WYLER William (1902-1981)

The Collector (El coleccionista) (1965: 9.0)

“Wild Wild Wyler” (30-3-2002)

Wyler participa, o ese es su intento, de cierta nueva ola con las ganas de rodar en la calle, como otros hacen, con el uso de primeros planos de personajes, con la menor preocupación en cortar planos y realizar nuevas aproximaciones cuando no era necesaria tal manipulación. La profundidad de campo, aguantar con el plano-secuencia hasta el límite quedan aquí, nunca mejor dicho, en segundo plano, pues a Wyler le interesa captar las miradas de Stamp y de Eggar, sus mutuas dependencias, miedos, privaciones, terrores, y tan bien lo consigue. La cámara se muestra aquí más libre, menos cobijada en los literarios y grandiosos guiones, más atenta a guiños habituales en los años sesenta (algo de movimiento, zoom, planificación no rutinaria con la cámara por detrás del personaje que espía, no subjetiva sino identificada con una tercera persona no presente en la historia). Siegel, por otro lado (ver El seductor), ya metidos en harina de los irregulares años setenta, se juega su prestigio de autor conciso y violento con estos juegos de señoritas y de soldado en una casa en las afueras de la civilización, y aquí los tics del momento son aún más abundantes, pero nada que ver con libertades de cámara, sino con la estilística de cierto cine erótico y, sí, morbosillo y violento de esos años (Peckinpah, Ralf Nelson), tonos de color de una Fanny Hill, poco que ver con Harry el sucio, pese a la concisión, que vendrá más adelante llenando los bolsillos de Eastwood y Siegel.

Ambas (Wyler, Siegel) son películas buñuelianas (o buñuelescas), con el sexo, la muerte y la minusvalía como columnas vertebrales, ambas son productos de sus años, aunque empeños absolutamente personales, de ahí su valía, en las carreras de ambos directores. A Wyler le queda empañada mínimamente su emotiva y romántica película (sobre el amor no correspondido, la necesidad de tener a alguien, de intentar alcanzar un sueño en vida a base de fuerza bruta, la soledad de algunos individuos marginados en una sociedad de opulencia y pretensiones, un film sobre el arte y la imitación, sobre lo que es verdad o mentira, sobre cuál es el objetivo de ese arte, puesto en duda de continuo: coleccionismo de cosas muertas, burla de la realidad, recreación de la misma) por un par de concesiones no sé si ingenuas o ingeniosas, en el torpe y desalentador final (con el Stamp taciturno, impotente y enternecedor convertido en un “serial killer”) y alguna otra torpeza en que Wyler incurre por querer “no ser” Wyler y sí imitar (el arte, el arte) a los que unos años antes han revolucionado el arte cinematográfico (imitando lo ya imitado).

A Siegel le pierde un tanto su exceso de truculencia, casi toda ella excusable y hasta disfrutable durante el film y sólo en algún caso como el de la pierna cortada llevada al paroxismo por querer realizar una obra fuerte. También los ya citados elementos de moda entre los sesenta y setenta hacen que en ocasiones la mirada de Siegel sea más la mirada de un beodo (por ej.) que desea estar a la última.

Dos filmes magníficos, más aún el de Wyler, sobre los cuales lo último que se me ocurre es a) abundar en la cuestión social en El coleccionista, la reflexión sobre los marginados no necesariamente por dinero pero sí por una élite más bien dudosa que retira el saludo a los que no fuman en pipa, o no leen a Salinger o no se peinan así o asá; b) destacar el ataque sobre el puritanismo en ambas obras, que en el caso de El seductor bien parece teñirse de una pérfida misoginia, aunque este punto es debatible y bien podría ser que es un film sobre el egoísmo humano, sobre el mal de muchos como consuelo de tontos; c) enfatizar ese carácter de cine que bordea el terror, el horror psicológico, la truculencia: un cine, evidentemente, bañado de otras voces y ámbitos lejos de los años cincuenta, próximo a la crítica social, dos películas que ponen en la picota ciertas conductas esenciales y que parecen sugerir que hay un fondo contextual que es dominante en las relaciones humanas, en los vínculos de poder, ambición y sexo, películas, quién lo diría, que se me escoran, viéndolas así, hacia una izquierda, pese a que sus directores son lo suficientemente ambiguos, y así puede verse en relación con otras de sus películas, para que las cosas no estén claras.

Y esta frase tan simple y aparentemente obtusa quién sabe si no será clave de aquel momento cultural: las cosas, de pronto, no estaban claras, hay desequilibrios, se comienzan a rescribir historias, a no mirar hacia otro lado cuando el raro, el oprimido, el enfermo o el omnipotente pasan muy cerca de nosotros. En cierta forma, se trata de películas que intentan descartar la hipocresía, a riesgo de caer en sociologismos (sobre todo en Wyler), historicismos, vulgar esteticismo (más en Siegel) y psicologismos de difícil sostenimiento artístico e intelectual, sobre todo al pasar el tiempo.

Pero si ambas películas se sostienen sin grandes problemas, y me han entretenido, angustiado, pensado y emocionado (sólo la de Wyler) será por qué algo tienen: difícil argumentación a posteriori, lo sé, pero que quizá no sea tan a posteriori si en algunas de mis ya escritas líneas se han colado como de rondón razones que me llevan a afirmar que estas dos películas se seguirán viendo en el futuro y tendrán el doble y eterno interés: 1) el que más me cautiva, su atractivo como obras cinematográficas de gran solvencia, hondura y movimiento, enmarcables en las carreras de sus respectivos directores, actores; 2) otro no desdeñable, y es su atractivo como compendio de apuntes culturales, sociológicos e históricos de la época en que nacen, y que pueden leerse desde claves tan divergentes como la lucha de clases, la textura del sexo o el eterno, bullicioso y hitchockiano conflicto del voyeur y del objeto observado, donde el objeto pasa a sufrir una evolución, porque el que mira y analiza está ya modificando el objeto mirado y analizado: la objetividad se asienta en la sagrada subjetividad, nada permanece, no hay saber pasivo o que no intervenga sobre el ser mirado, con Einstein, Freud y Marx y sus discípulos en el horizonte cercano. Y sobre todo, Hitchcock.