WELLES Orson (1915-1985)

Chimes at Midnight (Campanadas a medianoche) (1965: 10.0)

“Frenesí y justicia wellesianas”

  Los grandes autores están por encima de su lugar y su tiempo. Por encima de las circunstancias. Y si no es así, es que no son grandes autores, por mucho que la regresión se haga norma. Los genios del cine, como en otras artes, no pueden ser sublimes sin interrupción, como escribieron Baudelaire y Umbral, aunque Orson Welles estuvo cerca. ¿Más que ningún otro?

Chimes at Midnight es una adaptación de varias obras de Shakespeare, o una adaptación de piezas teatrales shakesperianas del propio Welles al celuloide. Pero esto no es más que un dato de relleno, no demasiado importante. Es como prestarle atención a la preeminencia de los símbolos fálicos en los filmes de Anthony Mann, lo cual tiene miga (hay “investigadores” que se dedican a cosas así, ¡los he visto!) tratándose en su mayoría de extraordinarios westerns repletos de pistolas.

Una película de Orson Welles puede ser muchas cosas: una adaptación shakesperiana, una obra revolucionaria en su concepción de la fotografía y de los movimientos de cámara, un exquisito retrato de una clase social... Detalles, de nuevo, maneras de pasar el rato, artimañas para cobrar dinero sin arriesgar y de emborronar páginas. Y no digo que no se trate de asuntos de cierta relevancia, sobre todo desde un punto de vista de historia cinematográfica o del (poco llamativo, para mí) tema de las relaciones entre literatura y cine, teatro y cine, sociedad y cine, y tantos y tantos etcéteras. Pero a lo que voy: una película de Orson Welles, lo que es Siempre y en Todo lugar, antes que otra cosa, es una película de Welles.

No intento ser gracioso ni recurrir o las fáciles proverbios chistosos que suelen divertirme. Es la Verdad, la verdad con mayúsculas. Por eso, porque es un film del autor de La dama de Shangai y de Othello (entre otras obras grandiosas), para mí no tiene demasiado sentido verlo con otros ojos. Que esté basada en Shakespeare como otras películas de Welles, que sea del año 1965, que se rodara en España e intervinieran técnicos y actores españoles, que consiguiera un galardón en el festival de Cannes... son apartados o notas a pie de página que no “explican” ni “hacen” la película, que sólo ayudan a enmarcarla. Y enmarcar algo, por mucho bombo que le queramos dar, no es más que eso: darle un marco. Lo bonito es lo que está dentro del marco. ¿O tal idea no perdura?

Campanadas a medianoche o Falstaff, vista en el día 17 de agosto de 2001 (en cinta de vídeo, en su versión doblada al castellano, y por segunda vez,), y Sed de mal, me parecen hoy las dos más grandes películas de este genio del arte del siglo XX, y por tanto, dos de mis diez películas favoritas de todo el séptimo arte. Películas de 10 sobre 10, es evidente, no vamos a ser tímidos cuando no hace falta y es tontería.

A Touch of Evil (Un toque de maldad, fabuloso título, aunque el “creado” por los distribuidores no está nada mal) es la mejor obra de su primera etapa (sí, estoy blasfemando, lo sé,  pero a mí me gusta más que Ciudadano Kane: porque es una obra que parte de Kane y sus avances, los hace suyos y naturales, los integra en la forma cinematográfica a su medida y los supera en libertad creadora y en profundidad). De manera paralela, Chimes at Midnight es lo mejor de su segunda e “inconclusa” etapa (por llamarla de alguna forma), y quizá la mejor de las mejores, aunque ahora no sabría decantarme entre mis dos predilectas.

Los temas de la amistad traicionada, de la justicia y del poder (con su atracción y sus transformaciones y su corrupción) serían banales si no tuvieran el ímpetu transgresor de esta película, la ansiedad cinematográfica de poseer la obra y ser auténtica, la profunda tristeza y desencanto que emanan de las portentosas (grotescas, maravillosas, nostálgicas) imágenes de este film sin igual, antes o después. Lo que se me ocurre es que hablar de estos grandes temas, en general, no es de gran ayuda, pues están presentes en muchas de las más fascinantes obras del cine y de cualquier arte que se precie (descontemos, por tanto, el 80% de la pintura contemporánea). Es decir, sólo se puede hablar de qué hace Welles con estos temas: los sublima, los enarbola, por decirlo de una manera gráfica, los agita y los tensa sin hallar más respuesta que la frase que repite uno de los personajes: “¡Jesús, las cosas que hemos visto!”. Pues todo puede suceder en la vida, todos los horrores y disparates y gozos y espantos, todo también sucede en Shakespeare, y en Welles. Y al final el veredicto no es sino descriptivo (“lo que hemos visto”), con el leve atenuante, no se sabe bien si irónico, sarcástico, desencantado, desesperado, o todos ellos, de ese “¡Jesús!” que lo da pie y lo sostiene.

Los soldados que tocan sus trompetas desde las almenas del castillo, las banderas y estandartes, la cruenta, veloz y espeluznante batalla son algunas de las cosas que nosotros, como espectadores, hemos visto, y que no se borran. Welles parece tocado, visto ahora, de su más alta gracia, haciendo esta película. Parece totalmente libre de prejuicios precoces y sin ganas de impresionar, parece más Welles que nunca antes ni después, quizá porque también es “menos Welles” (menos excesivo, menos ambicioso, menos “abarcador”) que en Ciudadano Kane y en Macbeth, por ejemplo. Es como si hubiera perdido la consciencia rodando esta película, y un cierto aliento de locura y una turbia fuerza de totalidad y de justicia le hubieran elevado para crear esta historia vital sobre el poder y la gloria, sobre el tiempo y la muerte, sobre la felicidad y el deber, términos en conflicto. Hace, asimismo, su obra más alegre y más triste, más triunfal y más derrotada. ¿Y cómo? Contraponiendo dos mundos, el de la realeza y la plebe, el del dominio y la picaresca, el de los placeres ocultos y la bacanal del pobre; la virtud y las altas metas enfrentadas al vicio, a lo más mundano. Todo ello en un torbellino.

Los primerísimos planos de rostros aterrados, amenazadores; de alborozo, de lujuria, de crueldad y de odio, de divertimento y cobardía y travesura, se complementan con extrañas tomas largas, de figuras alejadas moviéndose en horizontal y hablando, o de movimientos de cámara repentinos, sorprendentes, exactos y misteriosos. Welles logra una pasión en el discurrir de las imágenes que hechiza y atormenta: lo veloz y lo breve asustan y resplandecen. Pues como toda obra maestra, Campanadas a medianoche no es un film perfecto sino un film que se nos antoja una ensoñación, con sus saltos al vacío y su extrañamiento, a veces amable, salvaje en ocasiones. Un film sin nacionalidad y sin patrón, que mezcla y escupe imágenes en nuestros ojos, incapaces de administrar el caudal de talento infinito y cordura doliente. Un clásico que, como todo gran clásico, no es nada convencional y rehúye las etiquetas uniformadoras. Una genialidad de un genio. Una genialidad que no tiene esa intención (la de ser genial), lo cual la convierte en obra rara y maldita y eterna, con unos personajes tan bordados por sus actores que casi se me saltan las lágrimas ante tal cúmulo de movimientos y vibraciones tan lúcidas, inmediatas y expresivas.

Emociona esta película, emociona el viejo Falstaff, y la voz en off final, sobre el féretro que, en cámara lenta, lleva a Falstaff a su descanso perpetuo, nos recuerda que pasan las guerras y las glorias y los humos, pasan los grandes nombres a la historia (y Enrique V fue un rey reluciente, justo, modélico, se nos avisa), y queda atrás la conmovedora pequeña historia de los breves momentos de dicha, de amistad y de amor entre las personas. Y quedan atrás las risas, devoradas por el gran olvido de los hombres ilustres. Y el frenesí más alegre, humano y profano se vuelve un solemne pasado que debe condenarse. Y es la hora de arrepentirse, Falstaff. Pero antes llega la muerte, y te salva, o te condena según otros ojos, y te humilla con su dolor inmenso, y con su injusticia vestida de justicia. Y entonces se escriben las historias, tras la muerte, y ésta por suerte la ha escrito Welles, y por eso es cierta, sobrecogedora, de una belleza desasosegante, en la que vemos las cosas que Él ha visto. Y al verlas, también nosotros nos hacemos un poco como Él, durante un rato, y vemos como Él vio. Y más tarde volvemos a ser nosotros por entero, sin remedio. Pero esto no es del todo cierto, porque hemos engordado, estamos “más llenos”, somos “mejores”. Pues al ver, aprendemos.