HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Under Capricorn (Atormentada) (1949: 7.0)

Hitchcock Technicolor, Hitchcock menor. Quizás el “más” menor nunca visto. El suspense no despega. Cansan los ropajes y los rictus y los actores no están cómodos. El romanticismo parece de emergencia. La precisión es más difusa, menos lacerante.

Ingrid Bergman en la galería de pobres mujeres atormentadas, tantas en aquellos años: no estaban locas de nacimiento, las enloquecían los demás (por intereses económicos o amorosos). En películas de Cukor, De Toth, Siodmak, incluso Mankiewicz: mujeres sufridoras, a veces solas o encerradas en una casa. La tradición literaria británica de la “mad woman in the attic” de las Brönte y compañía.

La Australia de Hitchcock en Under Capricorn es tierra de oportunidades (hacerse ricos) y de ex convictos como Joseph Cotten. Este Hitchcock, sin duda, fascina menos, se hace más farragoso que el de Rebecca, La sombra de una duda o Encadenados y está lejos (aun cerca en el calendario) de su brillantez de los cincuenta (sobre todo, tras 1954).

Señalemos, de todas formas, que las casas de Hitch están encantadas pero no por fantasmas sino por personas de carne y hueso con intereses, ambiciones y ansias de perpetuarse. Nadie es del todo ingenuo o malo por naturaleza. Este Hitch de “época” y larguísimo diálogos y monólogos de Ingrid Bergman parece en proceso de despegue hacia lo puramente cinemático, más exprimido y penetrante y oníricamente realista. Lo cual no significa que, en celuloide, se apuntara a la ingenua (o ideológica) consigna de Watson y Conan Doyle cuando, en un momento destacado de la trama de El signo de los cuatro, el segundo le hace decir al primero (palabras españolas de A. Lázaro Ros):

Resultaba consolador echar un vistazo, aunque fuese pasajero, a un tranquilo hogar inglés en medio de aquel asunto bárbaro y sombrío en que estábamos absorbidos.

Asuntos bárbaros y sombra: sí. Pero no hay tranquilos hogares ingleses ni vistazos consoladores y, encima, (como dice un personaje del citado libro de Conan Doyle), “no hay nada menos estético que un policía”. Porque el orden y la estética eran asunto de Hitchcock.