué hay de celuloide en el susodicho Pacto: menos lobos) a través de la locura colectiva y un término clave: el lío por el lío.

Películas muy recientes, la de Altman recién estrenada en España y la de Christophe Gans hace un año o así (la vi en DVD el otro día, con subtítulos en español: qué más da), una y otra son polos opuestos de los que es hacer cine que indaga (y que funciona como el archiconocido mecanismo de relojería) y diseñar un cine que embrolla, que aturde, que asusta en su desconocimiento de las más elementales reglas (que no pueden transgredirse, por tanto) de montaje, planificación, acción, espíritu.

Es curioso: tantas y abismales diferencias se adivinan entre este producto del cutrerío francés más hollywoodiense (del peor Hollywood) y el film cuidado al detalle e interpretado excelsamente, para luego encontrarme en la Internet Movie Data Base que la media valorativa de las dos obras es similar. En ambos casos han votado más de tres mil (¡tres mil!) navegantes; en la de Altman, la media de las calificaciones dadas a su Gosford Park es de 7.8, la de Gans y Christophe Cabel (como conspirador/guionista de un estropicio semejante) recibe un alucinado 7.3. En una muestra más que representativa de tres mil personas distintas (suponemos), las dos películas parecen casi iguales: de notable.

Y debo admitir que Altman, de lo poco que he visto de su ya vasta obra (en cine y televisión), no me hace demasiada gracia, esas sus historias medio wilderianas pero con un afán por desligarse del compromiso entre director y actores para observar a una masa más o menos uniforme (con clases, con sexos, etc.). Hay sociología en Altman y abundante malicia, y ganas de mostrar las carencias, miedos, crueldades y brutalidades de sociedades opulentas (la norteamericana, casi siempre), las contradicciones de cierto capitalismo; el dinero, el poder y el sexo como aglutinadores de los instintos básicos y no básicos del hombre y de la mujer (las mujeres, un tanto mejor libradas en la batalla altmaniana, pienso). Y Gosford Park se eleva como lo mejor que he visto de Robert Altman (El juego de Hollywood tenía su gracia, sí).

Aciertos múltiples: las interpretaciones amablemente teatrales, el juego malévolo entre clases sociales (sin compromiso por parte de Altman con nadie, sin gratitud ni lágrimas; pero con una destreza analítica perfecta para percibir los enfados, los tics, las relaciones de poder, las amarguras y complacencias e indiferencias de unos y otros: ah, sin obviar que unos están arriba y otros abajo), la convención asumida en el empleo de la casa, la reunión, el asesino y el asesinato, las mezquindades y ajedreces de dominios y ajustes familiares: enormes interpretaciones de todos, todos, y yo me quedo, decisión personal, con las mujeres: Kristin Scott Thomas (absorbente, excitante), Maggie Smith (entre Wilde y Wilder: más salvaje, más cómoda), Emily Watson (enternecedora, inteligente, grandiosa), etc. Y los otros, ellos: Charles Dance, Michael Gambon, etc.