ALMODÓVAR Pedro (1949-_)

Hable con ella (Hable con ella) (2002: 9.5)

“Sinfonía Almodóvar” (13-4-2002)

 Pedro Almodóvar aterriza en una edad, un momento, un estado (quién sabe) en el que se encuentra cómodo, relajado, “calmado”, sin tantas ganas de chistes, zaherido por las inclemencias de los Hechos y los Sentimientos. Almodóvar realiza este musical, no musical ortodoxo sino musical por la importancia que la música de Alberto Iglesias y de otros números intercalados tienen en el devenir de la película, por la Forma de contar esta historia, historia que no es que sea excusa o coartada pero sí es un medio gracias al cual Almodóvar se está expresando. Más serio, igualmente locuaz, con retazos de humor repentino (salvaje, tan verdadero), con esmerado mimo para la representación, Almodóvar interrumpe de continuo (qué paradoja) lo que es su narración para contar otras narraciones o pequeños poemas visuales: siempre representación.

La lidia, con sus rituales previos y sus peligros y obsesiones, el plástico ballet que no oculta un lugar amargo y sombrío, el teatro con el que se abre el film (¿es teatro lo que cierra la película?), el cine en forma de extraordinario corto cinematográfico con carne de Fellini y alma de Chaplin o Buster Keaton. Siempre la representación, las personas haciendo que no son ellas mismas, algo que el personaje de Javier Cámara (interpretación fabulosa la suya) no llega a entender y al mismo tiempo entiende, pues parece desear la menor mascarada posible, la mayor sinceridad y el mirarse a los ojos y al mismo tiempo se engaña, se hace vivir un amor imposible que, finalmente y sólo cuando ya es realmente imposible, se hace carne. Nos encontramos con el pesimismo de los sueños, que sueños son y que, quizá, hacen sufrir más al ya de por sí débil, el pesimismo teñido de optimismo, o más bien de integración a la realidad con el rótulo que cierra el film, aquel que une a los personajes que seguramente se necesitan.

Almodóvar íntimo, con personajes a los que trata con paciencia, a los que Ama (así ha de decirse), sin por ello renunciar a todo el conflicto, de nuevo, de la Representación y la no representación, lo estético y lo feo, cómo lo feo también es estético. Y los hombres, más desvalidos, parece, más solos, más necesitados, y que no comprenden el misterio de la mujer (pero el hombre se revela como otro insigne misterio), resuelto con un “hable con ella”, que convierte el supuesto misterio en pura y básica necesidad, algo más sustancial que sutil.

Historia de digresiones, de imaginaciones, de volver adelante y atrás, de personas que se expresan mediante máscaras, personas que necesitan hablar con otras, comunicarse para llegar a ser alguien: que otros sepan de su existencia. Y la gracia del habla almodovariana, y los planos desnudos bellísimos de una deslumbrante Leonor Watling (sin palabras: todo será poco para siquiera acercarse a ese rostro), y el amor indudable (teñido, siempre hay amargura, siempre un “pero” almodovariano irrumpe en el momento poético, o simplemente bonito, o “moral”: Almodóvar no se separa de su realidad, aunque la transmute) del enfermero Javier Cámara curándola, acariciándola, masajeándola, penetrándola. La fe no científica de la persona que le devuelve la vida a otra persona: la confianza en el hombre, sí, pero que paga, y al final sólo hay relativo consuelo. Y Darío Grandinetti, a quien conocía por Eliseo Subiela, con esa voz sentenciosa argentina, cómo mira este actor, qué relajado y en su sitio. Y los secundarios, y el músico Caetano Veloso, y tantos y tantos detalles de este Almodóvar total, soñador y rítmico como el ballet que dirige la profesara Geraldine Chaplin.

Hable con ella es un alegato poético, filosófico: vital. Hable con ella es el primer susurro verdadero de don Pedro Almodóvar, muy por encima de Todo sobre mi madre, en la que, no obstante, ya apuntaba elementos que aquí se recogen de manera soberbia y perfecta, sin dubitaciones, sin escenas de galería. Almodóvar vuelve a los hospitales, a las muertes, a los accidentes de coche, todos los peligros que acechan a diario la vida, tan frágil, Almodóvar vuelve a las tierras del país llamado España, a ciudades como Córdoba, a mitos como el toreo y sus estampas, a personajes solos e inocentes que no pueden escapar a un fatalismo pero que siempre, en Almodóvar, tienen fuerzas para escaparse, por algún lado, algún sórdido, ilusionante o heterodoxo resquicio por el cual respiran, y respiramos.

Almodóvar lleva a cabo, con Hable con ella, lo más cercano a una obra maestra que recuerdo de su filmografía, una sinfonía de voces, sentimientos, sinsabores, planos bellos, madurez confirmada en tono y temas, pero sobre todo en este carácter, aunque narrativo por principio en el cine (siempre narrativo, de alguna forma) profundamente libre y fluido, como de puntillas por todas las habitaciones de las casas, con planos excelsos, sin igual en el cine reciente, como Javier Cámara observando desde su ventana los pasos de baile de su amada Leonor Watling (cuyo rostro significa, como la manzana de Alicia, cómeme, o quiéreme, o escúchame).

Un alegato, sí, del que aprender de cine y de vida, un alegato social sobre la comunicación y cómo sirve, si queremos, para comprender y explicarnos mejor. Un Almodóvar con mano firme pero flexible, cámara de grandiosa tolerancia y solidaridad, deseo y curiosidad (Grandinetti observando a Watling por un resquicio de la puerta), un Almodóvar que no rehúye el jugueteo, la fina parodia (el programa de televisión con Loles León de presentadora), pero que más que tocar, acaricia las teclas de sus personajes y las relaciones que los crean (y esto es el film), un Almodóvar no reducible a dicotomías post-estructuralistas ni a triángulos de poder ni a simbolismo colorista, gestual o sexual (aunque pueda hacerse, “let’s not miss the point”).

Un Almodóvar certero, tierno, intelectual, con la libertad, el atrevimiento y la relajación para hacer, en cada momento, lo que le apetece; nunca la arbitrariedad ha quedado plasmada de manera más coherente, porque es la fluidez del film con su aspecto netamente musical la que le otorga cohesión al conjunto: y por eso, que la narración no avance, que se inserten como por encargo homenajes musicales, de baile, de lidia, de televisión, de cine, no sólo no enturbian sino que Crean esta obra y hacen que tal cúmulo de ideas y sensaciones se asocien y produzcan nuevas formas, sugestivos significados. Un Almodóvar que no fabrica ni construye personajes, sino que habla con ellos. Y así, también con nosotros. Al menos, conmigo.