LANG Fritz (1890-1976)

The Woman in the Window (La mujer del cuadro) (1944: 9.0)

“Trucados y espléndidos dados” (23-3-2002)

 Película de intriga, tentación y asesinato, The Woman in the Window, mujer que está en la ventana pero también en el cuadro, es una excelente pesadilla con truco final para alivio de miedosos. Fritz Lang, amante de la precisión alemana y de los conflictos de la persona cuando se ve obligada o se siente forzada a cambiar de rumbo y buscar otros alicientes, propone un ejercicio de inteligencia encarnado por el desvalido y romántico Edward G. Robinson y la débil aunque extrañamente imprevisible Joanne Bennet.

En La mujer del cuadro el profesor Edward G. cae en la tentación de la que ya había sido alertada por sus amigos e inquisitivos compañeros de copas y puros (que no cigarros). Caer en la tentación de una mujer se sugiere como peligro auténtico para el hombre estable y ya maduro, exitoso en su trabajo y que no tendría por qué andar buscándole tres pies al rutinario gato de cada día. Pero Robinson se ve de pronto inmerso en el mal sueño de un asesinato del que él y la Bennet difícilmente pueden salir airosos, a no ser quebrantando nuevas leyes. De manera que, bien metidos en el ajo sin comerlo ni beberlo (eh aquí un claro determinismo o “fatum” trágico), están a punto de arruinar sus vidas, que en el caso del profesor tenía bien amoldada y sin mayores traumas. Pero los conflictos atraen, Lang lo sabe, y es ese conflicto, hablando en clave narratológica, el que justifica la mayor parte de libros y películas (relatos) que, pese a estos temas, quedan marcados no por ellos (por los temas) sino por el señor o señora que los plantea y los resuelve: Lang, aquí, en este film.

Sobrevuela, lo cual es típico y tópico en películas de esa época más viradas hacia el género negro o hacia la psicología (este film se inspira en ambas ramas no equidistantes), el fantasma de Freud y su “ello”, que aquí es más que nada el ángel malo que susurra al señor respetable que se meta en camisas de once varas, por una vez, por probar, por aportar a la torpe o sosa existencia un aliciente que pueda contarse (relatarse: el conflicto). Pero la cosa sale mal, como es normal en estas cuestiones y en Lang, y sólo la cobardía o la convención hacen que Lang otorgue un extraño giro no a la narración (que ya estaba hecha) sino al epílogo de la misma, para que la pesadilla sea tan sólo cosa de lo soñado y por tanto hasta ejemplarizante para posteriores encuentros nocturnos.

Sin prestar mayor atención al sesgo último que podría tomar todo el conjunto si tomáramos demasiado en serio el apéndice (para mí, más bien desacertado y no muy relevante para la valoración de la obra), lo que se desprende de esta bien medida película de Lang (con sus truquitos más bien juguetones en forma de balbuceos de Robinson y pistas no importantes para dotar de mayor emoción a la trama: ¿descubrirán al profesor como asesino?) es que no se puede escapar, en la vigilia (la vida real), de las zancadillas del destino, pues el destino es una enredadera o más bien un torbellino del cual no se sale fácilmente sin pagar prenda.

El que cae en la citada tentación de escapar de uno mismo, en busca de motivos para morir tranquilo o para acceder a los juegos de los amigotes también tentadores corre el peligro casi irreprimible e inevitable de entrar en una dinámica de pesadilla imparable, ya escrita. O uno acepta los ortodoxos éxitos con que la vida nos limpia los zapatos o uno se arriesga a inhalar todo el viento imprevisible y heteredoxo que, haciendo de la existencia un juego más ligero, pagano, arriesgado y quizá peligroso, también la pueden abocar a la muerte, el desastre, el desequilibro máximo de la soledad total, la pérdida: siendo el triunfo del impulso un impulso desigual y penoso en los avatares de los seres. La pasión unida al dolor por su propio carácter de aventura irracional (a dónde va, a dónde voy). No es fácil disponer ni elegir entre los dos caminos primordiales, y al final, en el epílogo didáctico, parece que Robinson deja claro (pero Lang querría tranquilizarse la conciencia) que mejor no plantearse ciertos meollos inexplicables y gravosos para la tranquilidad y seguir abusando de la compañía del trabajo y la buena conciencia (Freud). Pero nosotros, como espectadores, cuando hemos llegado a ese punto, hemos visto lo anterior. Y lo que es peor (y mejor), desconocemos el futuro de la historia, del personaje, que, por qué no, quizá caiga de nuevo, pues si ha habido tentación, ésta no se va mientras no se colme, al menos parcialmente.

Un gran Lang, por tanto, o cómo fabricar con sencillos moldes y gran talento (también teatral) una obra comprensible, donde uno no se pierde, pero sobre la que luego pueden correr, como debe ser, ríos de tinta. Por lo que a mí respecta, aporto mi más que humilde afluente no de tinta sino de tecla, 58 años después.

(¿Sería relevante considerar la Segunda Guerra Mundial en la configuración, inspiración, emoción, retroalimentación de/ en esta obra? ¿Los contextos: siempre relevantes para el proceso o producto o resultado o función de una obra? Hombre, no encanallemos el asunto...)