CUKOR George (1899-1983)

Gaslight (Luz que agoniza) (1944: 9.0)

Cukor, muerto ya hace casi 25 años, me está ganando para su causa.

 

He repasado rápidamente las películas que he visto de este director en los últimos seis  años (desde que escribo sobre cine, sé lo que he vivido en él y gracias a él): Doble vida (1948), Historias de Philadelphia (1940) y Nacida ayer (1950). Compruebo que a estas tres, además de a Luz que agoniza (¿por qué no Luz de gas?), les he puesto una nota de 9 sobre 10. Es algo asombroso, y no creo que me ocurra con muchos otros autores.

 

En el caso de Kurosawa o Ford o Rohmer o Rossellini, por decir algunos, yo era plenamente consciente de que casi todas las películas que veía de ellos eran obras grandiosas (de 9, 9,5 o hasta 10). Sin embargo, las obras de Cukor, por alguna razón que acaso tenga que ver con el fetiche del nombre (Cukor no cuenta con una reputación crítica, digamos, a la altura de los realizadores mencionados ni de muchos otros), hasta hoy (9 de abril de 2007, ¡anoten esta fecha!) habían pasado en cierta forma descoyuntadas: no las había “unido” en su brillantez, elegancia y penetración. Pero las películas que he anotado más arriba, siendo dispares en género y número, me han cautivado todas ellas. Y me gustaría a este respecto, oh dichosa costumbre onanista (pero alguien ha de hacerlo), citarme. Una cita sin ciegas.

 

Esto escribí sobre A Double Life:

 

 

 

Cukor, el tópico y afamado director de mujeres, dota a Roger Colman de una obsesión que raya en locura, cuando el personaje se le vuelve más real que lo real y le hace perder la percepción de qué es verdad y mentira...

 

 

 

Y más adelante:

 

 

 

La fábula de Stevenson sobre la doble personalidad de Jekyll siendo Hyde es aquí poseída por ribetes más trágicos y menos misteriosos, con Colman olvidándose de sí mismo (el actor) y tomando el cariz único, en ratos de alienación, de su personaje, que siendo el asesino Otelo no podía por menos que llevarle al asesinato.

 

 

 

Las relaciones con Gaslight saltan a la vista. El personaje de Roger Colman parece retomar la obsesión de Charles Boyer en Luz de gas, su doble vida como Jekyll amable y cariñoso y como Hyde en la persecución de sus ambiciones mientras escarba en el ático. De igual manera, no es difícil ver en el papel de Shelley Winters rasgos del de Ingrid Bergman. Y el papel de Edmond O’Brian, que sospecha e investiga el caso, también guarda una obvia relación con el de Joseph Cotten en Luz de gas.

 

Y a propósito de The Philadelphia Story, escribí :

 

 

 

The Philadelphia Story no es (repito con humildad) una obra maestra: quizá porque en su perfección echo en falta la locura desbordante de Bringing Up Babe o el aroma íntimo irrepetible de The Shop Around the Corner.

 

 

 

Palabras de admiración que, pese a que Gaslight es un drama de suspense, se pueden aplicar también a esta película. Lo cual incluye un mínimo reproche a Cukor, ya que la perfección aplastante y la armonía decorosa y distinguida no dejan lugar para vuelos, caídas o cadencias inesperadas. Es decir, el genio de Cukor, juguemos con los términos, no es genial sino controlado en su esbeltez, cordura y excelsa teatralidad. Se trata, claro está, de un reproche relativo (para otros, la ausencia de deriva o saltos al vacío es una cualidad). Pues pocos directores (me voy dando cuenta, ¡al fin!) dirigen a sus actores y, sobre todo, a sus actrices como Cukor. Pocos crean obras en las que no sobre nada; pocos, en suma, poseen la maestría de Cukor para adaptarse a guiones e historias distintas y llevarlas a la pantalla con tanto refinamiento y perturbación para el espectador cautivo de sus sueños.

 

Y recupero aquí lo que escribí sobre Born Yesterday:

 

 

 

Una chica aprende a ser libre. Un potentado cae en las redes de la ley. Unos actores interpretan papeles cosidos a su medida. Este cine norteamericano conjugaba audazmente el entretenimiento y la ética. Cinematográfica y de la otra.

 

 

 

Es increíble, pero estas palabras se adaptan, sin forzar lo más mínimo, a los protagonistas y a la propuesta de Luz que agoniza.

 

Paula Alquist (I. Bergman) aprende a ser libre, muy en la línea de algún cine norteamericano de los años cuarenta, sobre jóvenes mujeres inexpertas y atormentadas. Recordemos, por ejemplo, el personaje también traumatizado de Merle Oberon en Dark Waters de A. De Toth (con Franchot Tone en papel benefactor parecido al de J. Cotten). Film del mismo año 1944 en el que la Oberon, como I. Bergman, asimismo oye ruidos y voces y unos delincuentes la desean convencer de que está loca (en The Red House, 1947, de D. Daves, y en Ruby Gentry, 1952, de K. Vidor se dan circunstancias hasta cierto punto similares).

 

El potentado y criminal torturado por las joyas, Gregory Anton (C. Boyer), termina cayendo en las redes de la ley, pese a un último intento por salvarse que no le sale bien (oh, imaginemos esa última escena dirigida por un joven redundante del siglo XXI, tratando de añadir una última curva deslumbrante a un circuito de veloces petulancias y “balagueradas”...).

 

Todos los personajes de Luz que agoniza están cosidos a sus actores: el galán amenazante Boyer, la bella ingenua Bergman, el honrado Cotten, la deliciosa Dame May Whitty (la tradición de las actrices británicas aficionadas al té y los asesinatos), la deslenguada Angela Lansbury y la cumplidora Barbara Everest. Todos están magníficos: son imanes.

 

Y, por último, en efecto, el entretenimiento y la ética se dan la mano. Aroma de suspense que no decae nunca. Ética cinematográfica: sin jugar sucio para amplificar el misterio y dar vueltas de tuerca rimbombantes (algo que sí hace, por poner un ejemplo reciente, el no obstante talentoso Amenábar en Los otros). Y ética de la otra, que no ha de confundirse con el mensaje ni la propaganda: la justicia puede triunfar sobre el mal, una pobre mujer puede aprender a ser libre y contar con otra oportunidad; y hay hombres que se esfuerzan por esclarecer asuntos turbios. Los hay.

 

Así, pese a las dobles vidas (y recordemos que, también, Gaslight se incardina a una tradición de literatura británica y victoriana, de las hermanas Brönte por ejemplo, en las que hay mujeres, entes decorativos, a las que los hombres convierten en “locas” para tenerlas escondidas y secundarias en un ático sin ética, como mostró Wide Sargasso Sea en la primera época de sano revisionismo feminista), bien está que no nos regocijemos con el triunfo de la máscara al servicio de los intereses propios y malvados y optemos, como hace Cukor, por resolver la trama y el conflicto con un final que, gritémoslo, no es feliz sino abierto. Contra los determinismos de los genes y las santas instituciones sociales, oficiales.