WOOD Edward D. (1924-1978)

Glen or Glenda (Glen o Glenda) (1953: 7.0)

Bizarro falso documental aunque, eso sí, basado en hechos reales. Como casi toda película, por otro lado. Además, el humor de Glen o Glenda no es barato (la película sí) sino extravagante, y la cinta rebosa intriga; así que quizá debería estar entre las obras favoritas de nuestro mejor jugador de baloncesto, Gasol.  Pero no.

Pau, también actor en CSI: Miami, en una entrevista con R. Ayuso (El País, octubre de 2009), señala que dentro del séptimo arte prefiere la acción y la intriga…

 “algo con significado o basado en hechos reales”.

Jo, qué curioso que, luego, admita que Braveheart y Gladiator son sus filmes predilectos: pues son tan históricos como Planet 9 from Outer Space y cuentan con un significado casi tan “real” como el de La invasión de los ladrones de cuerpos. ¿Por qué no reconocer, amigo Gasol, que lo que de verdad te pone es Glen o Glenda? ¿Y qué hay de Pau y su hermano, por cierto?

Ficción anárquica y disparatada, ensayo sociológico y terapéutico, inquietante reportaje sobre prácticas más o menos sexuales; obra cinematográfica paranoica, desequilibrada, anti-académica, deslabazada, sorprendente: como Bela Lugosi sentado solemne y agotado y hablando de dragones verdes. Pesadilla como de Lynch (desde Cabeza borradora a Inland Empire, sin duda), estrafalaria muestra de arte ingenuo, crudo, brillante y experimental (más que el de Hitchcock y Buñuel, Berlanga o Godard: precursores, deudores o discípulos o cosas mías).

Travestismos u homosexualidad (o ambas), angora y la encantadora Dolores Fuller; Ed Wood saliendo de su particular armario en su mejor película, posmoderna y de 1953, para más señas, para que luego no se diga… Inesperada en sus escenas y “consejos”, tan imperfecta que provoca semi-sonrisas y seudo-asombro y hasta risas post-coloniales: esos “nativos africanos” de Wood, la “political correctness” en bragas;

Ed Wood con peluca, faldas y a lo loco; Lugosi conmovedor y desecho, Dolores Fuller conmovedora y comprensiva; imágenes entre la publicidad televisiva de entonces (de lavadoras, por ejemplo), el documental pedagógico (para instruir y prevenir: contra los prejuicios y la ignorancia) y la sensual pesadilla de terror.

Inclasificable, verdaderamente lo es: insobornable es Glen o Glenda con su noción nada tonta del “progreso” poco inteligente que ya nos atenazaba hace más de medio siglo; siempre puesto en deuda por Ed Wood, atento al cambio climático y al peligro nuclear, no como otros perillanes. Lo sobrenatural a expensas del psicoanálisis en este cine tolerante, abierto, a la expectativa; inventivo y defectuoso, malo sin solemnidad, broma o no broma, pues de ilusión también se vive… A todo esto, confiesa Gasol que su principal virtud como actor consiste en:

“Mi falta de vergüenza. Me desenvuelvo con naturalidad”.

Es lo asombroso: que Ed Wood se desenvolvía con desvergüenza y naturalidad dentro del más inhóspito, irregular y raro artificio, entre la reivindicación documental, la crítica cultural, la pesadilla neurótica y los vampiros que se han quedado sin dientes.