ZEFFIRELLI Franco (1923-_)

Fratello sole, sorella luna (Hermano sol, hermana luna) (1972: 3.0)

“El sol del membrillo Zeffirelli: qué fosforito era su valle” (12-4-2002)

 Intento razonarme cuál será el secreto de Hermano Sol, Hermana Luna, de Franco Zeffirelli, para que tras media hora (pero me sobraron veinte minutos: diez de paciencia) tuviera que dejar la película y colocar a este afamado director en la aciaga base de un triángulo de calidades ascendentes en cuya cúspide estarían John Ford o Alfred Hitchcock, según los días y las noches (he visto ¡Qué verde era mi valle! varias veces cuando he estado triste: siempre me he sentido después mejor; he visto Con la muerte en los talones varias veces estando eufórico: siempre me he sentido peor, más real y conocedor de mis limitaciones). Porque bastan esos diez minutos de rigor o de respeto (así de moral soy) para perderle por completo el citado respeto al citado Zeffirelli y a sus hermanos astros del cielo, en este compendio de bondad católica y mística Woodstock, otra vez tan unidas en amor y consuelo y desastre de cine.

De nuevo me topo con el anuncio de desodorante en forma de bellos jóvenes, Graham Faulkner (¿!) y Judi Bowker (qué fue de ella). El primero es Francisco de Asís y se dedica a la tolerable actividad de la contemplación de paisajes floreados, mariposas, animalillos: la naturaleza en estado puro, tras la crueldad de la guerra. La segunda es una guapísima chica del pueblo, que observa embobada (en estos primeros minutos) a Francisco y le comenta que en el pueblo la gente dice que él está loco. Pero ella cree que no, que estaba loco antes, cuando iba a la guerra. ¿Alegato pacifista? Quizá, pero me pregunto con qué fuerza. No creo que pueda resultar pacifista, al menos no pacífico, este breviario de imágenes de relativa hermosura, combinadas con saltos y más saltos para mostrarnos primeros planos de leprosos, escarabajos, caras que miran embelesadas, caballos al trote. Pero es que no me entero de gran cosa, no hay trama ni hay mundo; y no me refiero a trama argumental sino meramente narrativa. Toda película es narración, pero cuando no hay un ritmo, una coherencia, el poder innato de la imagen se dispersa en tantas direcciones que uno no sabe a qué atenerse, pues aquí al menos juegan sus bazas varias tendencias: la bienintencionada intentona de haz el bien y no mires a quién y el hombre es bueno por naturaleza; la estética hippy de exhíbete como si no tuvieras una cámara delante aún sabiendo de sobra que tienes una cámara delante; la tosca estirpe sesentera de haz tu película de cualquier manera; la pose estética de una ballet inverosímil, con Francisquín observando todo como venido de otro mundo, este Faulkner sin ruido ni furia, no más que un esteta dedicado a la contemplación y a los saltitos porque así lo decreta este señor llamado Franco.

Bien adaptado a la moda oportuna (año 1972), el director toma la corriente más blanda de la época aunque comparte los mismos rasgos de chapuza vía montaje (uno se pierde entre tumultos de aquí para allá, sin entender gran cosa), con películas como aquella reseñada como “épica del chorizo” de Rafaelito Nelson y su Soldado azul (allí, la variante más “crítica” y subversiva, supongo, del hippismo cinematográfico: habrá cosas mejores, seguro).

Fratello sole, sorella luna (es coproducción, condenadas coproducciones, de Gran Bretaña e Italia) es un producto descafeinado, tras media hora, un producto entre Juan Salvador Gaviota y Jeannette (ah, pero a mí me gusta Jeannette: por qué te vas...), film sin sustancia pero con intenciones y diálogos, como señala Pedro Crespo en la contraportada (El Mundo se podría haber ahorrado esta película; y yo comprarla, cierto es, pero caí en las redes de mi quiosquero y me la aconsejó el vecino del quinto, a quien deseo menos que nunca), moralizantes. Pero de una moralidad que no llego a entender, para mi gusto impostora y maquiavélica: el más real opio del pueblo.

No sé, supongo que aquellos que disfruten con El alquimista de Paulo Coelho (a quien Javier Marías llama, y con razón, “pantali corto” en su artículo de El Semanal, bien) lo harán también con estos soles y lunas. El “new age”, la espiritualidad, ese Sé tu mismo, comparte, el mundo es mágico, y trapos semejantes. A mí me pueden engatusar asuntos más bien blanditos y risueños e inocentes (¿cité ya a Jeannette?), pero de ahí a que la conversión en artículo fílmico me tenga que interesar por el mero hecho de soltar grandes verdades como que la guerra es mala, el ser humano es espiritual... Y ahora que lo pienso, ¿qué tiene de espíritu esta película, esta media hora? Espiritual es El río, cuyo ritmo se conjuga con las aguas, con las muchachas que retrata creciendo, las imágenes que fluyen sin empujarse pero dándose ánimos... Pero Brother Sun, Sister Moon no tiene nada de espiritual a no ser el conocido mensaje (a quien le llegue). Lo que veo es un tipo, Zeffirelli, haciendo inútiles alardes de estar al tanto de lo que se lleva, un director que tanto le da Romeo y Julieta como Hamlet, siendo todos personajes famosos, a los que estorba.

La película adelanta telefilmes de los ochenta de italianidad innegable, tanto de descerebrados y fuertotes romanos como de otros santos, esas series que ahora emite alguna privada cuando nada más tiene que echarse a la contraprogramación y que dirigen los mismos o parecidos que a quienes se les ocurría, no sé, Dos superpolicías en Miami o los más broncos spaghetti-westerns (recuperados, ahora, por alguna de las televisiones locales, como la de León).

Una sosa psicodelia golpea el conjunto como un tripi recién ingerido seguido de una lectura superficial de los paisajes más contemplativos de La Biblia traducida al italiano, o más bien de alguna selección de textos (o tebeos) de La Biblia para adolescentes que asisten a la catequesis y no quieren meterle mano a tanta violencia (La Biblia, lo han dicho muchos, es un libro violento).

Así que Zeffirelli queda a la altura del betún, en expresión de mi padre (y de otros, supongo), en esta hueca, boba, digna de Celine Dion, amanerada con astucia obrita neo-hippy abrillantada que sólo por mis propias deficiencias podrá llegar a animarme a darle otra oportunidad en futuros no lejanos. Por esta chica, Judi Bowker, puede. Mientras tanto, claro, volveré a la espiritualidad de Qué verde era mi valle, obra grandiosa y eterna, audaz y profundamente emotiva, del director de The SUN Shines Bright y The Rising of the MOON: la luna que sale y el sol que brilla sin fraternidades psicotrópicas pero con humor, conflictos, intuición de la realidad y GRANDEZA, Zeffi, chato, qué sabras tú de eso.