WALSH Raoul (1887-1980)

A Distant Trumpet (Una trompeta lejana) (1964: 8.5)

“Fronteras intrépidas y veloces”

 Raoul Walsh y sus héroes son imprevisibles. Quizá por eso, en la penúltima escena de este western tardío de 1964, el teniente protagonista de la cinta se rebela contra sus superiores y renuncia a su medalla de honor mientras no se desagravie a los apaches, que han sido engañados por el gobierno de los EEUU.

Siempre vigorosas y con figuras estilizadas, las películas de Walsh son un canto a la aventura y a la heroicidad. No por cumplir con lo establecido ni porque esté escrito en alguna profecía, sino porque los personajes walshianos aman la aventura y no miden sus riesgos. Sarris ha escrito que los héroes hawksianos actúan por deber y los fordianos por respeto a la tradición, y que los héroes de Walsh se muestran como seres que actúan, sobre todo, no sabiendo tanto cómo o para qué, simplemente actuando. No ocurre así, o al menos no con esa exactitud, en A Distant Trumpet, pues el teniente Hazard (el actor “B” Troy Donahue), cumplidor nato y brillante soldado con ambiciones de ascenso, parece actuar con el deber siempre en mente, por encima de las circunstancias. Pero tal comportamiento se nos revela, al final, infundado, pues su desacato a la autoridad para no incumplir sus promesas con el jefe apache lo redimen de cualquier sospecha fanática y lo hacen humano y, más aún, moderno a nuestro ojos (y a nuestros hijos, aunque yo no tenga). Este tipo llega a exclamar, con ira contenida, que los indios son mejores que muchos blancos, algo tan impensable a oídos de los tontos e inflexibles jefes castrenses en Washington, que nos alegramos por los indios, por nuestro héroe y por nosotros mismos, los que gustamos de finales justos y (dentro de lo que cabe) felices.

La primera parte de la película es más walshiana que la segunda, por su ritmo acelerado, su humor, su movimiento continuo. En esta primera hora, el Fuerte emplazado en la última frontera con los indios parece más pasto de los indeseables y acomodados soldados que de los propios indios, de los que no sabemos mucho. Los celos de dos mujeres por un mismo hombre (el teniente Hazard, claro, soso pero válido protagonista) y la amenaza latente de rebelión entre los más descontentos con el nuevo orden de cosas impulsado en el fuerte por el teniente recién llegado son los dos asuntos que nos ocupan durante ese tiempo. Y qué bien se pasa, qué bien me lo paso (pese a los diez minutos de anuncios publicitarios que caen cada cierto rato como una losa, y eso que estamos en La Primera, cadena pública que no sé por qué no se privatiza “de hecho” de una vez por todas).

En la segunda mitad se producen las batallas entre los apaches y los soldados, así como la llegada al fuerte de un walshiano general, tío de la rubia prometida del teniente: tan aficionado a citar a los clásicos latinos como capaz de ejercer un humor del todo punto sarcástico, uno de esos tipos que parecen no querer nada, a los que el mundo les es ancho y ajeno. Pero no es cierto, en modo alguno, y él propone llegar a un pacto convincente con los apaches, a cuyo jefe ya conoce de previas luchas. El acuerdo se lleva a efecto, pero tras ser él trasladado de sitio, su sustituto rompe dicho “agreement”, por lo que el teniente siente que ha engañado a los indios, y llega a golpear a su superior.

Lo que viene después ya está contado: tras la rebelión viene la calma, en lo que se me antoja un alegato pro-indio, o al menos anti-dogmático. No anti-sistema, desde luego; pero lo cierto es que se pone en duda la gestión de algunos de los jefes del ejército con respecto a los indios. Como en los clásicos americanos, la culpa siempre es de una persona o personas, al igual que la responsabilidad: son los individuos los que toman las decisiones, no los sistemas, y son por tanto los individuos los que tienen que justificar sus acciones y justificarse a sí mismos: mostrarse como son, actuar en consecuencia.

Todo film de Raoul Walsh es como un torrente, un caudal de imágenes. Tiemblo al sospechar cómo analizarán estos torrentes los chiquillos aburridos abonados a los Film Studies, amigos de teorías academicistas siempre atentas a que salte la liebre. Como acabo de leer en Jean Mitry, estos muchachos que gustan de otorgar estructuras a lo que ellos llaman “textos” ni mucho menos se darán cuenta de que el cine, siendo Tiempo que transcurre, tiene que ver con el Ritmo. Hablar de “sintagmas” y de “signos fílmicos”, además de una soberana pérdida de tiempo y de dinero (pero les pagan, les pagan), se convierte en un acto de evasión, pues jamás se llega al meollo de una película. Menos aún en el caso de Walsh, cuyas obras son, si algo, un Entusiasmo y un Ritmo: las películas no tienen “signos”, son un modo o un medio de expresión. Aplicar un modelo de análisis a una película de Walsh es tan útil e inteligente como meter a un toro en una tienda de campaña y pretender que se esté quieto.

Otra cosa distinta, claro, menos sutil pero más “funcional”, es matar al toro, con lo que sin duda ya no dará más la lata y se dejará hacer. Maten, maten el cine, pero entonces no estudiarán películas sino cementerios de fotografías y líneas de diálogo.

Walsh no suele ofrecer demasiadas explicaciones. Sus personajes no tienen pasado y el futuro sólo se adivina, nunca se conoce con meridiana certeza, pues tienden a embarcarse en aventuras espeluznantes, riesgos impensables. Son héroes curiosos (no cotillas, sino extraños), que por seguir su instinto y sus poco racionales impulsos, se desatienden a sí mismos, no hacen caso a aquellos que les rodean. Así es en películas extraordinarias como El hidalgo de los mares, El mundo en sus manos (filmes de mares revueltos, intrigas y emociones) y en otras como High Sierra (más oscura, como su género). Más “en sus cabales”, bien es cierto, está nuestro héroe en esta Trompeta lejana, donde el teniente es más tranquilo y solemne; menos atractivo, también, más estático, pero igualmente noble y feroz, si se lo propone. Y los personajes walshianos siempre están proponiéndose nuevos retos (retándose a sí mismos), oteando fronteras más distantes. Pero si tienen que pactar con los indios o con quien sea, y que todos coman perdices, también lo harán. Aunque nunca estamos seguros, porque tampoco ellos lo están.

Me permito otro inciso (las críticas que a mí me embelesan están repletas de ellos): son bellas las mujeres de Walsh, de una belleza para perder los estribos y seguirlas sin dudarlo hasta el fin del mundo. Son mujeres tristes, también, pues sus hombres son poco previsores y escasamente amantes de la pragmática, pero por eso ellas están siempre preparadas para cualquier destrozo, cualquier viaje y cualquier muerte; siempre a punto.

Pese a lo afirmado por Antonio Martínez Sarrión en la página 153 de sus Esquirlas (uno de mis libros favoritos), no es fácil renunciar a las “químicas personales” a la hora de valorar a un autor. Y es lo que me ocurre con Walsh, con quien me comunico tan bien durante las dos horas que duran sus películas que me resulta complicado huir del hechizo y dirigirle una mirada más centrada, menos condicionada, menos desmedida.

Concluyo: es más fácil pasarlo bien con una película si ésta la ha dirigido un tipo llamado Raoul Walsh. Para un sábado por la tarde no hay nada mejor (aunque hoy sea viernes, y 25 de agosto), ni siquiera un Hitchcock, pues en todas las “walshianas” hay una lógica del vértigo (nunca del todo desmadrado, pero ignoramos a dónde nos lleva) y unos principios democráticos de quien quiere que la gente se divierta, como seguro que Walsh se divertía.

Galopadas veloces, batallas rápidas y atroces (si uno se fija bien): no hay momentos para la calma en los filmes de Walsh (no hay lumbres hawksianas ni lírica fordiana). Quizá por eso, en el plano y beso final del héroe (el teniente) con su intrépida y bella morenaza (adiós a la rubia oportunista), los soldados a su cargo les homenajean rodeándoles, sobre sus monturas, cobijándoles del frenesí exterior, pero dejándoles poco margen de maniobra “interior” para amarse, y darse un respiro. Y es que, en Walsh, no hay demasiado tiempo para horrores ni para parloteos, momentos de placer o de gloria. Todo fluye y, si te descuidas, ya están cabalgando de nuevo (o navegando o huyendo: y tú con ellos), al encuentro de una nueva emoción, otra excitante frontera, y por eso mueren con las botas puestas.