BRANDO Marlon (1924-2004)

One-Eyed Jacks (El rostro impenetrable) (1961: 6.0)

“Demasiado duro, demasiado Brando”

 Brando no necesita dirigirse para ser el protagonista, bien por su atractivo físico, por su carisma y miradas, por su influencia en la industria. En este western atípico y escasamente western, por otro lado, Brando consigue ser más Brando que nunca, y el peso es excesivo y el film lo nota, también los espectadores.

La película es de 1961, previa a Sam Peckinpah y al auge de los spaghetti-westerns, y en este sentido no le podemos negar un cierto aire anticipatorio, pues los colores, algunos primeros planos y la violencia tendrán continuación y progresiones divergentes en el poeta Peckinpah, en el desmedido Leone, y en otra gente. Hay planos largos en la playa, estáticos y exhibicionistas, que casi parecen de un film tipo El piano, salvando las distancias de toda clase, claro. Y otros planos de corta duración del héroe atormentado y vengativo (Brando) nos retrotraen a los westerns psicológicos de cowboys que parecen sufrir mayores contratiempos por complejos de Edipo y demás “freudianas” que por el amor de una mujer o por el odio a un hombre al que deben matar para vengar una afrenta. Y, sin embargo, en One-Eye Jacks hay una mujer hermosa (hija del traidor reconvertido en sheriff, el siempre fabuloso Karl Malden) y hay afrenta y traición, que, para ser aún peor de lo que es en un principio, aumenta de dimensiones por otros agravios de índole más doméstica (Brando engaña a la chica, hacen el amor, ella queda prendada de él) o brutal (Malden le propina una paliza de espanto a Brando, incluida una casi amputación de la mano diestra, la que empuña el arma).

Al parecer, Peckinpah estuvo metido en el proyecto y por razones que no se nos escapan (¿Brando?) abandonó o le hicieron abandonar. Habría sido otra película, por supuesto. Más poética, desencajada, más espontánea, más filosófica. Una mejor película, por supuesto. Está se me queda en el 6 sobre 10; con Peckinpah sin duda habría sido, como poco, de 8, siendo humildes.

El problema del film, pese a sus bellos momentos: su insólito mar azulísimo, su extensa playa, y sus intrépidos japoneses que regentan unas casetas en la orilla, es que Brando actúa demasiado. Quiere ser más Brando de lo que ya es, lo cual a ratos lo convierte en un rostro insufrible: por lo mucho que sufre (estoicamente casi siempre) y por lo mucho que nos hace sufrir si no deseamos permanecer impasibles ante largos planos de su cara impávida y egocéntrica, delicia y éxtasis de sus admiradores/as. Pero no es sólo eso. El conflicto no proviene de que Brando salga mucho en su película, o de que ocupe todas las zonas, iluminadas o no, de la obra. La dificultad estriba en que recurre al cliché, y eso en 1961 resulta excesivo, pues no era necesario; John Ford rodó formidables westerns en los sesenta. Brando no es Ford, ni falta que le hace, pero podría haber intentado ser Brando-director. No creo que lo consiguiera. Los mayores aciertos de la película se presentan cuando Brando y Malden se enfrentan y sus miradas se cruzan, cuando Brando y su amante reposan en la hermosa playa, cuando la gran actriz Katie Jurado mira a su hija y lo comprende todo. Pero el resto es Brando “everywhere”, con sus monólogos de silencio y monosílabos que parecen menos reales que conscientes.

Brando quiere ser siempre el más duro, el más vapuleado por las circunstancias, el tipo que más sufre injustamente, pero del que se enamoran bellas doncellas, dispuestas a morir por él. Así ocurre en esta película, como poco más o menos en La ley del silencio, ¡Viva Zapata! y La jauría humana (aunque en ésta Brando es un poco menos Brando y lo entendemos mejor, gracias a Arthur Penn), que no dirigió él sino Elia Kazan y el director aludido entre corchetes, Penn. Cineastas que, no es gratuito señalarlo, se caracterizan por cierta frialdad y distancia, algo que tiene este Brando del rostro impenetrable.

La película es extraña, pues si bien hay paisajes típicos del Oeste, el exagerado color y los planos largos con siluetas al fondo a caballo nos hacen pensar en influencias de otro calado, no precisamente del género del oeste. Quizá porque no es del todo un western, pese a presentarse como tal, no hay sonrisas ni gestos bellos. Sólo sonríe Brando en una ocasión, que yo viera, cuando se despide de su amigo, el que le ha sido fiel, y que es asesinado casi de inmediato, quizá como reacción inmediata o compensación poética por haber merecido una sonrisa del héroe maltratado.

Marlon Brando, en fin, ha hecho una película interesante, pero no excepcional ni demasiado personal, si se me apura. A no ser que se llame personal a la obra que goza de las manías de su director, de sus tremendos tics, no tanto de su sensibilidad, su manera de ver las cosas, o su interpretación de la realidad o realidades.

En ciertos momentos, con Malden en escena, la temperatura de la película aumenta de forma considerable, mientras el obsesivo pero gélido Brando nos rebaja esa sensación a la mitad, con su presencia intolerable tantos segundos, su afán de protagonismo que el film no admite; o que yo no admito.

Zapeo unos segundos tras el término de la película y vuelvo a conectar para ver lo que dicen en el coloquio de Qué grande es el cine. Y me decepciono: Juan Manuel De Prada y Eduardo Úrculo hablan del culo de Marlon Brando y de su dimensión o atractivo o proyección “gay”. Lo cual, siendo o no interesante (fascinante o iluminador, me extrañaría), no deja de ser significativo de lo que Brando quiso hacerse a sí mismo con este film: su más espléndido y masoquista homenaje.

Y no está mal como homenaje, pero exagera, llegando a diálogos y situaciones un tanto descabelladas, de tan tópicos y conocidas que nos parecen, y que casi sonarían a ofensa en su momento (aún así, El rostro impenetrable adelanta, como se ha dicho, ciertos aspectos del cine de este género durante los sesenta y setenta). En cualquier caso, hoy, 20 de agosto de 2001, creerse a Brando como un tipo rápido y peligroso en el oeste o en México no es tarea fácil. No obstante, quizá lo sea en el futuro, pues quién conoce el futuro; ¿acaso tú, forastero?