BRESSON Robert (1901-1999)

Pickpocket (Pickpocket (El carterista)) (1959: 9.0)

El criterio de “clasicismo” va siendo frustrante, incluso en universos socialdemócratas. El gran diario El País anuncia ahora (octubre de 2009) una colección de “30 títulos de gran calidad”, “los clásicos del cine actual”, ya que “lograron 30 ‘oscars’ y 62 candidaturas”. Sin descripción o juicio crítico al que echar mano, incluso el aún mejor periódico de España se agarra a los premios de Hollywood para justificar una oferta no sólo discutible (el problema no está ahí) sino reduccionista, mísera y de influencia perversa. Para demostrar esto último, escribo unas líneas de la citada noticia, que no viene firmada por ningún periodista (mis “negritas”):

 

La próxima colección de cine de EL PAÍS, 30 títulos actuales que ya pueden considerarse clásicos, no entiende de fronteras. Un puñado de obras maestras que ponen imágenes al fecundo talento actual del cine estadounidense y dos destacables aportaciones españolas, El laberinto del fauno y El orfanato.

 

Hombre, ¿cómo es eso de que “no entiende de fronteras”? ¡Se trata de 28 títulos del más comercial cine estadounidense de los últimos lustros! ¿Se trata de cinismo asumido como “lo más normal del mundo”? Hay, sin duda, títulos decentes, pero ¿son obras maestras y variadas filmes como Entrevista con el vampiro, El informe Pelícano, El último samurai, Troya, Arma letal, etc.? Luego que nadie se extrañe que para el imaginario colectivo español la típica “gran película” (o “clásico”) sea casi cualquier producto norteamericano de correcta factura y abundantes dosis de “excitement”. ¿Excelsas aportaciones españolas, esos dos filmes seudo-americanos pre-cocinados para saltar fronteras, es decir, para desembarcar en Hollywood? Lo explica con meridiana claridad la noticia en sus últimas líneas, para que no queden dudas sobre cómo se define un “clásico”. A propósito de El laberinto del fauno, leo: “…que con sus tres oscars demostró que el cine español es capaz de llegar sin complejos hasta Hollywood”.

Según este criterio, e independientemente de la “actualidad” de las cintas, Pickpocket (de Bresson) no sería un clásico. Y, la verdad, seguramente no lo sea y tampoco le apetecería si es que tiene que compartir categoría con realizadores como Guillermo del Toro, Edward Zwick, Michael Mann o Neil Jordan (en la colección de El País). Aunque en su pase en la Filmoteca madrileña, un martes a las diez y cuarto de la noche, el público fuese numeroso (y silencioso, qué bendición), resulta “culturalmente” incomprensible que no regalen Pickpocket con los periódicos, que no la emitan en televisión (¡ni siquiera en la devaluada La 2!), que “no exista” para una mayoría de espectadores, ni siquiera para muchos que se dicen aficionados al cine.

Pickpocket, pues, parece que no es un producto digno del período de globalización en el que estamos inmersos. Curioso que, en El País, el mismo día en que leo el anuncio sobre la citada colección de “clásicos”, un artículo de opinión (firmado por P. Flores D’Arcais, traducido por C. Gumpert) argumente sobre “la traición de la socialdemocracia” que, según él, “se ha doblegado ante esta mundialización”. Y me acuerdo de novelas como Los viejos amigos, En la lucha final o Crematorio, de Rafael Chirbes, que retratan esa involución de los antiguos lectores de Barthes y fans de Kazan, Antonioni, Monte Hellman o Godard hacia el amor al ladrillo, el individualismo atroz, el famoseo y Hollywood. ¿No sería más “lógico” que El País, en su apuesta por la cultura, los saberes y “la diferencia”, en su interés por abrir caminos y no cerrarlos, en su afán por “dar a conocer” y no repetirse, ofreciese una colección donde pudieran tener cabida películas como L’Atalante o La terra trema, Mamma Roma o La tía Tula, como Masculino/ Femenino, Los cuentos de la luna pálida o Agantuk? Claro que si el criterio relevante son las nominaciones a las Oscars…

Bresson: Pickpocket es su “quinta esencia”. Precisión hipnótica, apogeo de lo real sin énfasis aclaratorios. Modelo estilístico fundamentado en la renuncia a las causas y las consecuencias, huidizo respecto del dramatismo de los personajes, a medio camino entre el existencialismo “behaviourista” de Camus y el realismo documental. Podría definirse, también, como el rodaje documental de una ficción (y no viceversa). El encadenamiento de varios robos de carteras por parte de los tres compinches es de una brillantez sin subrayar asombrosa. Pasión desapasionada. Sentimientos matizados, ocultos, no hay desgarro exterior. Sin pistas sobre el “por qué”. Epifanía final: lo cual nos invita a colocar a los hermanos Dardenne (o algún Van Sant del siglo XXI), acaso, como los más fieles seguidores de Bresson. Por cierto, los Dardenne tampoco son “clásicos”, aunque sí actuales. Y, como Bresson, nada excitantes sino “incitantes”.