FLAHERTY Robert J. (1884-1961)

Man of Aran (Hombres de Arán) (1934: 9.5)

“Pincelada de brutal realismo musical” (15-3-2002)

 Empiezo con una cita del profesor y filósofo creado o recreado por el escritor Luis Landero en su última novela, El guitarrista: “¿Y quién, en fin, no ha realizado alguna acción noble o inicua que lo haga merecedor de una semblanza breve, apenas nada, una pincelada aunque sea gris de lo que cada cual tiene de singular e irrepetible?”

El director Robert Flaherty no desea pasar de largo acciones nobles o inicuas de seres que habitan los confines del mundo y crea o recrea para ellos una semblanza breve (unos 70 minutos); majestuosa. Un dulce cine que no da la espalda.

Man of Aran fue dirigida por Flaherty en 1934, cuando en España teníamos república, cuando la guerra aún no se vislumbraba (o no quienes debieron vislumbrarla), cuando muchos hombres como los de Arán, pero en este país, luchaban contra sus mares, sus tiburones, los elementos: las naves luchaban, siempre, contra los elementos antes que contra cualquier otra cosa.

Conocía Tabú, la maravilla (de lo más insuperable visto en pantalla) que el propio Flaherty, de perfil, pienso, más documentalista, espectacular, a ratos juguetón y “realista”, realizó con Murnau, quizá más romántico, evasivo, barroco y talentoso. Y Man of Aran es, ciertamente, muy distinta a Taboo. Hay en este film un intento por captar la dureza y la, sí, espectacularidad del mar en su lucha contra los pequeños hombres, a quienes Flaherty dota de valentía y baña en un sentimiento de lo efímero que es la existencia, más aún cuando ésta convive y por tanto se enfrenta con la no domesticada naturaleza.

Lo del realismo musical viene porque Hombres de Arán es, en efecto, una película musical, a su manera, incluso con dos o tres números intercalados no entendibles fuera del contexto musical que la acompaña, aportando toques de humor, justo énfasis o amenaza. Los actores parecen acoplarse a esa música, que a su vez invade y se ve invadida por el tremebundo mar, que llena la pantalla (porque así lo quiere Flaherty) hasta tal punto que el poder que irradia es desorbitado, casi maligno, eminentemente, de nuevo, realista.

Flaherty refleja, o más bien captura unos momentos de vida de unos seres en la costa oeste de Irlanda, una realidad (de nuevo) áspera en la que, como siempre ha sido, los hombres que allí viven deben ganarse la vida, y la vida proviene del bullicioso, imprescindible y asesino mar, de sus peces, de sus algas. Sin mar no hay vida, no hay subsistencia, de ahí la importancia capital de una embarcación (más bien menuda, lo cual engrandece la figura del mar, que abarrota con sus olas y marea las pequeñas siluetas de las personas de este film, de este documento), que al final es destruida por el enemigo (y amigo necesario) Mar, que gana el embate de poderes.

Una vez más, Landero y su filósofo: “Así que aprended a observar al prójimo con ojos compasivos y atentos: ésa es la lección que hoy os ofrezco. Sólo eso: la mirada como redención”.

La cuestión del documentalismo no está necesariamente conectada a la idea del estatismo, ni mucho menos, y esto queda probado en Hombres de Arán desde el primer momento. ¿Cómo captar (capturar) esa brutal realidad de un mundo rural en los límites de la tierra que se bate día a día por sobrevivir, en perpetua pelea con el mar? No, desde luego, desde una pasividad del autor que mira (Flaherty), sino gracias a una cámara que casi pierde de vista a sus personajes (menos al niño, a ratos a la madre), pues el protagonista vital (ahí la clave) de la historia o instantes verdaderos de estas vidas es la naturaleza y, más que nunca, el mar y las rocas y los precipicios peligrosos (como se comprueba ante nuestro temor de que el hijo se vaya a despeñar mientras observa el gran pez).

Flaherty acomete el empeño de tomar este hábitat de proporciones anónimas y (quizá por eso) brutales a través de la cámara y con el ritmo (de un montaje musical): de manera nada brutal. Queda, en este sentido, y pese al acierto indudable de haber logrado meter esos trozos de vida para ser cine, un vigor que ha sido construido no sólo desde la grabación de esa realidad, sino a través del “editing” de esa realidad cuando ya se tiene: es el pez que, una vez capturado en la red, aún no puede comerse, pese a su inmediatez como ser vivo o ya muerto que sin duda es comestible, y se debe arreglar, cortar, “elaborar” o cocinar para servirse a la mesa. Eso hace Flaherty: lejos de, únicamente, conformarse con registrar una realidad que, en el momento de haber sido elegida ya se torna realidad seleccionada (por tanto, con su componente de irrealidad, pues la Realidad es todo, y no una selección, que implica una compartimentación de la misma, un rechazo de otras muestras posibles), después se impone el requisito de verla dotada de un “significado” veloz (las imágenes circulan rápidas), una música de folk irlandés sin letra pero que reúne en sí sola la épica y el sentimiento íntimo (familiar, de las sonrisas entre madre e hijo, de la batalla de los hombres con las olas). Es ya, es evidente, una realidad construida, pero no por ello menos realidad. Por tanto:

a) Flaherty captura el área de su interés destacando el prestigio, la preponderancia y poder de la naturaleza (casi omnipotente), relegando, en ningún caso despreciando, al ser humano a un segundo plano, a una esquina del “plano”, mostrando mucho cielo que casi aplasta o más bien empequeñece a estos personajes laboriosos y grandiosos en sus duras y anónimas existencias, prestando atención a la relación mar/ pez/ hombre, en una lucha sin cuartel que puede dejar víctimas en el camino, o la frustración de la captura no conseguida. La cámara se ve casi enmudecida por el mar y su bravura, por los acantilados inmensos que hacen del conjunto de lo mostrado (su puesta en escena) un cuasi homenaje a la naturaleza, pero rehuyendo de manera indudable su idealización, su mitificación, la exageración de sus bondades o maldades.

b) Flaherty modifica la realidad capturada y la cocina con músicas, movimiento de planos y poca observación parada: a veces, esquiva, pero sobre todo, la mirada post-rodaje de Flaherty parece entumecida por la fuerza y el valor de las cosas y personas observadas, de manera que el resultado final es arrollador.

Flaherty crea, por tanto, una armonía (y esta armonía recreada disminuye un tanto las crueldades de la realidad en bruto) de imágenes, con pocas palabras y dominio de los elementos, las circunstancias, el “contexto”: captado, y de qué forma, por el director y ensamblado para que el objeto artístico final sea dinámico, contundente y humanista. De un humanismo lúcido (evidentemente: nada ciego), anti-sermoneador y, por eso, también revolucionario pese a la ausencia de enemigos.

Y termino con el filósofo de Landero: “Ved todo y oíd todo, y salvad al menos una frase, un olor, un gesto, lo que el torbellino de la vida vaya dejando a vuestro paso. Porque, al morir, con cada uno de nosotros mueren las imágenes y los recuerdos que tenemos de los demás, y por eso cuando alguien muere mucha gente muere un poco con él”.