OPHÜLS Max (1902-1957)

Letter from an Unknown Woman (Carta de una mujer desconocida) (1948: 9.5)

“Vivir para olvidar” (18-5-2002)

 Segunda maravilla incuestionable que tengo la gran suerte de disfrutar, tras el lujo de Laura, en el día de ayer: hoy Letter from an Unknown Woman, de Max Ophüls. Una película no alejada, en espíritu, de Laura, que retrata las obsesiones de una persona, ahora es una mujer, por otra persona, en este caso un hombre, y cómo la coincidencia, ese azar maldito que hace que dos puntos confluyan y permanezcan por mucho tiempo unidos, juega malas pasadas: por algo es maldito, el azar. Pero la propia protagonista, la frágil Joan Fontaine, viene a comentar que nada sucede por casualidad, que todas las cartas están marcadas, en una imagen que con la voz en off susurrando cadenciosamente en nuestro oído se convierte en tenebrosa. Y una gran oscuridad envuelve esta Carta de una mujer desconocida, que en lado más humano y de entendimiento toca con sus dedos las teclas de Leo McCarey, mientras que el febril pesimismo de algún cine negro o de los románticos enlaza por la otra vertiente: la mezcla la convierte en una insólita maravilla en las manos de Max Ophüls, cuidadoso, enigmático, elegante. Y ahora relataré dos aspectos de mi entero interés tras ver esta obra maestra.

A) “To remember is to risk despair” (Steiner, After Babel).Recordar es enfrentarse a la desdicha (un riesgo), pues todo aquello que no hemos sabido o podido alcanzar es nuevamente vivido, pero vivido sin solución de continuidad, vivido sólo como una película mala, de forma unidireccional, como algo que ya sólo puede observarse como en verdad sucedió, y si el resultado fue nefasto o tristísimo no queda sino cobijarse en los recuerdos positivos, o beber para olvidar: intentar no recordar. El último plano del film, con Louis Jourdan alejándose en el carruaje, es el triste plano del hombre inusitadamente desesperado porque ha sabido de su mala elección en el camino vital, ha sabido del sufrimiento de otro (otra: Joan Fontaine), que le dio todo sin él saberlo, que fue una desconocida que lo conoció tan bien: quizá la única que realmente se interesó por asunto tan estrafalario: conocer a una persona, no meramente preguntar qué tal, hasta luego, tomamos unas copas. Las cosas del pasado son inamovibles por definición, por eso el imposible retorno al pasado ha movido a tantos artistas, filósofos y locos de remate a desnudar su alma y fantasear con la posibilidad, imposible, ya está dicho, de intentar volver al/ del lugar, del tiempo del que provenimos, tratando de cambiar su curso, la pequeña historia de uno, pues como bien se menciona en esta película: con cuántos extraños nos cruzamos cada día, cuántos son los indiferentes con que nos envalentonamos miradas en nuestros recodos rutinarios, en nuestros viajes a ninguna parte. Es la disolución, el pesimismo inevitable de saberse mortales, y de saberse lineales, sin doblez plausible por el que revestirnos y vivir lo que no hemos conocido, o viceversa.

B) Ophüls baila alrededor de sus situaciones y sus personajes, baila un vals, un precioso vals, se acerca, se aleja, camina al lado de sus queridos personajes, nos los muestra en su apogeo, su pereza y su miseria, vuelve a irse, y se acerca de nuevo. Es el cineasta elegante por excelencia, con un sentido de la cercanía y del lugar inimitables. Tantas escenas y planos-secuencias en esta película que dibujan a la perfección el estado de cosas imperante, las pequeñas cosas que quizá no nos interesarían si fuesen de un vecino o sólo conocido, y no estuvieran expresadas (nada de “codificadas”) en imagen, en palabras. Me quedo con alguna de ellas, con las dos despedidas al lado del tren (cómo no), en ambas es Joan Fontaine la que dice adiós, en ambas con la casi certeza de que todo cambia en una estación, el que se va, pese a sus buenos propósitos o su inocencia, transmutará su personalidad, desaparecerá de nuestra vida, se irá para siempre, sin solución. No se puede dejar a alguien querido irse en un tren cuando uno espera allí: es mejor no acercarse a la estación, sufrir en la distancia. Pero la doble escena repetida demuestra un Ophüls excelso y profundo, coloca a Joan Fontaine en el diván del azar maldito, ya citado: en un andén. No se puede dejar a un ser querido marcharse; no cuando tenemos malas vibraciones sobre lo que le pudiera suceder: siempre en el futuro, desconocido y eterno. Y ésta es la tragedia: se sospecha del futuro, oscuro y oscilante, y no se puede recuperar el pasado, esos momentos que el presente gris mitifica para que el dolor aumente más, si cabe (o el rencor o la carcajada del desesperado).

Y recuerdo la maravillosa imagen en la atracción del viaje en tren simulado, con los cartelones representando ciudades y paisajes del mundo de las siete maravillas, y Joan Fontaine y Louis Jourdan imaginando qué podría ser de ellos en otros sitios, qué les gustaría ver, con la arrebatada admiración y amor de Fontaine por Jourdan, y la indiferencia o sólo encariñamiento de éste por la bella adolescente: que crecerá, pero seguirá recordando esos momentos: To remember is to risk despair.

C) Y no me olvido de un aspecto esencial, creo, en este Ophuls nada ofuscado, y es su no renuncia al suelo que pisa, y por eso en ocasiones parece que algún personaje o gesto se le cruza en la secuencia, y él deja que tal o cual  cosa suceda, haya sucedido. A veces recurre a la contextualización sorpresiva, dejando a los personajes principales en segundo plano (secundarios en la situación), quizá para recordarles (o recordarnos) que somos poco importantes, que hay mundo detrás y delante de nosotros, que somos mortales, y sin remedio. Así, al inicio del film, la comitiva de personajes queda apartada en un momento en que pasa un carruaje, en primer plano, incluso algún personaje se separa, se sube a la acera: Ophuls pudo haber evitado esta aparente intromisión de las circunstancias en su historia, pero bien consciente era este director que las circunstancias marcan la pauta en la vida y hasta la muerte, cada uno es sus circunstancias y ese azar quizá escrito pero desconocido, tanto o más que la persona en sí. Y así hay algún otro momento en el film (pocos, tres o cuatro, pero significativos, bellos, éticos: lo contrario de la barbarie, la velocidad y el ensimismamiento, también en cierta manera lo contrario de la perfección formal) de aparentes irrupciones de los otros, del viento, de la lluvia, del pedaleo del viejo en su atracción de tren imaginario: esa imaginación que transporta a Joan Fontaine y que luego hace tanto daño, pues recordar algo vivido es duro, pero algo imaginado en el pasado, idealizado, ingenuamente, por juventud o falta de argumentos y debilidad, es ya un doble silogismo cruel de silencio y desdicha, que sólo se acallará con la muerte o con un sorprendente resurgimiento del travieso azar. Esa zarpa fría o caliente.