MANN Anthony (1906-1967)

God's Little Acre (La pequeña tierra de Dios) (1958: 9.0)

“Alegre cristianismo sacrificado” (30-3-2002)

 Un alucinante, comprensivo y casi lunático Robert Ryan es un hombre obsesionado con encontrar el oro de su abuelo y un padre entregado a la causa de que su familia esté unida y sea feliz. Falla en sus dos empresas, pues no es oro todo lo que reluce y su familia sufre por conflictos amorosos y, por qué no decirlo, de lucha de clases (ya la veo en todos sitios). Robert Ryan triunfa, como actor y como personaje, ante la audiencia del film, al menos ante este espectador que ve y oye y que soy yo y escribo de mi dulce cine. Esta película, como todas las de Anthony Mann, es parte, por méritos propios, de ese cine al que siempre me apunto, un sábado por la tarde, como hoy, o un martes por la noche, por qué no. Mann es el director masculino, aseado, aventurero y que porta una carga de profundidad de la que quizá carece Walsh y que es por Ford poetizada.

En God’s Little Acre Robert Ryan es acaso un tipo walshiano, incorruptible al desaliento en lo que se propone conseguir, sin medir muy bien las fuerzas. Pero al contrario que los héroes de Walsh, este hombre se sustenta en la tradición y en su familia, y encuentra su argumento y su fuerza en Dios, al que nombra con asiduidad. Pero uno de sus hijos le ha salido rana; nacido de primitivos que como él cultivan la tierra o buscan oro, ese hijo se ha ido a la ciudad, se casó con una viuda, esperó a que ésta le pasara los poderes y ahora es un potentado egoísta y orgulloso de su ser de ciudad, cosmpolitismo imbécil. Lo cual no hace sino permitirle a Anthony Mann ponernos del lado de Robert Ryan y del resto de su familia, gentes sudorosas que trabajan, personas humildes de las que miran a la cara, traviesas, generosas, de una mayor ingenuidad que nos conmueve (me conmueve, que me siento cercano a ellas; y a Mann). Y otro de los hijos ha rechazado seguir en la tierra y se ha marchado a la ciudad, pero éste a trabajar en una fábrica (el proletariado), y comienza a emborracharse ya que los dueños cierran la factoría de algodón, debido a la escasez de beneficios. De manera que este hijo se convierte en el luchador reivindicativo que los otros siguen y necesitan y, finalmente, en mártir por la causa, víctima del capitalismo más humano: lo mata un pobre hombre casi sin querer, el señor que cuida, adormilado, que la fábrica continúe cerrada mientras los jefes así lo quieran. El capitalismo ya brutal pone rostro humano a sus reconquistas.

Ryan no consigue que su familia siga unida, pues los amores de uno de sus hijos no son del todo correspondidos por su bellísima mujer (escotes más que acelerados para 1958 y para Mann; 1958: año de El último hurra, Vértigo y A Touch of Evil: insuperable), enamorada y en realidad correspondida por el trabajador de la fábrica (Aldo Ray), que tuvo que renunciar a ella por abandonar la tierra y unirse al revoloteo febril y sucio de la gran ciudad. Y este conflicto genera la tristeza que consume a la esposa del trabajador, sabiendo que su marido arriesga la vida en su empeño de humilde y breve revolucionario y que al mismo tiempo lo sabe enamorado de otra mujer, a su vez casada. Y qué hermosa es la secuencia del anuncio de la muerte del marido, con todos los de la fábrica llevando al muerto en volandas y la esposa sola sentada en la casa, esperando lo que ya sabe, como en una profecía, ocurrido. Es un film que gustaría a Gabriel García Márquez.

Hay un tono de comedia, ayudado por la música jovial, que otorga al drama un matiz lúdico y dinámico, a lo que también colabora la expresiva y original interpretación de Robert Ryan, como padre incorruptible (que no ha entrado en ningún bar), con tintes puritanos pero a la vez de una enorme tolerancia y sinceridad. Él intenta que las cosas vayan bien pese a que las pasiones furibundas, las envidias y los malos humos echan el resto para que no sea así. Y Mann se mueve con su habitual limpieza, con suaves movimientos de cámara, lentos y bellos travellings al lado de sus personajes, centrándose sobre todo en los parlamentos cristianos, solidarios y espirituales de Robert Ryan, auténtico catalizador y héroe y anti-héroe de esta más que estupenda película del tipo que nunca falla, llamado Anthony Mann: creador de joyas incalculables como The Glenn Miller Story y The Great Flamarion, por qué no hablar de sus fabulosos westerns (el western más western) con James Stewart en películas como Bend of the River o The Man from Laramie, una de mis favoritas entre las favoritas. O películas pequeñas como este God’s Little Acre (o Thunder Bay), donde demuestra su capacidad para fundir aventura, conflictos familiares o generacionales, ciertos apuntes de división del trabajo y el tema de cómo hacer dinero como fijación perenne y asesina. Sin olvidarnos de las inolvidables escenas entre hombres y mujeres, siempre necesitándose y siempre en sagrado conflicto, mujeres bellísimas y casi simbólicas, hombres marcados por sus obsesiones de justicia, de soledad inexplicable, de heroísmo (El Cid).

Un film de alegre cristianismo, con el que comulgo, que denota una pérdida entre una generación más entregada al trabajo y a la herencia espiritual que a las ganancias y al ocio por simple ocio. Por eso, en este sentido, la imagen final de un Robert Ryan cavando incansable y retirando arena con el trozo de pala, de supuesta pala de su abuelo en busca del hipotético oro que seguramente no encontrará jamás en su tierra se antoja un manifiesto de decencia y de bravura incalculable, muy apreciable en tiempos de Trivial desmadrado (como sinónimo de Conocimiento) y de miles de papones desfilando, barroca e inútilmente, por calles atestadas de público, de audiencia, de “share”. Cristo resucita mañana, ya hoy, pero los papones se atiborran de limonadas porque “es lo propio” tras llevar tanto peso a la espalda durante horas. El sacrificio corto e insincero premiado a la primera con un líquido que da dolores de cabeza: significativo. Ese cristianismo que a mí me aturde y me quema y me retiró de su causa, acaso ya irrecuperable.