NICHOLS Mike (1931-2014)

The Graduate (El graduado) (1967: 6.5)

“Acato y rebeldía contra el desamparo” (27-4-2002: 6,5)

 Algo más hay ahora de nostalgia y de verdadera emoción en El graduado que tal y como yo la recordaba, hace unos años, sobre todo porque entre medias vi su representación teatral, más burda, caricaturesca y con atisbos de fealdad consumada (aunque entretenida, igualmente). Ahora, El graduado de Mike Nichols es más un cuento de amor joven, con el triunfo final del mismo, lo que produce una gran alegría: justicia, triunfo del progreso, inciertas ansias de analogía no previsible. El plano penúltimo, con Elaine (la guapa sesentera Katharine Ross) y Ben (joven Dustin Hoffman), es la imagen del éxito conseguido pero del futuro indefinido, es la cara de Ben al inicio del film, con la sintonía de Simon y Garfunkel y sus “The Sound of Silence”, ese rostro del joven que duda, que ignora qué será de él, que se sabe observado por los mayores y con responsabilidades seguramente no buscadas. Ese plano penúltimo (el último era innecesario) evoca lo más valioso que late en esta película pre-mayo del 68, con la juventud un tanto airada rebelándose contra normas, convenciones y apariencias desechables.

He hablado de un plano, pero hay más: El graduado, si prescindimos de los aburridos y tontos zooms que entorpecen su marcha y de otras breves zozobras, es una película de planos brillantes (y de cartel: para colgar en tu casa o en la mía). Aquí se observa una influencia de la nueva ola francesa, más bien Godard (junto con la tendencia más crítica de los EEUU, años de Cowboy de Medianoche, Bonnie and Clyde...), en los planos de la pareja caminando por las calles, perdiéndose entre multitudes, negando la planificación clásica, utilizando insertos, desenfoques, posiciones de cámara extrañas para llamar la atención, obviando planos y contraplanos, quebrando la lógica argumental de las escenas. Otros planos, sí: Hoffman observando a los monos del zoo, cuando su chica se ha ido. Anne Bancroft desnuda de cintura para arriba (en la obra teatral vimos a Anne Archer desnuda por entero, ja); la cara atónica de Ben “Hoffman”. El plano inicial, Dustin en la escalera mecánica observado de perfil. Y hay más. Son planos que pretenden representar conceptos abstractos, y varios de ellos lo consiguen: soledad, inseguridad, etc.

La película gana enteros sobre la obra, donde se abusa del humor un tanto chusco y aumenta el perfil sociológico de una película más agradable que todo eso. Pese a sus lagunas y sus tópicos tics que se hicieron, entonces, ineludibles.

Pero The Graduate, manifiesto generacional en época de variopintos manifiestos generacionales, es una bella historia de desencantos, de una clase social norteamericana y más tarde europea de dinero y ambición que espera que sus hijos se unan al mismo torbellino, su manera de ver las cosas, para triunfar, ser alguien, seguir los pasos, como mínimo, de sus progenitores, ser al mismo tiempo gente competente, animada, optimista, echada para adelante, sin miedo al ridículo pero con enormes dosis de decencia familiar y de clase. El graduado habla de los miedos y las angustias juveniles (ante el trabajo, el sexo, el futuro en general, la ambigua moral de unos u otros, el contrapeso del placer y de la libertad); pero también de los adultos instalados en ciertos hábitos castradores que son la ruina del ser humano, Mrs. Robinson, que logran por un tiempo quebrantar sus rutinas odiosas y esclerotizadas con carne joven, evasión sin gran chispa ni ilusión. Pero algo es algo.

(También el film habla o más bien se adelanta, sin pretenderlo, al tema de alguna juventud acomodada y quejumbrosa, más bien ensimismada, egoísta y caprichosa, nula portadora de grandeza, con la que uno no puede emocionarse demasiado ni engrandecerse ni asustarse: pero esa es otra historia, en la que no entro ahora, y que explica que mi calificación no sea gigante)

Mi reencuentro con Nichols y con su Graduado ha sido más agradable y sorprendente de lo por mí esperado. La música de Simon y Garfunkel le otorga al conjunto un reparador velo de rebeldía y conformismo a partes iguales. Pues los protagonistas lo que quieren es casarse. Pero justo antes de escaparse, Ben ha esgrimido un crucifijo para detener a sus perseguidores, y con él los ha encerrado en la Iglesia: fácil pero no despreciable metáfora de unos tiempos en los USA en que la Iglesia comenzaba a tener una existencia más difícil, en que su ética y sus contradicciones empiezan a surgir con fuerza, gracias a la joven generación, muy pronto dispersa, más conservadora, victimista y chulesca; y también aplastada, empequeñecida por los poderes, una pena (me muevo en difícil equilibrio entre polos de complicada (ab)solución).

Escribe Agustín Díaz Yanes, en la contraportada del estuche del film, que “hay películas que con independencia de sus valores estrictamente cinematográficos se convierten en emblemas de una generación”. Y hay que estar de acuerdo, pues las variadas torpezas y tormentos, ahora algo pasados de moda, no están del todo atrasados gracias a un cierto clasicismo que la cinta retoma, donde pese a que se construye demasiado a partir de la cámara y poco con los actores y la situación, al menos nos enteramos siempre de lo que vemos (a pesar del truco infame aunque quizá entonces necesario para eludir el desnudo integral de Anne Brancroft), no hay locura cinematográfica. Basta con empezar a rebobinar la película y hacer un rápido zapping por lo que pasan por televisión para darse cuenta: me topo con la película Made in America, de hace ocho o diez años, con Ted Danson y Whoopy Goldberg haciendo el indio en una persecución en coche y a caballo: no me entero de nada, ni sé dónde está el coche, dónde el caballo, jamás coinciden en el plano, no hay credibilidad ni rigor: la chapucería más televisiva. Y uno entonces valora que en 1967 se comenzara a fraguar un nuevo cine (muy cerebral y con gamas de subversión apetecibles) que no se ha quedado en la noche de los tiempos sino que se ve, con gusto y sin resquemores, hoy mismo, antes de entrar en mi cama, mi estrecha cama.

Me agitaré esta noche, y mañana sonreiré una vez más, por imperativo adquirido, asumido, falta un golpe de rabia, hoy o mañana empieza todo, hoy o mañana, graduados del mundo.