MACKENDRICK Alexander (1912-1993)

The Ladykillers (El quinteto de la muerte) (1955: 8.0)

“Sátira soft-core” (11-5-2002)

 El humor británico tiende a ser más satírico que paródico. Esto significa que está más apegado a la realidad, o a ciertas realidades, que otros humores, como el norteamericano, que trabaja sobre modelos artísticos y de entretenimiento, que rescribe lo ya rescrito, pero no recrea lo que está ahí fuera, los expedientes X tan verificables. El humor británico, por otro lado, tiende a ser horriblemente cruel y crudamente desesperanzado (aunque se detiene en la frontera del patetismo y el más elevado humor negro), con una veta de conformismo no humillante que evita la capa y espada (cuando surge el enfrentamiento último, de vida o muerte, ahí se detiene la gracia, o sólo podemos imaginar).

En The Ladykillers, comedia criminal de Alexander Mackendrick con un reparto ajustadísimo y conveniente en el que destaca el jefe de la banda, Alec Guinness, la apuesta por esa misma realidad ridiculizada, o sea, las convenciones más inglesas y más intrigantes para los no ingleses (esto se va perdiendo, con la cantinela de la “mundialización” vía libre mercado, los ingleses del sur de Londres se van pareciendo a las familias de clase media de Maryland y a las parejas jóvenes que van a la sierra de Madrid el puente de la Constitución), encuentra ágil puesta en escena por parte del director, que lleva a cabo sus gags con determinación, fe (es decir, se cree sus propios gags) y sin estirar la cuerda del humor demasiado para no caer en el burdo cachondeo “moranquizado”.

La encantadora, o asesinable, según se mire, señora Wilberforce, encarnada por Katie Johnson (exquisita viejecita inglesa de té a las cinco) adivina que sus inquilinos son en realidades criminales ladrones, que la han utilizado en su beneficio y que la han engañado emboscándose tras personalidades de músicos de violín y violonchelo. La historia de cómo y quién tiene que asesinar a la señora una vez que ésta sabe lo que no debiera haber sabido es la historia de la comedia de enredos que permite la sucesión de sketches: nunca demasiado seguidos ni alargados, tampoco tontamente manipulados para que el espectador tenga que sospechar que ha visto algo gracioso. Hay gracias muy visuales basadas en que el espectador está observando distinto planos de significado no observables por los personajes que intervienen en ellos.

Pero la cuestión principal es eminentemente británica y, por tanto, tiene que ver con las apariencias, la hipocresía, y con el tinglado de mascullar “please” y “thank you” aunque vayan a atracar a un vecino, lo cual otorga al conjunto una elegancia y sofisticación de clase alta, de aristo-crimen, cuando lo cierto es que los supuestos músicos son en su mayoría más bien toscos criminales de tres al cuarto. Pero no es moco de pavo ver y reírnos con las dificultades que estos cinco señores ladrones tienen para librarse de la viejecita que los ha descubierto, y comprobar cómo, siendo buenos británicos (o sólo por ser británicos, no necesariamente buenos sino todo lo contrario), guardan las formas y se ven forzados a pasar una tarde con las compañeras de té y pastas de la señor Wilberforce: lo cual es hilarante y le da complejidad a un asunto que podría quedarse en anecdótica anécdota. Pero los apuros por los que pasan para matar a la señora, las rivalidades crecientes entre ellos, los corazones que se van suavizando, la ambición que inicia su escalada en las mentes débiles de estos hombres (pues de eso hablamos) nos conducen a un callejón no sin salida, sino con un cartel que transcribe el paradigma británico: el pragmatismo. No quisiera ser pesado ni ceremonioso, pero si algo define la actitud de estos criminales blandos es su capacidad para adaptarse y su tendencia a la negociación pero, al fin y a la postre, estas mismas cualidades, elevadas al cubo ridículo del tópico inglés (mezcla de sofisticación, desdén, escepticismo, miedo, represión), los conducen a su fracaso, su muerte. Triunfa la anciana señora, la vieja guardia británica, tras unas cuantas escenas divertidísimas, nada exageradas y de las que vemos su evolución entera (cuando entra la señora y ellos detienen el disco que está funcionando y cogen los instrumentos como si en verdad los tocaran; los momentos de la caza del loro por toda la casa).

El famoso humor negro es eso mismo, negro (y, por tanto, no banal ni gratuito), y al final la típica cuestión inglesa de la Clasesocial es abordada de manera democrática: porque los “chorizos” no se enfrentan al débil sino sólo entre ellos. El “divide y vencerás” triunfa aquí casi por defecto, pues lo que vence en realidad es la determinación terca, pacífica y racional de que las cosas tienen que ser así: triunfa el empirismo, la lógica, la justicia, materializadas en una anciana más bien antipática para sus convecinos, que le da la tabarra a la policía, que va echando broncas a los viandantes, que causa estragos al más mínimo movimiento de caderas (es un decir). Lo que está detrás de todo esto es el aburrimiento, el de aquel con tanto tiempo para uno mismo que se puede sentir solo. Sola está la actriz Katie Johnson en su casa, y su compañía coyuntural está formada por unos seres que simulan ser lo que no son por sus propios intereses monetarios. Es triste la moraleja final, pues la señora Wilberforce se queda absurdamente con el dinero robado, sigue sin ser creída por los policías (sus historias se les antojan de ciencia-ficción) y sus cinco acompañantes han muerto. No le quedan sino sus amiguitas de té y pastas, a las que conoce de toda la vida, con las que seguro que hace buenas migas, pero que no le permitirán probarse de nuevo, vivir otra vida y triunfar cual Mrs. Marple o Superabuela (ésta no parece tener nietos).

Este humor no se divisa lejano del más reciente Un pez llamado Wanda, en el que se intenta matar a una viejecita y sólo se consigue (Michael Palin, ex Monty Python) ir asesinando a todos sus perros. La importancia de los modelos encarnados en la sociedad británica por la tercera edad, con sus manías, terquedades, aburrimiento y elevado sentido común se pone de manifiesto. No se mueren nunca, y el británico medio parece tener siempre detrás de su oreja el susurro de una boca de bigotes arrugados que susurra, pese a la globalización e Internet, “el té es aún a las cinco, sé puntual, hijo mío”.

Ésta es una comedia de toques siniestros, donde vemos las calles (algo tan británico), los ricos y los pobres, una comedia ligera, adulta y ejecutada con limpieza, digna de un notable alto, de guión matizado y bien resuelto de William Rose, poco embellecido pero higiénicamente trasvasado por Alexander Mackendrick, de quien habrá que descubrir más cosas, más certezas y confusiones. Pero sin prisas.